Archive for the Literatura Category

En el mes y día del Padre.

Posted in Literatura, Personajes importantes, Personal on junio 6, 2015 by Renán Alcides Orellana

 Soneto a la memoria de mi padre,
Moisés Orellana (1910-1956, Villa El Rosario, Morazán).

RETRATO DE MI PADRE 
Renán Alcides Orellana

¿Que cómo era? Hombre como todos
los de bien. Era mi padre un ser
cabal. Distaba de los acomodos.
Blandía el hacha contra la incuria y el poder.

Papel y pluma. Apuntad lo que fue
su alta visión: “Vale más ser que tener.
El ser que es tiene de más”. Por su fe
decantaba la sabiduría del saber.

Y aunque de pocos versos el soneto
aquí su biografía en texto escueto:
bella, fuerte, perfecta, inigualable.

Para dejar sin duda al descubierto
al hombre redivivo, antes que muerto.
Este retrato lo vuelve inolvidable.

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SALA DE LECTURA LUCAS RAUL CHICA: SUEÑO ROSARINO HECHO REALIDAD

Posted in Historia, Literatura, Personal, Villa El Rosario on junio 3, 2015 by Renán Alcides Orellana

Sin duda alguna, un verdadero acierto ha sido la fundación de una Sala de Lectura en Villa El Rosario, Morazán. Y no menor acierto ha sido también, nominarla Lucas Raúl Chica, para honrar la memoria de un excelente maestro, nacido de las entrañas mismas de ese pueblo.

Un sueño acariciado fue siempre la creación de una biblioteca en el pueblito y, casi de manera paralela, una aspiración personal de hacer justicia cultural a uno de los tantos mentores que ha producido Villa El Rosario; uno de aquellos recordados maestros que tanto bien hicieron, como forjadores de la niñez y la juventud rosarinas. Fueron -son- tantos que, por eso y para no caer en omisiones involuntarias, queda pendiente esa nómina, ojalá que para cercano futuro…

Pues bien, aquel sueño personal comenzó a hacerse realidad un día. Y aquí, me desmarco de mi fraterna relación sanguínea con Ruddy E. Orellana, para poder expresarle así, ajeno a falsos elogios y adulaciones familiares, mi reconocimiento por crear e impulsar desde sus inicios el proyecto. Con reconocimiento también a quienes hoy, con voluntad y entusiasmo, se han sumado y contribuyen a llevarlo adelante, tanto como miembros del Comité Coordinador, como colaboradores impulsados por su verdadera identidad rosarina.

Recuerdo las decididas palabras de Ruddy, aceptando un reto de sí mismo: si no hay quien o quienes deseen hacerlo, lo haré solo. Y lo hizo, inició el proyecto. Desde luego, de inmediato contó conmigo. ¿Y cómo no iba yo a unirme a su idea, entusiasmado? Y más cuando, sin  vacilaciones ni dudas, optó por el nombre Lucas Raúl Chica, mi maestro del Cuarto Grado en aquella entonces recién nominada Escuela Pbro. José Serapio Ponce de León, y a quien tal vez Ruddy no conoció más que por referencias mías y de otras personas. Doy fe de su entrega al proyecto, sin escatimar esfuerzos. Pero luego, la satisfactoria sorpresa: feliz acogida del proyecto y a los esfuerzos de su impulsor, por parte de algunos rosarinos entusiastas, unidos por la idea de promover el  hábito formador de la lectura.

Ahora, el proyecto es de todos los rosarinos, sin discriminación alguna. Esfuerzo colectivo y solidario. Captación de libros, carencia de infraestructura y mobiliario, logística difícil, escasos recursos, falta de personal, gestiones varias, indiferencia a veces… pero también, una férrea voluntad tratando de alcanzar la meta. Y la meta apreciable, muy próxima, ya se divisa…

Y allá está la Sala de Lectura Lucas Raúl Chica, como faro de luz incipiente en Villa El Rosario. Una fuente del saber que, sin duda, irá creciendo para fortalecer el conocimiento, la enseñanza-aprendizaje, el hábito de leer y escribir y, sobre todo, la satisfacción  que toda gente de bien encuentra en cada libro. ¡Adelante! Sala de Lectura rosarina. Ni un paso atrás, ni siquiera para tomar impulso ¡Así sea!  (RAO).

Trigueros de León: medio siglo después…

Posted in Literatura, Los que se fueron... on mayo 26, 2015 by Renán Alcides Orellana

Entre las tantas efemérides de este mayo invernal, el miércoles 20 se conmemorará el 50 aniversario del fallecimiento de uno de los reconocidos escritores salvadoreños, de mediados del siglo pasado: Ricardo Trigueros de León.

Mayo, mes pródigo en días especiales: el 1º, Día Internacional de los Trabajadores (no del Trabajo); el 3, Día de la Cruz y de la Libertad de Prensa; el 7, Día del Soldado; el 10, Día de la Madre; el 15 Día de la Enfermera… y el 23, como ofrenda especial al espíritu, la Beatificación/Canonización de Monseñor Romero. Y con ellos, los aniversarios de los poetas Roque Dalton y Ricardo Trigueros de León…

A pesar del tiempo transcurrido, frescas están las palabras que, como sentida elegía, pronunciara Salarrué a la hora del sepelio de Trigueros de León, aquel 20 de mayo de 1965, hace justamente 50 años: “En mayo suelen morir nuestros poetas, cuando se les llama en juventud. Con las cigarras se van, invocando la frescura del agua fecunda…” Y ahora, con el florecer de un nuevo mayo, la voz del poeta parece rediviva, por su obra literaria, recopilada y dispersa.

Ricardo Trigueros de León nació en Ahuachapán, el 13 de noviembre de 1917. Con su vocación temprana por las Letras, cultivó todas las ramas de la Literatura, a las que hizo acompañar los estudios de Derecho, que logró culminar con el doctorado, pocos años antes de su muerte. Además, por sus dotes de indiscutible editor literario, puede considerársele pionero y promotor del desarrollo de la tradición editorial en El Salvador. Apasionado del fomento de los procesos culturales y artísticos, fue fundador de la Casa de la Cultura de San Salvador. Por espacio de 12 años hasta 1960, fue Director del Departamento Editorial del Ministerio de Cultura y, a partir de 1961, Director General de Publicaciones del Ministerio de Educación. Dirigió “Guión Literario”, un folleto (suplemento cultural) vocero de su entidad, que después de su muerte quedó en buenas manos: las de Claudia Lars y Alfonso Orantes.

Trigueros de León estrechó relaciones con intelectuales del continente. Lo confirma la siguiente anécdota, de la cual, tangencialmente, fui parte: La escritora Matilde Elena, mi maestra de Literatura, en su noble afán de enseñar, conducir y apoyar a sus alumnos del 2o. Año de Letras, en la Universidad de El Salvador, en 1961 gestionó la venida del maestro Ermilo Abreu Gómez (1894-1971), novelista y dramaturgo mexicano, para que nos impartiera Lingüística, una herramienta muy valiosa para los estudiosos de la Literatura. El maestro era un hombre sencillo, muy bajo de estatura, pero con solvencia y aplomo especiales en el manejo de las artes literarias. Recuerdo que todas las noches, a las ocho y media, con discreción entraba al aula un personaje de tez blanca, alto, con traje deportivo, generalmente vistiendo pantalón blanco y saco beige. Era el poeta y editor distinguido Ricardo Trigueros de León.

El visitante se sentaba, atento y silencioso, al fondo del salón y ahí esperaba el final de la clase. Luego ambos, evidenciando aprecio especial y admiración mutua, bajaban las escaleras del vetusto edificio de la Facultad de Humanidades, antes Colegio Sagrado Corazón, ubicado entonces casi frente a la Central de Telecomunicaciones en el centro de San Salvador; y se dirigían al parqueo, donde les esperaba el vehículo de Ricardo. Media hora después, mientras yo me dirigía hacia mi casa y pasaba frente a la cafetería La Corona, sobre la Avenida España, veía a la pareja de escritores en amena charla, quien sabe hasta qué horas de la noche. Fue un ritual inolvidable de dos admirados intelectuales que, religiosamente, compartían vivencias, esperanzas y sus buenos deseos para las letras latinoamericanas. Y como el maestro Abreu Gómez, muchos fueron los contactos de Trigueros de León, en el campo editorial-literario.

Y es que el poeta, además de creador, fue editor-divulgador de la obra de muchos intelectuales: “Reunía -dicen sus biógrafos- todas las características imprescindibles en el oficio editorial, conocimiento de las técnicas de imprenta, capacidad de gestión y, quizás la más importante, amor por los libros, por los de otros (que es lo que define medularmente al editor) y por los propios…”

Gran creativo literario, entre sus obras destacan: “Campanario”, 1941; “Nardos y estrellas”, 1945; “Presencia de la rosa”, 1945; “Labrando en madera”, 1947; “Perfil en el aire”, 1955; y “Pueblo”, 1960, entre otras.

Multifacético como era, también ejerció el periodismo, desde redactor cultural en importantes medios impresos y radiales, hasta dirigir la Escuela de Periodismo de la Universidad de El Salvador. Precisamente, Trigueros de León era el director, el año de mi ingreso a la Escuela de Periodismo (1959-1960). Como dirigente gremial, según archivos, fue secretario de actas de la Asociación de Periodistas de El Salvador (APES), mismo cargo que, años después, me tocó desempeñar, durante varios períodos.

Hoy, cuando se cumplen 50 años del fallecimiento de Trigueros de León, justo es reconocer, aunque sea parcialmente con estas líneas, su trayectoria como editor y literato. Y para cerrar este recordatorio, nada más oportuno que ceder el espacio final a las palabras con las que Salarrué lo despidiera, a la hora en que Ricardo iniciara su partida: “Plugiera a Dios que esta fosa fuera un surco y este cuerpo una semilla, para que Cuscatlán pueda tener cosecha de hombres como él: hombres que la levanten y la hagan lucir como él lo hiciera, sin intención, con su trabajo de amor…” (RAO).

Canto por ti / Antielegía sin fin para mi madre.

Posted in Literatura, Personal on mayo 11, 2015 by Renán Alcides Orellana

El siguiente es un poema redivivo, porque revive en este 10 de mayo, para honrar la bondad ilimitada de una Madre excepcional: mi esposa.

CANTO POR TI
A Leticia
Renán Alcides Orellana

Si pudieran detener el tiempo
o retrocederlo
y ambientarlo en las viejas ciudades
que nunca supieron de ti
me vería intangible, desacostumbrado
como si por el paso de los siglos
un cuadro de Rembrandt se devaluara
o como si las estatuas de los héroes olvidados
se resignaran al anonimato
bajo las hojas grises de los otoños tristes.

Si pudieran detener el tiempo
o retrocederlo
y ambientarlo en los patios de las academias
o en los paraninfos universitarios
que nunca supieron de ti
me vería huérfano de cantos, desamparado
como si me faltaran alas
como los montes ayunos de invierno
o como los ríos olvidados
que han perdido su cauce.

Si pudieran detener el tiempo
o retrocederlo
y ambientarlo en los cines y cafeterías
que nunca supieron de ti
me vería entre ausencias, abandonado
como los prisioneros perpetuos
reclamando las raíces de la sangre
o como los ausentes sin regreso
añorando los abrazos maternales
y la palabra del amigo.

Si pudieran detener el tiempo
o retrocederlo
y ambientarlo en las viejas ciudades
las academias, los cines y las cafeterías
que nunca supieron de ti
me vería por siempre ahí, suspendido
como ancla encallada que ignora a su puerto
como los ríos estáticos o los puentes rotos
que inertes perecen en su línea sin fin.

***
ANTIELEGIA SIN FIN PARA MI MADRE
Renán Alcides Orellana

yo no vengo a decir por tu muerte una elegía
me niego al llanto más simple al gemido más sencillo
tal como vos –mujer de fe- me lo enseñaste
¿cómo decir entonces que sufro sin medida
cuando la realidad es que un adiós como tu adiós
no es otra cosa que tu amor presente y su creciente huella?

incapaz de olvidar hasta el último detalle
hasta en esa manera de morir
como pasar de un sueño a otro
fuiste tan considerada
y cómo no
si tu alma nunca fue un arcón para guardar resentimientos

ahora estás allá
nos separan acaso las constelaciones
qué tal? cómo te fue? cómo llegaste?
cómo están mi papá Vilma Toñín y los abuelos?
juntando cuentas estrella por estrella te imagino
para no perder tu costumbre
de siempre estar haciendo algo

aquí las cosas no cambian empeoran
y duele ver tantas muertes tan distintas a la tuya
a diario a toda hora en cada sitio incontenibles
tenías razón
sólo se vive y se muere en paz cuando el amor es puro
valga de ejemplo tu propio testimonio

por eso
yo no vengo a decir por tu muerte una elegía
yo vengo mamá Olivia a cantar de gozo por el gozo
de tu misión cumplida

(1983, horas después del
vuelo supremo de mi madre).

Serafín Quiteño y su corasón con “S”.

Posted in Historia, Literatura, Los que se fueron... on abril 26, 2015 by Renán Alcides Orellana

A principios de la década de los años cincuenta, tuve la primera noticia en serio sobre Serafín Quiteño, cuando hasta mi natal Villa El Rosario, al norte de Morazán, me llegara su libro “Corasón con S”. Digo en serio, o de fondo, porque antes por mis maestros de lenguaje, apenas había tenido referencias del poeta. Y ahora, que un libro así llegara hasta mis manos, lo consideraba un privilegio.

Con los años, a fines de aquella década (1959), emigré a la capital en busca de oportunidades para estudiar y hacer periodismo y, por qué no, para buscar y establecer contacto con los escritores de la época, los anteriores y los jóvenes en boga entonces. Ya en la capital, aquel privilegio sería mayor al estrechar la mano de Serafín Quiteño, para el inicio de una, aunque breve, especial amistad.

El encuentro fue en la redacción de El Diario de Hoy, ubicado entonces frente al desaparecido Cine París, Barrio El Calvario de San Salvador, allá por 1964. Meses antes, yo recién me había iniciado en el periodismo activo, como redactor del vespertino Tribuna Libre, que dirigía el también periodista, escritor y poeta Pedro Geoffroy Rivas, mi maestro en el periodismo práctico. Ahora estaba en El Diario de Hoy, mismo periódico en el que laboraba, como especial columnista, el poeta Quiteño.

Aunque sonriente a la hora en que fuimos presentados por el también periodista y poeta Rolando Elías, Serafín Quiteño me pareció un hombre serio, tanto que, a pesar de la cordialidad del momento, con su mirada sagaz pareció fulminar mi timidez provinciana. Fue sólo mi percepción, pues en adelante siempre estuvo atento y muy afable con sus sugerencias y su amistad. Y aunque estaba claro que la diferencia generacional no sería un obstáculo, en adelante para mí sería don Serafín, muestra de mi aprecio y respeto a su innegable condición de periodista y literato.

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Serafín Quiteño (Fuente)

 

Serafín Quiteño nació en Santa Ana, en 1906; y murió en San Salvador, en 1987. Poeta, escritor y periodista de reciedumbre intelectual, su obra literaria recopilada en libros fue poca, pero dejó abundante obra dispersa, sumada a su trayectoria en el periodismo, género que cultivó durante varias décadas. “De aguda intención irónica -según sus biógrafos- unas veces su lirismo es cosa íntima, muy personal, si bien vuelca a veces los contenidos de sus motivaciones líricas hacia el paisaje salvadoreño…”.

En 1941, Serafín Quiteño había publicado Corasón con S y, posteriormente, publicó Tórrido sueño (1957), libro en coautoría con el poeta nicaragüense Alberto Ordóñez Argüello. Un libro que expresa amor al suelo cuscatleco, a su belleza y a sus tradiciones. Es “su Cuscatlán en colores”. En el campo periodístico, era el autor de “Ventana de colores”, columna que calzaba con el seudónimo de Pedro C. Maravilla. Y aquí es donde, sin lugar a dudas, Quiteño fue verdadero maestro. Periodista por vocación, esta disciplina le apasionaba. ¿Cómo ignorar su aporte como editorialista? Y, ¿cómo el de columnista de singular maestría en el difícil campo del periodismo cuestionador y humano? La columna “Ventana de colores” es el mejor testimonio de erudición profunda y magistral dominio del idioma, para enfocar el ser y acontecer social y cultural de su época, además de su admirable fecundidad y constancia, reflejadas en el mantenimiento de esa columna por más de 15 años ininterrumpidos. Un récord envidiable de continuidad, difícilmente igualado.

Pero, aparte de todo lo anterior, quizá la mejor y más ejemplarizante actitud de Serafín como intelectual lo constituyó, pese a su gran modestia, el sentido de seriedad y respeto por el idioma, seguro, desde su delicada interioridad, de que la pureza de la expresión contribuye al buen comunicar y distingue al buen comunicador. Serafín Quiteño fue eso: un gran comunicador. Un poeta de regia estirpe. El siguiente es fragmento de su poema:

MENSAJE DEL CORASÓN CON “S”
… Por todo eso, alma mía, ¡por todo eso!..
por tu bella costumbre de estar triste,
por tu amor silencioso y por el beso
que me pudiste dar y no me diste…
… desde un ángulo amargo del olvido
en que un negro pavor la sombra acrece,
te envío esta canción como un latido
de mi sencillo corazón con S.

Sea este recordatorio al escritor poeta Serafín Quiteño (Serafín con “S” mayúscula), un intento agradecido de aquel “muchacho del oriente cuscatleco venido al diario”, como se le dio en llamarme una vez, de perpetuar el nombre de este intelectual salvadoreño, ahora, a lo mejor, transitando hacia el olvido, pese a su reciedumbre literaria. Un intelectual que, por derecho propio, con su muerte se sumó al grupo de reconocidos poetas que se han ido, en diferentes fechas de la segunda mitad del siglo pasado e inicios del presente, adelantados en el viaje sin retorno:

Francisco Gavidia, Carlos Bustamante, Alfredo Espino, Claudia Lars, Salarrué, Vicente Rosales y Rosales, Pedro Geoffroy Rivas, Quino Caso, Raúl Contreras, Oswaldo Escobar Velado, José María Méndez, Napoleón Rodríguez Ruiz, Luis Mejía Vides, Ricardo Trigueros de León, Roque Dalton, Ítalo López Vallecillos, Armando López Muñoz, Álvaro Menén Desleal, Roberto Armijo, Ricardo Bogrand, Matilde Elena López, Rafael Góchez Sosa, Ricardo Martell Caminos, Antonio Gamero, Waldo Chávez Velasco, Cristóbal H. Ibarra, Eugenio Martínez Orantes, Eduardo Menjívar, Mercedes Durand, Rolando Elías, Hildebrando Juárez, Jorge Campos, Jorge Cornejo, Ulises Masís, Melitón Barba, Luis Galindo, Uriel Valencia, Heriberto Montano, Jaime Suárez, Ovidio Villafuerte, Alfonso Hernández, Reyes Gilberto Arévalo, Mauricio Vallejo, José María Cuéllar, Lil Milagro Ramírez,… y tantos y tantos otros, de omisión involuntaria… (RAO).

Galeano, Grass y los nuestros…

Posted in América Latina y el mundo, Como decíamos ayer..., Historia, Literatura on abril 20, 2015 by Renán Alcides Orellana

La muerte de dos grandes de la Literatura y el Periodismo: Eduardo Galeano y Günter Grass, el pasado 13 de abril, ha conmovido no sólo a los sectores intelectuales del mundo, también a la sociedad en general.

Eduardo Galeano (3 de septiembre/1940-13 de abril/2015), escritor y periodista uruguayo, considerado “uno de los más destacados autores de Latinoamérica”, recibió doctorado Honoris Causa de la Universidad de El Salvador, durante su visita al país, en 2005; Günter Grass (16 de octubre/1927-13 de abril/2015), escritor y ensayista alemán, considerado “la conciencia crítica alemana”, Premio Nóbel 1999. Ambos fallecieron el mismo día, 13 de abril, cada quien en su país, al que tanto prestigio dieron. Hoy son dos de los grandes intelectuales idos, defensores de los derechos humanos.

galeano

Eduardo Galeano

Gunter-Grass

Günter Grass

Como dijera Rubén Darío a la muerte de Víctor Hugo “… el mundo pesa menos”, hoy todo ese mundo lamenta la partida de Galeano y Grass; y el pueblo salvadoreño en su mayoría, no ha sido la excepción, no ha sido indiferente. Y no podría serlo, porque en medio de esta convulsión social, política y cultural que agobia al país, las voces redivivas de los grandes luchadores salvadoreños, muertos por su demanda de justicia, son lenitivo que contribuye a la búsqueda de la paz, la tranquilidad y la armonía social.

Solo que -abismal diferencia- las -muchísimas- muertes nuestras fueron producto de la violencia irracional, ordenada por la oligarquía. Para ejemplo, dos figuras salvadoreñas de connotación universal: Monseñor Oscar Arnulfo Romero y Roque Dalton son, entre otros muchos asesinados por su amor al pueblo (Anastacio Aquino, Farabundo Martí, Enrique Álvarez Córdova, Rutilio Grande, Juan Chacón…), dos salvadoreños prominentes, cuyo recuerdo, en mayo próximo, estará muy cerca de los salvadoreños: Monseñor Romero, por su beatificación/canonización, el día 23; y Roque, por el recordatorio anual de su nacimiento-muerte, en el citado mes. Los dos son de esa estirpe de salvadoreños fuera de serie que, a nivel nacional, lucharon por la justicia, aún a costa de su propia vida.

Aquí y ahora, su voz se vuelve, más que necesaria, urgente. Los caminos torcidos que duelen como país, aunque son triste herencia de muchas décadas atrás, deben ser reorientados en los aspectos social, económico, político y cultural, si de veras se quiere ser consecuente con los anhelos de paz y justicia, con los que soñó aquella generación de patriotas salvadoreños. Para eso, desde luego, se precisa retomar sus aspiraciones patrióticas, su conciencia popular y su entrega incondicional, para superar la citada crisis integral que, hoy por hoy, abate a la sociedad salvadoreña, honesta y laboriosa. Galeano y Grass allá, y Monseñor Romero y Roque aquí, son referentes de entrega y servicio, como guías para el humano comunicar.

Si bien esta responsabilidad es tarea de todos, también es cierto que, en gran medida, esa responsabilidad recae con mayor énfasis en las esferas oficiales, mediante la creación y ejecución efectiva de leyes apropiadas y, sobre todo, en el sano y eficiente manejo de la cosa pública, con total transparencia y ajenas a la corrupción. Aspiración atrevida por difícil, aunque no imposible si al interés personal y de grupo se antepone el interés colectivo, el bien común.

La llegada de nueva legislatura y concejos municipales (el 1 de mayo) podría ser la esperanza, si no fuera porque persiste la duda: con apreciables por escasas excepciones, el accionar de algunos políticos conocidos, deja mucho que desear. Y dejará más, si en adelante el pueblo salvadoreño, como un todo granítico, se los permite… (RAO).

Álvaro Menén Desleal y su motivación a emigrar.

Posted in Historia, Literatura, Los que se fueron..., Personajes importantes on abril 20, 2015 by Renán Alcides Orellana

El año, quizá 1972. Varios miembros de la Asociación de Escritores Salvadoreños (AES), estábamos reunidos para celebrar y dar la bienvenida a Álvaro Menén Desleal a su regreso al país, después de una de sus prolongadas ausencias.

La reunión era en casa del poeta Rafael Mendoza, en el Barrio La Vega si mal no recuerdo, mirando hacia el sur de San Salvador. Ahí estábamos Rafael Góchez Sosa, Tirso Canales, Ricardo Castrorrivas, Alejandro Masís, Francisco Rivera, Julio Iraheta Santos, Salvador Juárez, Carlos Balaguer, Salomón Rivera y, desde luego, Rafael Mendoza, Álvaro y yo.

Todo era envidiable camaradería y, en medio de un prudente bullicio poético-musical, Menen Desleal era la figura central, no sólo por ser el invitado/homenajeado, sino porque nos compartía la experiencia enriquecedora de sus viajes, su desenvolvimiento y participación en otras culturas y su alternancia con escritores de otras latitudes. Pero, sobre todo, Álvaro hacía énfasis en su reiterativo llamado a “intentar salir temporalmente del país, cada uno de nosotros”, como única vía para la superación intelectual:
– Es de imperiosa necesidad salir a otros países a enriquecer y hacer crecer nuestra experiencia, y retornar con ella al país…- lo ratificaba Álvaro, con mucho énfasis.

Álvaro_Menen_Desleal

A partir de ahí, la motivación a emigrar sería la reiterada constante, con la que Álvaro trataba de estimular nuestro trabajo futuro. Así lo ratificaría en una entrevista “para analizar la realidad literaria de El Salvador y su proceso a partir de 1930”, aparecida en la Revista Caracol, del Departamento de Divulgación Cultural de la Universidad de El Salvador, en agosto de 1974. Con seriedad y franqueza, Álvaro contaba parte de su experiencia:

… Luego hay cierta coyuntura que nos salva. La emigración. Voluntaria o involuntariamente, nos vamos de El Salvador, por el exilio o porque de alguna forma nos sentimos presos en nuestro país, de tal forma que debemos irnos, a los quince años, a los dieciséis. Eso contribuye a la salvación de la generación aparecida en 1950, gracias a la vinculación que tiene con el movimiento del exterior, su interés por la temática y por la técnica cultivada en el exterior. Por eso trato de llamarle generación internacional.

Así, me voy a México, se van también Mauricio de la Selva, Mercedes Durand, Ricardo Bogrand, Armando López Muñoz. Nos vamos a México, trabajamos allá. Vemos una serie de cosas que es imposible ver en un medio como el salvadoreño. López Vallecillos y Chávez Velasco se van a Europa. Dalton a Chile y Europa. Esto nos ha librado a todos del medio, y es en este grupo que emigra donde están los mejores valores, porque, haciendo una selección, la nómina inicial se puede reducir a la mitad de ese grupo de 1950. Si nos ponemos un poco más estrictos, menos de la tercera parte, con Waldo Chávez, López Vallecillos, Mauricio de la Selva, Roque Dalton, Roberto Armijo y yo, somos los mejores. Más estrictamente, quizá sólo yo y Dalton tengamos valor. Ya lo veremos…

Acertadas o no, las afirmaciones y los señalamientos puntuales de Álvaro fueron su opinión personal, que muchos respetaron. Pero, independientemente de sus cuestionamientos, lo que conviene rescatar, para reflexión urgente, es su interés por motivar la necesaria emigración de los poetas, para salvar la poesía. Motivación extensiva, desde luego, a los representantes de todas las ramas del arte. Y las épocas de preguerra, guerra y pos guerra confirman que la excitativa de Álvaro, en cuanto a la necesidad de salir, voluntaria o involuntariamente, del país, tenía sentido entonces, como lo tiene ahora…

Cuando en 1962 Álvaro obtuvo el segundo lugar “Premio República de El Salvador”, en el VIII Certamen Nacional de Cultura, por la obra Cuentos breves y maravillosos, algunos señalamientos posteriores respecto a que había cometido plagio, no hicieron más que levantar su ánimo y una especie de autosuficiencia literaria, dado el golpe publicitario que pareció elevar antes que disminuir su personalidad. Sobre esto del plagio, el escritor Luis Gallegos Valdés hizo alguna referencia en su oportunidad, y describió, en parte, la obra premiada de Álvaro y sus incidencias posteriores en el ámbito cultural. Gallegos Valdés iba directo al grano: “El autor fue ducho en jugar un poco al enfant terrible, provocando alrededor de su obra, desconfianzas y dudas. Un crítico literario acusó de plagio a Álvaro, por haber tomado, casi literalmente, un cuento de un autor chino: Lieh-tse. Otros críticos hablaron de recreación…”

Tiempo después de aquel suceso, Álvaro y yo coincidimos un día en un centro comercial de vehículos, sobre la calle Rubén Darío, cerca del parque Bolívar. Álvaro estaba allí seguramente como cliente; yo, como visitante ocasional de un amigo. Conociendo Álvaro que mi labor periodística me imponía, por lo menos, una alusión mínima al tema de la acusación de plagio en contra suya, antes de que mediara el saludo me anticipó sonriendo.

— De literatura hoy no hablemos.
— Dime sólo tres palabras.
— Bien, sólo tres… ¿sobre qué?
— Sobre tus Cuentos breves y maravillosos.
— Recreación, recreación, recreación…

Así era Álvaro. Hombre de mucho talento. Vivió convencido de que aquí no podrá existir jamás el espacio azul que necesitan el arte y la cultura, mientras se nos obligue a la mayoría de salvadoreños a seguir soportando a funcionarios insensibles, cuyo mayor mérito es hacer gala de deshonestidad e incultura…
Aquella noche en casa de Rafael, los presentes sentimos el llamado a la reflexión y a la urgencia, planteada por Álvaro; la necesidad de emigrar por un tiempo para salvarnos, para salvar a la poesía, mediante el contacto y la vivencia con otras culturas.

— Sólo emigrar nos salva…- había reiterado.

Hoy, Álvaro es otro de los grandes que se ha ido. Otro de los grandes maestros y compañeros de afanes. Son y serán los grandes ausentes privilegiados para recordarles, por su vocación intelectual y su coherencia humana, que contrastan de manera diametralmente opuesta con el oscurantismo, la incapacidad y la deshonestidad de una parte de la clase política actual. Se fue en los días postreros del siglo XX; o, dicho de otro modo, como él lo hubiera expresado mejor, con humor e ironía, partir antes para no tener nada que ver con este siglo XXI.

MINI BIOBIBLIOGRAFIA
Conocí a Álvaro Menén Desleal antes de que se volviera “desleal”. Era entonces Álvaro Menéndez Leal. Lo conocí, pero distante, ejerciendo el periodismo junto a Roque Dalton y Otto René Castillo, en un teleperiódico que él mismo dirigía. Yo para entonces, apenas con los deseos de iniciar y entrarle de lleno al periodismo y escribir literatura. Leía lo suyo. Primero, alguna vez polemizando. Después, en su columna periodística “Los cinco sentidos”. Y más tarde, cuando sin reservas pregonó sobre si mismo: “un genio anda suelto”. Y en reuniones y entrevistas. Recuerdo su capacidad sorprendente para definir de inmediato cualquier situación coloquial. Su franqueza. Álvaro era así, franco, sincero hasta la ofensa y, por lo mismo, receptor de más de alguna antipatía y epítetos poco nobles, que a él -lo dijo más de una vez- le tenían sin cuidado.

Álvaro Menéndez Leal (Menén Desleal) nació en Santa Ana, el 13 de marzo de 1931 y murió en San Salvador el 7 de abril de 2000. Parte de su abundante obra son: “Luz Negra” (Teatro, San Salvador 1967); “Una cuerda de nylon y oro” (Cuento, San Salvador 1969); y “La Ilustre Familia Androide” (Cuento, Buenos Aires 1972), entre muchos otros. (RAO)