Álvaro Menén Desleal y su motivación a emigrar.

El año, quizá 1972. Varios miembros de la Asociación de Escritores Salvadoreños (AES), estábamos reunidos para celebrar y dar la bienvenida a Álvaro Menén Desleal a su regreso al país, después de una de sus prolongadas ausencias.

La reunión era en casa del poeta Rafael Mendoza, en el Barrio La Vega si mal no recuerdo, mirando hacia el sur de San Salvador. Ahí estábamos Rafael Góchez Sosa, Tirso Canales, Ricardo Castrorrivas, Alejandro Masís, Francisco Rivera, Julio Iraheta Santos, Salvador Juárez, Carlos Balaguer, Salomón Rivera y, desde luego, Rafael Mendoza, Álvaro y yo.

Todo era envidiable camaradería y, en medio de un prudente bullicio poético-musical, Menen Desleal era la figura central, no sólo por ser el invitado/homenajeado, sino porque nos compartía la experiencia enriquecedora de sus viajes, su desenvolvimiento y participación en otras culturas y su alternancia con escritores de otras latitudes. Pero, sobre todo, Álvaro hacía énfasis en su reiterativo llamado a “intentar salir temporalmente del país, cada uno de nosotros”, como única vía para la superación intelectual:
– Es de imperiosa necesidad salir a otros países a enriquecer y hacer crecer nuestra experiencia, y retornar con ella al país…- lo ratificaba Álvaro, con mucho énfasis.

Álvaro_Menen_Desleal

A partir de ahí, la motivación a emigrar sería la reiterada constante, con la que Álvaro trataba de estimular nuestro trabajo futuro. Así lo ratificaría en una entrevista “para analizar la realidad literaria de El Salvador y su proceso a partir de 1930”, aparecida en la Revista Caracol, del Departamento de Divulgación Cultural de la Universidad de El Salvador, en agosto de 1974. Con seriedad y franqueza, Álvaro contaba parte de su experiencia:

… Luego hay cierta coyuntura que nos salva. La emigración. Voluntaria o involuntariamente, nos vamos de El Salvador, por el exilio o porque de alguna forma nos sentimos presos en nuestro país, de tal forma que debemos irnos, a los quince años, a los dieciséis. Eso contribuye a la salvación de la generación aparecida en 1950, gracias a la vinculación que tiene con el movimiento del exterior, su interés por la temática y por la técnica cultivada en el exterior. Por eso trato de llamarle generación internacional.

Así, me voy a México, se van también Mauricio de la Selva, Mercedes Durand, Ricardo Bogrand, Armando López Muñoz. Nos vamos a México, trabajamos allá. Vemos una serie de cosas que es imposible ver en un medio como el salvadoreño. López Vallecillos y Chávez Velasco se van a Europa. Dalton a Chile y Europa. Esto nos ha librado a todos del medio, y es en este grupo que emigra donde están los mejores valores, porque, haciendo una selección, la nómina inicial se puede reducir a la mitad de ese grupo de 1950. Si nos ponemos un poco más estrictos, menos de la tercera parte, con Waldo Chávez, López Vallecillos, Mauricio de la Selva, Roque Dalton, Roberto Armijo y yo, somos los mejores. Más estrictamente, quizá sólo yo y Dalton tengamos valor. Ya lo veremos…

Acertadas o no, las afirmaciones y los señalamientos puntuales de Álvaro fueron su opinión personal, que muchos respetaron. Pero, independientemente de sus cuestionamientos, lo que conviene rescatar, para reflexión urgente, es su interés por motivar la necesaria emigración de los poetas, para salvar la poesía. Motivación extensiva, desde luego, a los representantes de todas las ramas del arte. Y las épocas de preguerra, guerra y pos guerra confirman que la excitativa de Álvaro, en cuanto a la necesidad de salir, voluntaria o involuntariamente, del país, tenía sentido entonces, como lo tiene ahora…

Cuando en 1962 Álvaro obtuvo el segundo lugar “Premio República de El Salvador”, en el VIII Certamen Nacional de Cultura, por la obra Cuentos breves y maravillosos, algunos señalamientos posteriores respecto a que había cometido plagio, no hicieron más que levantar su ánimo y una especie de autosuficiencia literaria, dado el golpe publicitario que pareció elevar antes que disminuir su personalidad. Sobre esto del plagio, el escritor Luis Gallegos Valdés hizo alguna referencia en su oportunidad, y describió, en parte, la obra premiada de Álvaro y sus incidencias posteriores en el ámbito cultural. Gallegos Valdés iba directo al grano: “El autor fue ducho en jugar un poco al enfant terrible, provocando alrededor de su obra, desconfianzas y dudas. Un crítico literario acusó de plagio a Álvaro, por haber tomado, casi literalmente, un cuento de un autor chino: Lieh-tse. Otros críticos hablaron de recreación…”

Tiempo después de aquel suceso, Álvaro y yo coincidimos un día en un centro comercial de vehículos, sobre la calle Rubén Darío, cerca del parque Bolívar. Álvaro estaba allí seguramente como cliente; yo, como visitante ocasional de un amigo. Conociendo Álvaro que mi labor periodística me imponía, por lo menos, una alusión mínima al tema de la acusación de plagio en contra suya, antes de que mediara el saludo me anticipó sonriendo.

— De literatura hoy no hablemos.
— Dime sólo tres palabras.
— Bien, sólo tres… ¿sobre qué?
— Sobre tus Cuentos breves y maravillosos.
— Recreación, recreación, recreación…

Así era Álvaro. Hombre de mucho talento. Vivió convencido de que aquí no podrá existir jamás el espacio azul que necesitan el arte y la cultura, mientras se nos obligue a la mayoría de salvadoreños a seguir soportando a funcionarios insensibles, cuyo mayor mérito es hacer gala de deshonestidad e incultura…
Aquella noche en casa de Rafael, los presentes sentimos el llamado a la reflexión y a la urgencia, planteada por Álvaro; la necesidad de emigrar por un tiempo para salvarnos, para salvar a la poesía, mediante el contacto y la vivencia con otras culturas.

— Sólo emigrar nos salva…- había reiterado.

Hoy, Álvaro es otro de los grandes que se ha ido. Otro de los grandes maestros y compañeros de afanes. Son y serán los grandes ausentes privilegiados para recordarles, por su vocación intelectual y su coherencia humana, que contrastan de manera diametralmente opuesta con el oscurantismo, la incapacidad y la deshonestidad de una parte de la clase política actual. Se fue en los días postreros del siglo XX; o, dicho de otro modo, como él lo hubiera expresado mejor, con humor e ironía, partir antes para no tener nada que ver con este siglo XXI.

MINI BIOBIBLIOGRAFIA
Conocí a Álvaro Menén Desleal antes de que se volviera “desleal”. Era entonces Álvaro Menéndez Leal. Lo conocí, pero distante, ejerciendo el periodismo junto a Roque Dalton y Otto René Castillo, en un teleperiódico que él mismo dirigía. Yo para entonces, apenas con los deseos de iniciar y entrarle de lleno al periodismo y escribir literatura. Leía lo suyo. Primero, alguna vez polemizando. Después, en su columna periodística “Los cinco sentidos”. Y más tarde, cuando sin reservas pregonó sobre si mismo: “un genio anda suelto”. Y en reuniones y entrevistas. Recuerdo su capacidad sorprendente para definir de inmediato cualquier situación coloquial. Su franqueza. Álvaro era así, franco, sincero hasta la ofensa y, por lo mismo, receptor de más de alguna antipatía y epítetos poco nobles, que a él -lo dijo más de una vez- le tenían sin cuidado.

Álvaro Menéndez Leal (Menén Desleal) nació en Santa Ana, el 13 de marzo de 1931 y murió en San Salvador el 7 de abril de 2000. Parte de su abundante obra son: “Luz Negra” (Teatro, San Salvador 1967); “Una cuerda de nylon y oro” (Cuento, San Salvador 1969); y “La Ilustre Familia Androide” (Cuento, Buenos Aires 1972), entre muchos otros. (RAO)

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