POEMA INVIERNO Poeta Rosales y Rosales

Posted in Sin categoría on abril 12, 2017 by Renán Alcides Orellana

Archivo de mis andares

“Para otros dieron lana las vicuñas…”

DENUNCIA ETERNA DEL POETA

VICENTE ROSALES Y ROSALES

Renán Alcides Orellana

El recordado poeta-maestro-amigo Vicente Rosales y Rosales (1894-1980), con punzante pluma y desbordada sensibilidad, describió la realidad socio-política-cultural de entonces, presagiando también la dura realidad nuestra de cada día, con el siguiente poema:

INVIERNO

Vicente Rosales y Rosales

Brumoso el ideal la carne inerte

para otros dieron lana las vicuñas

en este invierno macho de la muerte

cuantos nos vamos a comer las uñas.

 

Tres meses de hospital a leche cruda

o terminar mendigo y con muletas

esta noche dormirás desnuda

mientras se mueren de hambre los poetas.

 

Se citan casos extraordinarios

seres que el hambre asesinó siniestro

con estas cosas se hacen hoy los diarios

tal vez mañana se mencione el nuestro.

Con este poema, Rosales y Rosales al denunciar la realidad de entonces,  premonizaba la crisis integral que hoy sufre la población, en el marco de una sociedad a merced del sometimiento y la pobreza galopantes, por obra y gracia del crimen y los malos políticos (especialmente los abusadores y los corruptos). Y de paso, agregue usted los fenómenos naturales, ensañándose con la población  más desvalida.

Quién sabe si el poeta hubiera soportado este estado de dolor que presagió en su canto. En medio de su noble ancianidad, con paso inevitable hacia el final, su delicada sensibilidad se resistía al llanto, ante la indiferencia social hacia los poetas. Una realidad que, como él lo premonizara, sigue y seguirá vigente en el contexto social del país, mientras existan tantos compatriotas “comiéndose las uñas” (necesidad de todo), por este “invierno” (crisis social) tan despiadado, que arrasa con todo, hasta con los valores humanos y la cultura. Y todo porque, en gran medida, “para otros dieron lana las vicuñas” (los políticos corruptos, una impune, imparable y destructora plaga con visión arribista, lucrativa y anti-popular)…  (RAO).

 

 

 

 

 

VOLVERÁN

Posted in Sin categoría on marzo 30, 2017 by Renán Alcides Orellana

 

Archivo de mis andares

VOLVERÁN

 Renán Alcides Orellana

Alto el cáliz de Monseñor Romero

alto el verbo de Ignacio Ellacuría

alta la luz de Rutilio como guía

y de los mártires el adiós postrero.

 

Los jesuitas, las monjas, el obrero

los que cayeron por su rebeldía

desafiando desde la fe a la tiranía.

Los de siempre, los del amar sincero.

 

Mártires todos que volverán un día

a demandar del tirano la osadía

de matar, de pisotear impune cada

 

fibra de la patria y su memoria.

Volverán para contar su historia

de amor, junto a la patria liberada.

SEPELIO DE MONSEÑOR ROMERO

Posted in Sin categoría on marzo 30, 2017 by Renán Alcides Orellana

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INDESCRIPTIBLE SUCESO:

SEPELIO DE MONSEÑOR ROMERO

30 de marzo de 1980

Renán Alcides Orellana

“…  El sepelio de Monseñor Romero, el 30 de marzo de 1980, fue otro acontecimiento que enardeció corajes e incendió conciencias, seis días después del asesinato (24 de marzo). La indescriptible multitud, mezcla de dolor e indignación, llenaba por completo la Plaza Barrios, frente a la catedral Metropolitana en el centro de San Salvador. Las aceras del Palacio Nacional y de los edificios que rodean la plaza, abarrotadas de gente eran el marco de aquella impresionante concentración. Con varios acompañantes, nos ubicamos en un predio justo frente a la entrada principal de la Catedral, lugar donde se había erigido el altar para la misa fúnebre. Una tensa calma, sin visos hasta entonces de posibles e inquietantes brotes de violencia, gravitaba en la plaza y sus contornos, al inicio de la misa. Un árbol enorme nos regalaba abundante sombra.

Llegó la hora de la homilía. Monseñor Ernesto Corripio Ahumada, Obispo mexicano venido exclusivamente al funeral, pronunciaba frases relacionadas con el sacrificio y hacía referencia particular al martirio de Monseñor Romero. De pronto una explosión, o varias. El sobresalto de todos fue unánime, especialmente de los que estábamos más próximos a la entrada de la Catedral. Pareció que en un sitio vecino al Palacio Nacional o al predio universitario, habían estallado lo artefactos explosivos. También se escucharon disparos que, posteriormente, se adjudicaron a Guardias Nacionales apostados en la planta alta del Palacio Nacional. Confusión total, tremenda. Y lo esperado, la gran desbandada sin sentido y sin brújula. La gente trataba de huir atropellándose, todos buscando una salida entre aquel mar humano, cada vez más descontrolado y horrorizado. Los que pudieron ingresaron al templo saltando los muros laterales, otros tuvimos que buscar la calle más apropiada y libre. Frente a la Catedral había cuerpos desvanecidos o heridos por los golpes de quienes intentaban correr y gran cantidad de zapatos y otros objetos personales, tirados sobre el pavimento. En el interior del templo, quienes pudieron acompañaron al Obispo Mártir a la hora de su sepelio.

Puestos a salvo los de mi grupo acompañante y yo, en horas del mediodía regresamos a nuestras casas. Por la tarde, contra todo riesgo, por curiosidad personal y periodística, volví al sitio del suceso y, además, porque desde la mañana el estacionamiento contiguo al parque San José había sido bloqueado y mi vehículo, obligadamente, había quedado secuestrado. En ese sector, el saqueo de almacenes pequeños, especialmente de electrodomésticos, era evidente. Televisores u otros enseres eléctricos al hombro, los saqueadores actuaban con libertad e impunidad. Con vestigios todavía del hecho, sobre el escenario frente a la Catedral gravitaba una sensación de reclamo social, de angustia y tristeza. La gente que por alguna razón es de permanencia diaria en la plaza, seguía comentando lo ocurrido, con evidente ira e impotencia. Un suceso más, producto del caos y la ingobernabilidad, atribuido al ejército y a grupos paramilitares…”

(Fragmento de mi libro “LO QUE PASA CUANDO EL TIEMPO PASA”,  San Salvador, 2009, Páginas 268-269)

VOZ Y METÁFORAS SANTIFICADAS

Posted in Sin categoría on marzo 3, 2017 by Renán Alcides Orellana

Beato Oscar Arnulfo Romero: en el mes de su martirio (marzo/1980); y en el año del centenario de su nacimiento (agosto 1917-2017)

 

BEATO OSCAR ARNULFO ROMERO:

VOZ Y METÁFORAS SANTIFICADAS

 Renán Alcides Orellana

 La noticia no llegó ni antes ni después, llegó justo a tiempo. El obispo Vicenzo Paglia, enviado papal, y postulante de la causa de beatificación de Monseñor Romero, la trajo emocionado, el 11 de  de 2015. Por medio del visitante, el Papa Francisco ratificaba la beatificación/santificación que, como San Romero de América, el pueblo salvadoreño ha otorgado a su pastor Oscar Arnulfo Romero, desde ya hace varios años. Están excluidos, sin embargo, los autores intelectuales y materiales de su muerte, los encubridores y los correligionarios que -aun llamándose católicos- cohonestaron con el vil  asesinato, por obediencia partidaria.

Con la llegada del obispo Paglia, ha quedado confirmado el boicot contra la beatificación, sin duda orquestado entre autoridades eclesiales de Roma y fuerzas oscuras y oscurantistas de El Salvador. “La causa de Romero parecía una barca en medio de una terrible tempestad”, declaró el obispo Paglia, refiriéndose a “los obstáculos que el proceso enfrentó desde 1997, cuando la diócesis de San Salvador lo propuso a la Santa Sede”. La realidad pura iba a aflorar un día: nunca Monseñor Romero marxista, pero si fiel siervo de Dios y servidor de los desposeídos. Tuve el privilegio de conocer su nombre en mi niñez, entre Ciudad Barrios y Villa El Rosario, mi pueblo natal. Después, en San Miguel 1947-1948 y, finalmente, en San Salvador, desde mi condición de periodista hasta ser uno de los testigos de la causa para su beatificación.

Por eso, doy fe de que su voz, humanamente santificada, se volvía trueno sagrado al denunciar los abusos del poder político y económico, que tenía postrados de hinojos a sus hermanos campesinos y obreros. Como voz hiriente sin espada, su denuncia incomodaba y enfurecía el ego de los poderosos. Pero también, en sentido opuesto, profundizaba con amor el tono metafórico de su voz hacia los humildes, al enunciar y describir cada una de las parábolas de su Divino Maestro.

Era su dualidad pastoral: la fuerte denuncia contra los poderosos y el tierno enunciado a los pobres; en ambos casos, para ayudar a entender mejor la palabra de Dios. Así, su timbrada y metafórica voz, enunciadora del Evangelio y denunciadora de las injusticias, resultaba fraterna al oído de los humildes, mientras incomodaba e inquietaba a los poderosos, que, desesperados, decidieron que la única manera de que aquella voz no siguiera atormentando sus oídos -como atormentó la voz de Juan El Bautista a Herodes Antipas- era asesinándolo. Y lo hicieron, lo mataron. Fue el aciago día 24 de marzo de 1980…

 UNA MUERTE ANUNCIADA

Desde antes del asesinato había signos que anticipaban tragedia. Monseñor Romero presentía su muerte. En una entrevista que concedió tres semanas antes del crimen, precisamente durante los días más difíciles de amenaza y represión, como una premonición evangélica, Monseñor Romero, como para dejar constancia del inminente peligro que corría, había dicho unas palabras proféticas:

– Un obispo morirá, pero la Iglesia de Dios, que es el pueblo, no perecerá jamás…

En una homilía, días después también habría dicho:

– Que mi sangre sea semilla de liberación.

Y en otra:

– Si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño…

Esta frase yo la incorporé en un poema,  que publiqué en ocasión del 25 aniversario del asesinato de Monseñor, en marzo de 2005:

CRONICA A LA LUZ DE

UN ANIVERSARIO MARTIRIAL

(Fragmento)

II

Predicador de las bienaventuranzas

y de la buena nueva ámense los unos a los otros

te diste entero Oscar Arnulfo;  sin reservas,

sin condiciones, con ofrenda total de tu martirio.

Como Jesús demandaste respeto a la casa del Padre,

casa del campesino y del obrero. Echaste a latigazos

a los mercaderes del oprobio y la injusticia.

Y resonó desafiante por los aires tu sentencia:

– En el nombre de Dios, pues, y en nombre

de este sufrido pueblo, cuyos lamentos

suben hasta el cielo cada vez más tumultuosos,

les suplico, les ruego, les ordeno ¡Cese la represión!…

Así sellaste tu suerte. Tu anticipada muerte.

Para que se cumplieran las insagradas escrituras del tirano:

“Haga patria, mate a un sacerdote”. Igual que el Maestro

irías a la muerte. Y una muerte de fusil para alentarnos.

Tu voz profética se alzó sobre las sombras:

– Si me matan resucitaré en mi pueblo.

Y lo hicieron: te mataron.

Y lo hiciste: resucitaste en medio de nosotros…

 

ANTECEDENTES

El 11 de marzo de 1977, durante el período presidencial de Arturo Armando Molina, la Guardia Nacional asesinó al padre Rutilio Grande en la zona de Aguilares y El Paisnal, al norte de San Salvador. El padre Rutilio encabezaba un grupo de sacerdotes y laicos, quienes mediante un intenso trabajo pastoral acompañaban a los campesinos en su organización y reclamos de mejores salarios y mejores condiciones de vida. Varias organizaciones campesinas, como la Federación Cristiana de Campesinos Salvadoreños (FECCAS) y la Unión de Trabajadores del Campo (UTC) y numerosas Comunidades Eclesiales de Base (CEB), surgidas y creciendo a nivel de América Latina con el acompañamiento de la Iglesia Católica, mediante un trabajo eficiente y sostenido creaban nuevos estados de conciencia, especialmente en el ámbito rural, en su lucha por la reivindicación campesina.

La muerte del padre Grande hirió hondamente al nuevo Arzobispo, como lo herirían en su oportunidad otros crímenes del ejército salvadoreño contra varios sacerdotes, religiosas y catequistas, fieles como él a la verdad y al Evangelio. Monseñor Romero exigió justicia, sin que fuera oído. El 1 de junio de ese año asumiría la presidencia de la República el general Carlos Humberto Romero, producto de evidente fraude cohonestado por su antecesor Molina. Monseñor Romero se negó a participar en los actos de toma de posesión presidencial del general Romero..

– Mientras no haya avances y buena disposición del gobierno para investigar el asesinato del padre Grande y demás crímenes, yo no acompañaré al Ejecutivo en este y otros actos-, proclamó con sentido profético el Arzobispo Romero.

Y no lo acompañó. Ese sería el inicio de un conflicto entre el Gobierno y Monseñor Romero. Aparte de dos o tres obispos, consecuentes con los ideales y la acción pastoral de Monseñor Romero, el resto de la jerarquía no sólo le contrariaba sino que lo adversaba, como muestra franca de connivencia con el gran capital oligárquico y su excluyente modelo socio económico y de injusticias, contra la población más humilde. Algunos de los llamados grandes medios de comunicación hacían el juego al gran capital, igual que ahora. El poderoso bloque económico, político y comunicacional, condenaba al Arzobispo y a su pueblo.

A partir de entonces, Monseñor Romero increparía al régimen de turno, por las constantes violaciones a los derechos humanos de muchos salvadoreños y reclamaría por los sacerdotes, catequistas y ciudadanos honrados, que habían sido asesinados. Monseñor venía enfrentando estas acciones con palabra fuerte y reclamando justicia, aún a costa de los enormes riesgos que implicaba su denuncia. Era su compromiso cristiano de ser la voz de los sin voz; es decir, vocero de los desposeídos que clamaban justicia ante las arbitrariedades y abusos institucionales…

Para 1980, desatada la guerra interna, la mayor preocupación de los Estados Unidos, en su política hacia El Salvador, estaba relacionada con la constante violación a los derechos humanos, que planteaba expectativas sombrías por la inconformidad popular, dentro de la cual era relevante el papel de denuncia evangélica de los activistas religiosos, que acompañaban al pueblo en sus demandas.

En ese marco, el 24 de marzo de 1980 se da el incalificable asesinato del Arzobispo Romero, cuya muerte generó luto general e incontables protestas a nivel nacional e internacional, con demandas posteriores por la impunidad del crimen. Un día antes, el 23 de marzo, durante una misa en la Basílica del Sagrado Corazón, en el centro de San Salvador, precisamente cuando la cantidad de asesinados y desaparecidos por el ejército salvadoreño ascendía a millares y parecía incontenible, Monseñor Romero, con su anuncio del Evangelio y su denuncia de las injusticias, con grito profético había clamado desde el púlpito:

– En nombre de Dios, pues, y en nombre de este sufrido pueblo cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: ¡Cese la represión…!

Al día siguiente, mientras Monseñor Romero oficiaba una misa en en la capilla del Hospital Divina Providencia, una bala explosiva procedente de un fusil calibre 22, equipado con mira telescópica y disparada por un tirador experto, le ocasionó la muerte. Yo estuve en el sitio del crimen, minutos después del disparo mortal. Cuando Monseñor Romero, aún con vida, era trasladado a la Policlínica Salvadoreña, falleció. El bloque anti patria y anti pueblo, en su voracidad de poder y explotación represiva, había dado duro golpe al corazón del pueblo salvadoreño…

Pero hoy, coincidentemente con otra Semana Santa, la noticia que el Papa Francisco ha mandado a este sufrido pueblo, es de resurrección… la resurrección en medio de su pueblo de Monseñor Romero, ahora Beato Oscar Arnulfo, como él mismo lo había premonizado… (RAO)

 

 

 

 

 

CUANDO TODO PASE

Posted in Sin categoría on febrero 10, 2017 by Renán Alcides Orellana

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CUANDO TODO PASE

Renán Alcides Orellana

Un día de tantos me quedaré solo

quieto

tranquilo

lúgubre

solemne

sin canto

horizontal y limpio

sin envidias/ sin reclamos

sin rencores/ sin malos deseos

Agradecido de ti mujer

por el tiempo concedido.

 

LA NAVIDAD ES PARA TODOS

Posted in Sin categoría on diciembre 24, 2016 by Renán Alcides Orellana

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(Cuento navideño, años 60)

LA NAVIDAD ES PARA TODOS

Renán Alcides Orellana

Cuando salió de la sucursal de correos y echó a andar hacia el poniente sobre la Avenida Independencia, no reparó en la luna que a sus espaldas emergía voluminosa detrás de los tejados. Mercado Ex cuartel… Teatro Nacional… Plazuela 14 de Julio… Calle Arce…  Al llegar al parque  Hula Hula volvió la vista y la luna se le mostró en toda su dimensión sobre los edificios. La hermosa luna llena se deslizaba entre las nubes color gris azulado. Con sus mejillas gordas y chapudas, la luna le hizo recordar el rostro del abuelo. Sí, igualita, era exactamente igual al rostro bonachón del abuelo Alejandro cuando sonreía.

“Vos sabés que las buenas acciones tienen su recompensa. Pero, las buenas acciones valen sólo cuando al hacerlas dejamos de pensar en nosotros mismos…”

y el abuelo se atusaba los bigotes de patriarca repartidor de consejos sabios y extraños.

Se olvidó por un instante de la luna y observó el parque Hula Hula como vivero humano, rodeado de champas para venta de pólvora y sortijas de fantasía, que daban mayor esplendor al ambiente. Se agolparon los recuerdos. La casita familiar se le vino a la memoria. Sintió un ligero vuelco en el corazón. Sus cariños y sus ancestros de allá del pueblito le agitaban el pecho. Ah! la Villa El Rosario, en la oriental y agreste orilla cuscatleca, era un racimo de casitas en hilera, como valiosas perlas sin brillo, incrustadas en la planicie allá al pie de la montaña.   En Navidad, como tirado en desorden a la orilla del cerro, amarillento de luces artificiales desteñidas de candil y lámparas Coleman, el pueblito era una piñata de palabras dulzonas y afectos… 

Lo comparó con este cuadro del parque. Champas, bullicio impenetrable, algarabía sin rumbo, cohetillos, vocerío, “Felices pascuas”… y la luna como el rostro bonachón del abuelo. Pero, no. No era igual. Faltaba algo, mucho, todo. Para él desde hacía tiempo no existían las Navidades.

 “Son para otros, no para los solitarios del mundo”.

 Sintió en los labios algo salobre que caía de sus ojos. De la imagen del abuelo Alejandro pasó a la del otro abuelo Zenón.

“De sus nombres hicieron uno sólo para mí, este que traigo encima: Alejandro Zenón; pero, todos en el pueblo y después aquí en la ciudad me lo abreviaron y así, AZ me dieron en llamar “para que a la gente no le resultara demasiado largo”.

Hundióse más en los recuerdos. Huérfano de padre a temprana edad, con su madre echaron a andar el proyecto familiar, después de que muy joven al buen hombre de su padre le faltaron las fuerzas. Murió una tarde gris de mayo, cuando AZ contaba veinte años.

“Vos sabés que uno tiene que morir un día. Es ley de la vida. Pero, en la medida en que seas justo y honrado, así se mantendrá tu recuerdo entre las gentes. Claro, no se debe ser bueno sólo para que te recuerden. Hay que serlo porque hay que serlo…”

Luego, su viaje hacia la capital en busca de mejor suerte. Unos cuantos centavos, lo último de la familia que había desaparecido con la muerte de su padre y algunas recomendaciones, fueron su equipaje. De eso hacía algunos años. Su colocación como mozo de servicio en la sucursal de correos, su ascenso a cartero y la estimación de sus jefes por su dedicación al trabajo y a los estudios nocturnos, completaron el fugaz recorrido a lo largo de su vida.

Volvió de su abstracción. El parque Hula Hula iba como creciendo en algarabía. Trató de compartir la alegría reinante. No pudo lograrlo. La gente le resultaba extraña. Observó el reloj público de la joyería del portal. La hora estaba cerca. Debía cumplir la misión que al mediodía le encomendara su jefe.

“Hoy es Navidad y hay descanso para algunos. Vos estarás de turno hasta entrada la noche. Cuando terminés tu reparto ordinario llevás esta carta al Hospital Rosales. Es para Raul Díaz, me parece que lo conoces…”

 Claro que lo conocía. Raul era un niño con parálisis en las piernas que hacía dos meses había soportado una operación, con estoicismo y entereza.  Larga era su convalecencia. Desde entonces por azares del destino eran entrañables amigos. Los fines de semana y días libres en el trabajo, AZ iba a visitarlo al hospital.

“Vos sabés que no se debe renegar por aquello que no se puede tener. La mejor manera de honrarse uno mismo es pensando más en ser noble y bueno. Se trata de ser bondadoso y honrado, de darse siempre. Ahí está el ser. Eso sí, hay que se honrado y también  parecerlo…”

¿Cómo ocurrió su encuentro con Raul? Lo recordó detalladamente. Una tarde del pasado abril llegó al Hospital Rosales a entregar una carta.

  • Para el señor Raul Díaz, dijo al portero.
  • Shhh! Raul Díaz no es un adulto, es un niño huérfano en peligro de muerte y ningún donante de sangre se ha presentado, a pesar de los muchos llamados al público. Su tipo es RH Negativo, pero ni comprada. Pobre niño, a saber quien le escribe. Debe ser otro de tantos que lamentan no poder ayudarle. Dejáme la carta, yo se la daré…
  • Señor, yo podría ofrecerme. Soy RH Negativo, bien que lo sé…
  • ¿Te animás? Harás un bien…

Luego, la operación. Raul Díaz no sólo se salvó de una muerte segura sino que dio esperanzas de caminar algún día. Desde entonces Raul y AZ se reciprocaban especial cariño. Según los médicos y las enfermeras, Raul no era ya un huérfano solitario. Esperaba ansiosamente que terminara su convalecencia.

Ahora, AZ estaba listo para verle de nuevo, esta vez por razones de trabajo. Se intranquilizó. ¿Quién escribiría a Raul si no tenía parientes más que a él? ¿Por qué su jefe le había pedido que fuera él, precisamente, quien entregara la carta? ¿Y por qué debía hacerlo a las ocho de la noche, puntualmente, ni más ni menos?

“Es cierto que hoy es Navidad, pero las felicitaciones pueden entregarse a cualquier hora y cualquier día de diciembre…”

Sin embargo, sintió alegría porque no tendría que esperar hasta mañana para abrazar a Raul y desearle Felices Pascuas. Además, era una orden y había que cumplirla. Arriba, la luna parecía cada vez más alta.

“Vos sabés que la virtud de obedecer tiene su precio. Vos sabés que de alguien o de algo dependen nuestros actos. Los seres humanos somos iguales como seres humanos, pero en el diario vivir hay categorías. Es honroso y grande, pues, obedecer los principios y las órdenes…”

Se encaminó a su destino. El Hospital Rosales tiene siempre uno de los más bellos árboles de Navidad en todo San Salvador. Ahí, frente el portón principal, se encontraba AZ. El reloj estaba a punto de dar las ocho campanadas. Le sorprendió el gesto por demás amable del portero que, sin dar o pedir explicaciones, le invitó a pasar adelante.

“Cosa rara, hoy nadie se ha detenido a preguntarme hacia donde voy. Debe ser por la Navidad”.

Continuó avanzando.

 “Vos sabés que en Navidad todo mundo reparte regalos y afectos. No se puede ignorar la Navidad como fiesta universal de todos y cada uno”.

Entró al edificio. Buscó la sala de Raul. Escuchó voces alegres, como olvidadas de la realidad. Sintió compartir esa alegría porque no le pareció de gente extraña.

 “Está iluminada más de la cuenta. Debe ser por lo mismo: es Navidad y nadie duerme…”

Llegó hasta el umbral y de pronto una exclamación de varias gargantas al mismo tiempo. La cama del niño estaba cubierta de flores y regalos. De pie, frente a ella y muy erguido, Raul Díaz lo esperaba con los brazos abiertos y una ancha sonrisa mojada de lágrimas. A su alrededor, médicos, enfermeras, empleados y ¡vaya sorpresa! también estaban su jefe y sus compañeros de trabajo de la sucursal de correos, repitiendo “Feliz Navidad para un hombre noble y honrado”. Abrazos, lágrimas, palabras sin sentido.

El jalón de una fuerza especial hizo volver hacia el techo el rostro humedecido de AZ. En el enorme techo de tejas de vidrio para espantar la oscuridad, estaba ella. La luna, con sus mejillas gordas y chapudas igual que el rostro del abuelo, sonreía complacida.

“Vos sabés que las buenas acciones tienen su recompensa. La Navidad es para todos…”

(En una Navidad, principios década 1960).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

RICARDO BOGRAND: POESÍA Y EXILIO

Posted in Sin categoría on diciembre 7, 2016 by Renán Alcides Orellana

 Renán Alcides Orellana

Ricardo Bogrand  (pseudónimo de José Antonio Aparicio) nació en San Pedro Arenales, Chinameca, San Miguel, el 21 de noviembre de 1930 y falleció en San Cristóbal de las Casas, Chiapas, México, el 8 de agosto de 2012. Poeta y antropólogo de estirpe auténticamente revolucionaria, padeció largo exilio en México, convertido al final en autoexilio, que lo mantuvo alejado de El Salvador desde su juventud.

Bogrand fue  un luchador revolucionario contra las dictaduras militares, a las que enfrentó como persona, como profesional, como poeta. Por eso fueron, su exilio y, posteriormente, su autoexilio. Hombre de principios, por sus aspiraciones y su lucha por la causa popular, afrontó serios riesgos y se dice que, para evitárselos a su familia, optó por escribir bajo pseudónimo, para que su padre -de su mismo nombre- no corriera peligro también de persecución y cárcel. Tales eran los riesgos que sufrían entonces los intelectuales de izquierda, o ciudadanos identificados como anti gobiernistas…

“¿Conoces al poeta Ricardo Bogrand…?”, me preguntó el periodista Danilo Velado, un día a principios de los años 70.  “No, pero conozco algunos de sus poemas…”, le respondí. Estábamos en el local de la Asociación de Periodistas de El Salvador (APES), entonces ubicada en el edificio La Dalia, frente al Parque Libertad, zona céntrica de San Salvador. Ricardo recién había regresado de su visita y permanencia en Checoslovaquia y Rusia, entre 1960 y 1970. Desde entonces, muchas fueron las reuniones para compartir café e intercambiar opiniones, sobre la literatura nacional y del mundo.

Sus regresos de México eran visitas temporales y era cuando se daban nuestros encuentros, hasta un día aciago de 1972. El 24 de marzo de ese año, hubo un intentona de golpe de Estado, contra el presidente de la República, Fidel Sánchez Hernández, que fracasó. Ricardo era muy amigo de algunos golpistas, como el coronel Benjamín Mejía y el Gordo Reyes, quienes partieron al exilio. Recuerdo que, como antecedente, un domingo después de tomar una humeante taza de café, Ricardo me pidió que le acompañara a una sesión de “recuperación social”, en los altos de un edificio en el centro de San Salvador. Quería él saludar a buenos amigos suyos.  “Vamos”, le dije. Y, con temas muy alejados a la política, confirmé su gran amistad con Reyes, uno de los que, tiempo después, intentó dar el golpe de Estado a Sánchez Hernández. Apresados unos, otros se fueron al exilio. Ricardo no. A mí, también me pareció que la acusación de golpista que le atribuían, era injusta.

Pero, el poeta Ricardo Bogrand fue apresado y estuvo 28 días incomunicado, en la Policía Nacional. Apenas se sabía de su detención.  El 28 de abril, me gradué yo en la Universidad de El Salvador (UES). Para mi  agradable sorpresa, Ricardo estaba libre. Le vi llegar y nos encontramos a la hora en que yo abandonaba la UES, y me acompañó a mi casa. Ahí supe su decisión de abandonar el país lo antes posible. Y volvió  a México. A partir de entonces, de nuevo sus visitas, muy discretas, al país. Algunos de sus amigos las compartíamos, brevemente.

En México, siguió los estudios universitarios hasta obtener el Doctorado en Antropología, en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Fue catedrático de la Universidad Autónoma Metropolitana y, cuando decidió su autoexilio, se naturalizó ciudadano mexicano, en el 2004. Por razones personales y de trabajo, dejó la capital y durante los cinco años anteriores a su fallecimiento, fue catedrático e investigador a tiempo completo en la Universidad Intercultural de Chiapas, a solicitud de su amigo, el rector Andrés Fábregas Puig. Ahí, fundó la Cátedra Martiana, que tuvo fuerte resonancia a nivel universitario y el resto del país.

Ricardo Bogrand perteneció a la generación de poetas y escritores salvadoreños, de la década de 1950. Decía que si bien la mayoría era gente de izquierda, algunos no podían considerarse como tales, por compromisos políticos; pero, en lo personal, él se autocalificaba de “izquierda hasta la muerte”. Sus poemas han aparecido en antologías latinoamericanas y en lengua rusa. Entre sus principales obras destacan: “Perfil de la raíz” (México, 1956 y San Salvador, 2001); “La espuma nace sola” (San Salvador, 1969); “Alianza de mis manos” (San Salvador, 1970); “Figuras en la arena” (México, 1988); “Vía muerta” (Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, México, 1993); “La sangre desterrada”, Toluca, Estado de México, México, 2002);”Memorias de la noche” (México, 2009), obra que, según sus editores, “reúne  poemas escritos durante los primeros años de la guerra civil librada en El Salvador, entre 1980 y 1992); y “Cuaderno del 94”  (México, julio 2010), escrito entre ciudades de El Salvador y México. Este último fue escrito, según sus editores, “porque es el año del regreso a El Salvador, el país de origen, después de un prolongado exilio. Hacía dos años había terminad la guerra y empezaba el reencuentro con la nueva realidad. Muchas cosas habían cambiado y era necesario comenzar de nuevo…”

Sin embargo, después de algunos años de estadía en el país, volvió a México. Iniciamos una frecuente comunicación, ambos augurándonos buena salud y, sobre todo, para compartir temas literarios y sobre nuestra producción de libros, además de la realidad socio política nacional y mundial. Un día de junio/2011, recibí la sorpresa del  envío de sus dos últimos libros: “Memorias de la noche” y “Cuaderno del 94”, con sendas dedicatorias. Fechados en San Cristóbal de las Casas, Chiapas, México, con similar saludo especial, uno de ellos dice textualmente “Para el poeta, escritor y periodista Renán Alcides Orellana, con un saludo afectuoso desde México, Ricardo Bogrand”. Y hasta ahí, porque la “Dama gris” del poeta Raúl Contreras, puso punto final a una honesta y productiva existencia, allá en tierra lejana.

Cierro con un recuerdo y con el siguiente poema breve, con el que inicia su último libro “Cuaderno del 94”:

REGRESO

Y regreso a la patria

porque sus mujeres

a pesar de una guerra

y sus temores

siguen siendo

perennemente dulces

(RAO).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ricardo Bogrand, 1930-2012