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SALA DE LECTURA LUCAS RAUL CHICA: SUEÑO ROSARINO HECHO REALIDAD

Posted in Historia, Literatura, Personal, Villa El Rosario on junio 3, 2015 by Renán Alcides Orellana

Sin duda alguna, un verdadero acierto ha sido la fundación de una Sala de Lectura en Villa El Rosario, Morazán. Y no menor acierto ha sido también, nominarla Lucas Raúl Chica, para honrar la memoria de un excelente maestro, nacido de las entrañas mismas de ese pueblo.

Un sueño acariciado fue siempre la creación de una biblioteca en el pueblito y, casi de manera paralela, una aspiración personal de hacer justicia cultural a uno de los tantos mentores que ha producido Villa El Rosario; uno de aquellos recordados maestros que tanto bien hicieron, como forjadores de la niñez y la juventud rosarinas. Fueron -son- tantos que, por eso y para no caer en omisiones involuntarias, queda pendiente esa nómina, ojalá que para cercano futuro…

Pues bien, aquel sueño personal comenzó a hacerse realidad un día. Y aquí, me desmarco de mi fraterna relación sanguínea con Ruddy E. Orellana, para poder expresarle así, ajeno a falsos elogios y adulaciones familiares, mi reconocimiento por crear e impulsar desde sus inicios el proyecto. Con reconocimiento también a quienes hoy, con voluntad y entusiasmo, se han sumado y contribuyen a llevarlo adelante, tanto como miembros del Comité Coordinador, como colaboradores impulsados por su verdadera identidad rosarina.

Recuerdo las decididas palabras de Ruddy, aceptando un reto de sí mismo: si no hay quien o quienes deseen hacerlo, lo haré solo. Y lo hizo, inició el proyecto. Desde luego, de inmediato contó conmigo. ¿Y cómo no iba yo a unirme a su idea, entusiasmado? Y más cuando, sin  vacilaciones ni dudas, optó por el nombre Lucas Raúl Chica, mi maestro del Cuarto Grado en aquella entonces recién nominada Escuela Pbro. José Serapio Ponce de León, y a quien tal vez Ruddy no conoció más que por referencias mías y de otras personas. Doy fe de su entrega al proyecto, sin escatimar esfuerzos. Pero luego, la satisfactoria sorpresa: feliz acogida del proyecto y a los esfuerzos de su impulsor, por parte de algunos rosarinos entusiastas, unidos por la idea de promover el  hábito formador de la lectura.

Ahora, el proyecto es de todos los rosarinos, sin discriminación alguna. Esfuerzo colectivo y solidario. Captación de libros, carencia de infraestructura y mobiliario, logística difícil, escasos recursos, falta de personal, gestiones varias, indiferencia a veces… pero también, una férrea voluntad tratando de alcanzar la meta. Y la meta apreciable, muy próxima, ya se divisa…

Y allá está la Sala de Lectura Lucas Raúl Chica, como faro de luz incipiente en Villa El Rosario. Una fuente del saber que, sin duda, irá creciendo para fortalecer el conocimiento, la enseñanza-aprendizaje, el hábito de leer y escribir y, sobre todo, la satisfacción  que toda gente de bien encuentra en cada libro. ¡Adelante! Sala de Lectura rosarina. Ni un paso atrás, ni siquiera para tomar impulso ¡Así sea!  (RAO).

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¡Beatificación/Canonización!

Posted in Como decíamos ayer..., Historia, Personajes importantes on mayo 25, 2015 by Renán Alcides Orellana

En el marco de un desbordamiento humano, se dio el estallido espiritual: ¡la beatificación/canonización de Monseñor Romero! Fue el pasado 23 de mayo. Una indescriptible multitud (sin distingos de raza, credo, idioma…) venida de todos los rumbos del planeta, se hizo una con la gozosa población salvadoreña, para celebrar, unificadas, el singular acontecimiento. Y -coincidencia feliz- el acto se realizó en la Plaza del Divino Salvador del Mundo, patrono de El Salvador.

Independientemente de los pormenores de la -extraordinaria-celebración en sí, lo que importa es profundizar en el legado de singular dimensión, expresado en el acto: Vida (Ejemplar), Pasión (Sacerdocio), Muerte (Asesinato) y Beatificación (Santificación) del Obispo Mártir, una trayectoria humana/sacerdotal inspirada en su vocación de enunciar el Evangelio, denunciar las injusticias y de hacer vida su opción preferencial por los pobres. Desde luego, estas características, propias de un verdadero misionero, no podían ser aplaudidas por el sistema oligárquico-represivo y excluyente, que durante décadas ha padecido El Salvador.

Por el contrario, incomodó tanto al sistema la demanda de justicia y de respeto a los derechos humanos de Monseñor Romero, que se ordenó su muerte. Y un día, el 24 de marzo de 1980, manos asesinas al servicio del poder político-económico, perpetraron el horrendo crimen del Arzobispo Romero. Testimonios verbales, documentos, la auto aceptación y acusaciones directas de algunos implicados y, especialmente, los señalamientos de la Comisión de la Verdad, mencionan como autor intelectual al mayor del ejército Roberto d’Aubuisson y como coordinador de los autores materiales al capitán Álvaro Saravia. Hubo, además, encubridores y cómplices. Era urgente acabar con el “intruso” a sus acciones antipopulares y de explotación, y lo mataron. Y ese día, instigadores/patrocinadores, los autores intelectuales y materiales, los encubridores y los seguidores por conveniencia, celebraron con champan la gran hazaña “haga patria, mate un cura”… terminaban -según ellos- las peroratas del cura comunista, a quien su pueblo llamaba -acertadamente- “la voz de los sin voz”…

Pero no. Si bien entonces parecía nuevo triunfo de la palabra del poder sobre el poder de la palabra, como se había estilado durante los regímenes militares, en el caso de Monseñor Romero el tiempo ha dicho no. Lejos de la torpeza que le endilgaba el calificativo de comunista, la palabra de Monseñor Romero es hoy -a la luz del Evangelio- más profética que nunca: impulsa hacia la liberación de las clases más desposeídas y a promover la justicia, mediante el respeto a la dignidad e inteligencia de los salvadoreños…

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Sin embargo, 35 años después del horrendo asesinato, y cada vez más cerca el día de su Santificación, la figura de Monseñor Romero sigue siendo víctima de rechazo y hasta de denuestos -aunque en grado mínimo- de quienes, mediante el poder ideológico-económico, quieren seguir ejercitando el estado de cosas contra el pueblo, que Monseñor Romero tanto denunciaba y que fue la razón que lo llevó a la muerte. Y con ellos, están también sus seguidores, por conveniencia económica o compromiso político partidario, aun cuando sean personas de baja condición social y, para más, autonombrados católicos…

Aparte de la feligresía católica, y también de la población nacional y mundial no católica pero amante de la paz y la justicia, que asistió gozosa al acto de beatificación, las oposiciones descalificando la vida y obra de Monseñor Romero, futuro Santo salvadoreño, sin duda seguirán. Y es su total derecho a disentir. Sólo que a la verdadera feligresía católica y al resto de ciudadanos, les será difícil entender la coherencia cristiano-católica de aquellos, si al visitar el tempo dan la espalda, con no disimulada ira, al nuevo Santo de América… (RAO)

Serafín Quiteño y su corasón con “S”.

Posted in Historia, Literatura, Los que se fueron... on abril 26, 2015 by Renán Alcides Orellana

A principios de la década de los años cincuenta, tuve la primera noticia en serio sobre Serafín Quiteño, cuando hasta mi natal Villa El Rosario, al norte de Morazán, me llegara su libro “Corasón con S”. Digo en serio, o de fondo, porque antes por mis maestros de lenguaje, apenas había tenido referencias del poeta. Y ahora, que un libro así llegara hasta mis manos, lo consideraba un privilegio.

Con los años, a fines de aquella década (1959), emigré a la capital en busca de oportunidades para estudiar y hacer periodismo y, por qué no, para buscar y establecer contacto con los escritores de la época, los anteriores y los jóvenes en boga entonces. Ya en la capital, aquel privilegio sería mayor al estrechar la mano de Serafín Quiteño, para el inicio de una, aunque breve, especial amistad.

El encuentro fue en la redacción de El Diario de Hoy, ubicado entonces frente al desaparecido Cine París, Barrio El Calvario de San Salvador, allá por 1964. Meses antes, yo recién me había iniciado en el periodismo activo, como redactor del vespertino Tribuna Libre, que dirigía el también periodista, escritor y poeta Pedro Geoffroy Rivas, mi maestro en el periodismo práctico. Ahora estaba en El Diario de Hoy, mismo periódico en el que laboraba, como especial columnista, el poeta Quiteño.

Aunque sonriente a la hora en que fuimos presentados por el también periodista y poeta Rolando Elías, Serafín Quiteño me pareció un hombre serio, tanto que, a pesar de la cordialidad del momento, con su mirada sagaz pareció fulminar mi timidez provinciana. Fue sólo mi percepción, pues en adelante siempre estuvo atento y muy afable con sus sugerencias y su amistad. Y aunque estaba claro que la diferencia generacional no sería un obstáculo, en adelante para mí sería don Serafín, muestra de mi aprecio y respeto a su innegable condición de periodista y literato.

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Serafín Quiteño (Fuente)

 

Serafín Quiteño nació en Santa Ana, en 1906; y murió en San Salvador, en 1987. Poeta, escritor y periodista de reciedumbre intelectual, su obra literaria recopilada en libros fue poca, pero dejó abundante obra dispersa, sumada a su trayectoria en el periodismo, género que cultivó durante varias décadas. “De aguda intención irónica -según sus biógrafos- unas veces su lirismo es cosa íntima, muy personal, si bien vuelca a veces los contenidos de sus motivaciones líricas hacia el paisaje salvadoreño…”.

En 1941, Serafín Quiteño había publicado Corasón con S y, posteriormente, publicó Tórrido sueño (1957), libro en coautoría con el poeta nicaragüense Alberto Ordóñez Argüello. Un libro que expresa amor al suelo cuscatleco, a su belleza y a sus tradiciones. Es “su Cuscatlán en colores”. En el campo periodístico, era el autor de “Ventana de colores”, columna que calzaba con el seudónimo de Pedro C. Maravilla. Y aquí es donde, sin lugar a dudas, Quiteño fue verdadero maestro. Periodista por vocación, esta disciplina le apasionaba. ¿Cómo ignorar su aporte como editorialista? Y, ¿cómo el de columnista de singular maestría en el difícil campo del periodismo cuestionador y humano? La columna “Ventana de colores” es el mejor testimonio de erudición profunda y magistral dominio del idioma, para enfocar el ser y acontecer social y cultural de su época, además de su admirable fecundidad y constancia, reflejadas en el mantenimiento de esa columna por más de 15 años ininterrumpidos. Un récord envidiable de continuidad, difícilmente igualado.

Pero, aparte de todo lo anterior, quizá la mejor y más ejemplarizante actitud de Serafín como intelectual lo constituyó, pese a su gran modestia, el sentido de seriedad y respeto por el idioma, seguro, desde su delicada interioridad, de que la pureza de la expresión contribuye al buen comunicar y distingue al buen comunicador. Serafín Quiteño fue eso: un gran comunicador. Un poeta de regia estirpe. El siguiente es fragmento de su poema:

MENSAJE DEL CORASÓN CON “S”
… Por todo eso, alma mía, ¡por todo eso!..
por tu bella costumbre de estar triste,
por tu amor silencioso y por el beso
que me pudiste dar y no me diste…
… desde un ángulo amargo del olvido
en que un negro pavor la sombra acrece,
te envío esta canción como un latido
de mi sencillo corazón con S.

Sea este recordatorio al escritor poeta Serafín Quiteño (Serafín con “S” mayúscula), un intento agradecido de aquel “muchacho del oriente cuscatleco venido al diario”, como se le dio en llamarme una vez, de perpetuar el nombre de este intelectual salvadoreño, ahora, a lo mejor, transitando hacia el olvido, pese a su reciedumbre literaria. Un intelectual que, por derecho propio, con su muerte se sumó al grupo de reconocidos poetas que se han ido, en diferentes fechas de la segunda mitad del siglo pasado e inicios del presente, adelantados en el viaje sin retorno:

Francisco Gavidia, Carlos Bustamante, Alfredo Espino, Claudia Lars, Salarrué, Vicente Rosales y Rosales, Pedro Geoffroy Rivas, Quino Caso, Raúl Contreras, Oswaldo Escobar Velado, José María Méndez, Napoleón Rodríguez Ruiz, Luis Mejía Vides, Ricardo Trigueros de León, Roque Dalton, Ítalo López Vallecillos, Armando López Muñoz, Álvaro Menén Desleal, Roberto Armijo, Ricardo Bogrand, Matilde Elena López, Rafael Góchez Sosa, Ricardo Martell Caminos, Antonio Gamero, Waldo Chávez Velasco, Cristóbal H. Ibarra, Eugenio Martínez Orantes, Eduardo Menjívar, Mercedes Durand, Rolando Elías, Hildebrando Juárez, Jorge Campos, Jorge Cornejo, Ulises Masís, Melitón Barba, Luis Galindo, Uriel Valencia, Heriberto Montano, Jaime Suárez, Ovidio Villafuerte, Alfonso Hernández, Reyes Gilberto Arévalo, Mauricio Vallejo, José María Cuéllar, Lil Milagro Ramírez,… y tantos y tantos otros, de omisión involuntaria… (RAO).

Galeano, Grass y los nuestros…

Posted in América Latina y el mundo, Como decíamos ayer..., Historia, Literatura on abril 20, 2015 by Renán Alcides Orellana

La muerte de dos grandes de la Literatura y el Periodismo: Eduardo Galeano y Günter Grass, el pasado 13 de abril, ha conmovido no sólo a los sectores intelectuales del mundo, también a la sociedad en general.

Eduardo Galeano (3 de septiembre/1940-13 de abril/2015), escritor y periodista uruguayo, considerado “uno de los más destacados autores de Latinoamérica”, recibió doctorado Honoris Causa de la Universidad de El Salvador, durante su visita al país, en 2005; Günter Grass (16 de octubre/1927-13 de abril/2015), escritor y ensayista alemán, considerado “la conciencia crítica alemana”, Premio Nóbel 1999. Ambos fallecieron el mismo día, 13 de abril, cada quien en su país, al que tanto prestigio dieron. Hoy son dos de los grandes intelectuales idos, defensores de los derechos humanos.

galeano

Eduardo Galeano

Gunter-Grass

Günter Grass

Como dijera Rubén Darío a la muerte de Víctor Hugo “… el mundo pesa menos”, hoy todo ese mundo lamenta la partida de Galeano y Grass; y el pueblo salvadoreño en su mayoría, no ha sido la excepción, no ha sido indiferente. Y no podría serlo, porque en medio de esta convulsión social, política y cultural que agobia al país, las voces redivivas de los grandes luchadores salvadoreños, muertos por su demanda de justicia, son lenitivo que contribuye a la búsqueda de la paz, la tranquilidad y la armonía social.

Solo que -abismal diferencia- las -muchísimas- muertes nuestras fueron producto de la violencia irracional, ordenada por la oligarquía. Para ejemplo, dos figuras salvadoreñas de connotación universal: Monseñor Oscar Arnulfo Romero y Roque Dalton son, entre otros muchos asesinados por su amor al pueblo (Anastacio Aquino, Farabundo Martí, Enrique Álvarez Córdova, Rutilio Grande, Juan Chacón…), dos salvadoreños prominentes, cuyo recuerdo, en mayo próximo, estará muy cerca de los salvadoreños: Monseñor Romero, por su beatificación/canonización, el día 23; y Roque, por el recordatorio anual de su nacimiento-muerte, en el citado mes. Los dos son de esa estirpe de salvadoreños fuera de serie que, a nivel nacional, lucharon por la justicia, aún a costa de su propia vida.

Aquí y ahora, su voz se vuelve, más que necesaria, urgente. Los caminos torcidos que duelen como país, aunque son triste herencia de muchas décadas atrás, deben ser reorientados en los aspectos social, económico, político y cultural, si de veras se quiere ser consecuente con los anhelos de paz y justicia, con los que soñó aquella generación de patriotas salvadoreños. Para eso, desde luego, se precisa retomar sus aspiraciones patrióticas, su conciencia popular y su entrega incondicional, para superar la citada crisis integral que, hoy por hoy, abate a la sociedad salvadoreña, honesta y laboriosa. Galeano y Grass allá, y Monseñor Romero y Roque aquí, son referentes de entrega y servicio, como guías para el humano comunicar.

Si bien esta responsabilidad es tarea de todos, también es cierto que, en gran medida, esa responsabilidad recae con mayor énfasis en las esferas oficiales, mediante la creación y ejecución efectiva de leyes apropiadas y, sobre todo, en el sano y eficiente manejo de la cosa pública, con total transparencia y ajenas a la corrupción. Aspiración atrevida por difícil, aunque no imposible si al interés personal y de grupo se antepone el interés colectivo, el bien común.

La llegada de nueva legislatura y concejos municipales (el 1 de mayo) podría ser la esperanza, si no fuera porque persiste la duda: con apreciables por escasas excepciones, el accionar de algunos políticos conocidos, deja mucho que desear. Y dejará más, si en adelante el pueblo salvadoreño, como un todo granítico, se los permite… (RAO).

Álvaro Menén Desleal y su motivación a emigrar.

Posted in Historia, Literatura, Los que se fueron..., Personajes importantes on abril 20, 2015 by Renán Alcides Orellana

El año, quizá 1972. Varios miembros de la Asociación de Escritores Salvadoreños (AES), estábamos reunidos para celebrar y dar la bienvenida a Álvaro Menén Desleal a su regreso al país, después de una de sus prolongadas ausencias.

La reunión era en casa del poeta Rafael Mendoza, en el Barrio La Vega si mal no recuerdo, mirando hacia el sur de San Salvador. Ahí estábamos Rafael Góchez Sosa, Tirso Canales, Ricardo Castrorrivas, Alejandro Masís, Francisco Rivera, Julio Iraheta Santos, Salvador Juárez, Carlos Balaguer, Salomón Rivera y, desde luego, Rafael Mendoza, Álvaro y yo.

Todo era envidiable camaradería y, en medio de un prudente bullicio poético-musical, Menen Desleal era la figura central, no sólo por ser el invitado/homenajeado, sino porque nos compartía la experiencia enriquecedora de sus viajes, su desenvolvimiento y participación en otras culturas y su alternancia con escritores de otras latitudes. Pero, sobre todo, Álvaro hacía énfasis en su reiterativo llamado a “intentar salir temporalmente del país, cada uno de nosotros”, como única vía para la superación intelectual:
– Es de imperiosa necesidad salir a otros países a enriquecer y hacer crecer nuestra experiencia, y retornar con ella al país…- lo ratificaba Álvaro, con mucho énfasis.

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A partir de ahí, la motivación a emigrar sería la reiterada constante, con la que Álvaro trataba de estimular nuestro trabajo futuro. Así lo ratificaría en una entrevista “para analizar la realidad literaria de El Salvador y su proceso a partir de 1930”, aparecida en la Revista Caracol, del Departamento de Divulgación Cultural de la Universidad de El Salvador, en agosto de 1974. Con seriedad y franqueza, Álvaro contaba parte de su experiencia:

… Luego hay cierta coyuntura que nos salva. La emigración. Voluntaria o involuntariamente, nos vamos de El Salvador, por el exilio o porque de alguna forma nos sentimos presos en nuestro país, de tal forma que debemos irnos, a los quince años, a los dieciséis. Eso contribuye a la salvación de la generación aparecida en 1950, gracias a la vinculación que tiene con el movimiento del exterior, su interés por la temática y por la técnica cultivada en el exterior. Por eso trato de llamarle generación internacional.

Así, me voy a México, se van también Mauricio de la Selva, Mercedes Durand, Ricardo Bogrand, Armando López Muñoz. Nos vamos a México, trabajamos allá. Vemos una serie de cosas que es imposible ver en un medio como el salvadoreño. López Vallecillos y Chávez Velasco se van a Europa. Dalton a Chile y Europa. Esto nos ha librado a todos del medio, y es en este grupo que emigra donde están los mejores valores, porque, haciendo una selección, la nómina inicial se puede reducir a la mitad de ese grupo de 1950. Si nos ponemos un poco más estrictos, menos de la tercera parte, con Waldo Chávez, López Vallecillos, Mauricio de la Selva, Roque Dalton, Roberto Armijo y yo, somos los mejores. Más estrictamente, quizá sólo yo y Dalton tengamos valor. Ya lo veremos…

Acertadas o no, las afirmaciones y los señalamientos puntuales de Álvaro fueron su opinión personal, que muchos respetaron. Pero, independientemente de sus cuestionamientos, lo que conviene rescatar, para reflexión urgente, es su interés por motivar la necesaria emigración de los poetas, para salvar la poesía. Motivación extensiva, desde luego, a los representantes de todas las ramas del arte. Y las épocas de preguerra, guerra y pos guerra confirman que la excitativa de Álvaro, en cuanto a la necesidad de salir, voluntaria o involuntariamente, del país, tenía sentido entonces, como lo tiene ahora…

Cuando en 1962 Álvaro obtuvo el segundo lugar “Premio República de El Salvador”, en el VIII Certamen Nacional de Cultura, por la obra Cuentos breves y maravillosos, algunos señalamientos posteriores respecto a que había cometido plagio, no hicieron más que levantar su ánimo y una especie de autosuficiencia literaria, dado el golpe publicitario que pareció elevar antes que disminuir su personalidad. Sobre esto del plagio, el escritor Luis Gallegos Valdés hizo alguna referencia en su oportunidad, y describió, en parte, la obra premiada de Álvaro y sus incidencias posteriores en el ámbito cultural. Gallegos Valdés iba directo al grano: “El autor fue ducho en jugar un poco al enfant terrible, provocando alrededor de su obra, desconfianzas y dudas. Un crítico literario acusó de plagio a Álvaro, por haber tomado, casi literalmente, un cuento de un autor chino: Lieh-tse. Otros críticos hablaron de recreación…”

Tiempo después de aquel suceso, Álvaro y yo coincidimos un día en un centro comercial de vehículos, sobre la calle Rubén Darío, cerca del parque Bolívar. Álvaro estaba allí seguramente como cliente; yo, como visitante ocasional de un amigo. Conociendo Álvaro que mi labor periodística me imponía, por lo menos, una alusión mínima al tema de la acusación de plagio en contra suya, antes de que mediara el saludo me anticipó sonriendo.

— De literatura hoy no hablemos.
— Dime sólo tres palabras.
— Bien, sólo tres… ¿sobre qué?
— Sobre tus Cuentos breves y maravillosos.
— Recreación, recreación, recreación…

Así era Álvaro. Hombre de mucho talento. Vivió convencido de que aquí no podrá existir jamás el espacio azul que necesitan el arte y la cultura, mientras se nos obligue a la mayoría de salvadoreños a seguir soportando a funcionarios insensibles, cuyo mayor mérito es hacer gala de deshonestidad e incultura…
Aquella noche en casa de Rafael, los presentes sentimos el llamado a la reflexión y a la urgencia, planteada por Álvaro; la necesidad de emigrar por un tiempo para salvarnos, para salvar a la poesía, mediante el contacto y la vivencia con otras culturas.

— Sólo emigrar nos salva…- había reiterado.

Hoy, Álvaro es otro de los grandes que se ha ido. Otro de los grandes maestros y compañeros de afanes. Son y serán los grandes ausentes privilegiados para recordarles, por su vocación intelectual y su coherencia humana, que contrastan de manera diametralmente opuesta con el oscurantismo, la incapacidad y la deshonestidad de una parte de la clase política actual. Se fue en los días postreros del siglo XX; o, dicho de otro modo, como él lo hubiera expresado mejor, con humor e ironía, partir antes para no tener nada que ver con este siglo XXI.

MINI BIOBIBLIOGRAFIA
Conocí a Álvaro Menén Desleal antes de que se volviera “desleal”. Era entonces Álvaro Menéndez Leal. Lo conocí, pero distante, ejerciendo el periodismo junto a Roque Dalton y Otto René Castillo, en un teleperiódico que él mismo dirigía. Yo para entonces, apenas con los deseos de iniciar y entrarle de lleno al periodismo y escribir literatura. Leía lo suyo. Primero, alguna vez polemizando. Después, en su columna periodística “Los cinco sentidos”. Y más tarde, cuando sin reservas pregonó sobre si mismo: “un genio anda suelto”. Y en reuniones y entrevistas. Recuerdo su capacidad sorprendente para definir de inmediato cualquier situación coloquial. Su franqueza. Álvaro era así, franco, sincero hasta la ofensa y, por lo mismo, receptor de más de alguna antipatía y epítetos poco nobles, que a él -lo dijo más de una vez- le tenían sin cuidado.

Álvaro Menéndez Leal (Menén Desleal) nació en Santa Ana, el 13 de marzo de 1931 y murió en San Salvador el 7 de abril de 2000. Parte de su abundante obra son: “Luz Negra” (Teatro, San Salvador 1967); “Una cuerda de nylon y oro” (Cuento, San Salvador 1969); y “La Ilustre Familia Androide” (Cuento, Buenos Aires 1972), entre muchos otros. (RAO)

Roque Dalton: crimen sin castigo.

Posted in Historia, Literatura, Los que se fueron..., Periodismo, Personajes importantes, Personal on abril 12, 2015 by Renán Alcides Orellana

Con este título publiqué, en mi libro “Allá al pie de la montaña” (San Salvador, 2002), un capítulo sobre la vida, obra y muerte de Roque Dalton. Título que sigue vigente. Y su realidad únicamente desaparecerá cuando el crimen, más allá de esclarecido, logre salir de la impunidad. Según informaciones de la época, Roque Dalton murió asesinado en San Salvador, el 10 de mayo de 1975, a los 40 años de edad. Había nacido en la misma ciudad, el 14 de mayo de 1935.

Un día después de la muerte del poeta, el 11 de mayo, la noticia nos golpeó fuertemente a varios compañeros de oficio, reunidos para analizar y profundizar sobre la realidad socio política imperante y las posibles consecuencias de intranquilidad social, producto de la represión, persecución, cárcel y destierro que desataba el gobierno de turno, contra profesionales, estudiantes, obreros y campesinos de pensamiento opositor. Roque Dalton era uno de los más perseguidos. Y, precisamente por eso, dentro de la temática abordábamos el pensamiento y la obra de Dalton, de quien, quizás todos, ignorábamos que, desde mucho antes y para entonces, ya estaba residiendo clandestinamente en el país. Lejos estábamos de imaginar que un día antes, el 10 de mayo, fuerzas oscuras habían truncado la vida del poeta, amigo y compañero de afanes literarios.

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Ese día, la noticia nos llegó escueta, sorprendente e increíble, pero ambigua, sin mayores detalles. En medio de aquella incertidumbre, para suavizar el impacto, y para generar conformidad, se me ocurrió expresar al grupo que era preciso esperar confirmación, pues mientras no hubiera alguien que afirmara haber visto el cadáver, y el lugar donde quedó Roque, no debíamos darlo por muerto… ¡y hasta ahora!…
Pero la noticia se reconfirmaba con los días: Roque Dalton había sido asesinado acusado de traición y otras falsedades, “ajusticiamiento” ejecutado por sus mismos compañeros de organización, los para entonces dirigentes del grupo guerrillero Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP). Si bien estos señalamientos sobre los ejecutores han sido secreto a voces, lo cierto es que el crimen sigue rodeado del misterio que causan la indiferencia, los enredos jurídico-políticos o la falta de evidencias claras. Es igual.

Recordaba mi última charla con Roque. Fue por 1964, en las gradas del entonces edificio en construcción de la Biblioteca de la Universidad de El Salvador. Yo buscaba información para mi columna cultural “Voz universitaria”, que mantenía en el periódico Tribuna Libre. Roque, a pesar de que para entonces era presa de un andar muy sigiloso, no perdía la visión y el compromiso de impulsar la labor literaria, como una contribución al desarrollo cultural del país. Me dijo:

Es necesario intentar un trabajo más amplio y sostenido sobre la poesía. No están de más los recitales que se vienen realizando, pero se precisa de algo más. Andá donde Tirso (Canales), ahí en las barracas de Humanidades. Platicá con él; tiene algunas ideas sobre la necesidad de que los escritores nos vayamos agrupando, para impulsar nuestro quehacer. Platiquen y me contás….

No pude contárselo. La misión que le imponían su vocación y convicción poético-revolucionarias, habría de llevarlo más lejos de lo que todos imaginábamos. Hasta el desenlace fatal que nos fue comunicado aquel día de mayo, en 1975…

Roque Dalton García -como ha quedado dicho- nació en San Salvador, en 1935 y murió en mayo de 1975. En Panorama de la Literatura Salvadoreña, el escritor Luis Gallegos Valdés, en una amplia nota, apunta que Roque: “hizo sus estudios de bachillerato en el Externado San José, con los padres de la Compañía de Jesús. Va a Santiago de Chile a realizar estudios de Derecho. Vuelve bastante politizado y se incorpora al grupo literario conocido como Generación Comprometida, escribiendo artículos, cuentos y poemas…”.

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En orden cronológico, la siguiente es parte de la producción literaria de Dalton, desde la publicación de Dos puños por la tierra, en coautoría con Otto René Castillo, poeta guatemalteco exiliado en El Salvador, para continuar su obra individual con Geografía de mi voz, Poemas personales, Vengo desde la URSS amaneciendo, Mía junto a los pájaros, San Salvador, 1958; La ventana en el rostro, México, 1961; El mar, La Habana, 1962; El turno del ofendido, La Habana, 1963; Los testimonios, La Habana, 1964; Poemas, Antología, San Salvador, 1968; Taberna y otros lugares, La Habana, 1969; Las historias prohibidas de Pulgarcito, México, 1973… hasta la publicación de Pobrecito poeta que era yo, San José, Costa Rica, 1976; es decir, un año después de la muerte del poeta; aparte de una abundante obra dispersa que, con giros universales, se ha esparcido por el mundo.

En ese contexto podría enmarcarse la vida literaria de Roque Dalton, con característica especial, no sólo por su vasta producción, a pesar a su corta edad, sino por los avances cualitativos y cuantitativos de una concepción altamente poética, cada vez más identificada con su responsabilidad frente al mundo. Un proceso admirable y creciente, truncado es cierto, pero con suficiente trayectoria literaria para ubicarse entre los grandes del continente. Parte de esa trayectoria la define el propio Dalton en una entrevista (“Una hora con Roque Dalton”, 1974) con Mario Benedetti, poeta y escritor uruguayo fallecido recientemente.

… Al igual que un gran número de poetas latinoamericanos de mi edad, partí del mundo nerudiano, o sea de un tipo de poesía que se dedicaba a cantar, a hacer loa, a construir el himno, con respecto a las cosas, el hombre, las sociedades. Era la poesía-canto. Si en alguna medida logré salvarme de esa actitud, fue debido a la insistencia en lo nacional. El problema nacional en El Salvador es tan complejo que me obligó a plantearme los términos de su expresión poética con cierto grado de complejidad, a partir por ejemplo de su mitología. Y luego, cierta visión del problema político, para lo cual no era suficiente la expresión admirativa o condenatoria, sino que precisaba de un análisis más profundo. Esto me obligó a ir cargando mi poesía de anécdotas, de personajes cada vez más individualizados. De ahí provienen ciertos aspectos narrativos de mi poesía, aunque llegado a determinada altura, tampoco resultaron suficientes y debieron ser sustituidos por una suerte de racionalización de los acontecimientos. Viene entonces mi poesía más ideológica, más cargada de ideas…

De aquella concepción poética que Roque Dalton expresara a Benedetti, arrancan sin duda los testimonios de toda una producción literaria, conocida dentro y fuera del país, aunque quizá más lo segundo que lo primero, dado el carácter de universalidad que se advierte en toda su obra, aun cuando nunca perdió, al contrario sostuvo y defendió, las raíces que lo identificaran con su patria. Por todo lo anterior, la figura de Roque Dalton, antes proscrita y vilipendiada “por su tendencia socialista”, ahora a la inversa ya ha sido recogida por la historia literaria de El Salvador; y ha llegado para quedarse y continuar en ella, por esa condición indiscutible de poeta auténtico y universal.

EPÍLOGO FELIZ
¡Como giran el tiempo y la vida! Mayo próximo será mes de renombre este año. Dos personalidades salvadoreñas, sin duda las más universales, y las más proscritas y perseguidas antes por el oscurantismo, hoy serán reivindicadas y enaltecidas, muy a pesar de sus verdugos: Monseñor Romero, que será beatificado el 23, previo a su canonización, en su ruta incontenible a los altares como San Romero de América; y Roque Dalton, en el mes de su nacimiento-muerte, como poeta perseguido y vilipendiado por las fuerza oligárquicas y, paradójicamente, asesinado por sus mismos compañeros. Ahora su nombre se esculpe y se eternizará en los anales literarios de América Latina. (RAO).

Monseñor Romero: voz y metáforas santificadas.

Posted in Historia, Los que se fueron..., Personajes importantes on marzo 23, 2015 by Renán Alcides Orellana

La noticia no llegó ni antes ni después, llegó justo a tiempo. El obispo Vicenzo Paglia, enviado papal, y postulante de la causa de beatificación de Monseñor Romero, la trajo emocionado, el pasado 11 de marzo. Por su medio, el Papa Francisco ratificaba la beatificación/santificación que, como San Romero de América, el pueblo salvadoreño ha otorgado a su pastor Oscar Arnulfo Romero, desde ya hace varios años. Están excluidos, sin embargo, los autores intelectuales y materiales de su muerte, los encubridores y los correligionarios que -aun llamándose católicos- cohonestaron con el vil asesinato, por obediencia partidaria.

Con la llegada del obispo Paglia, ha quedado confirmado el boicot contra la beatificación, sin duda orquestado entre autoridades eclesiales de Roma y fuerzas oscuras y oscurantistas de El Salvador. “La causa de Romero parecía una barca en medio de una terrible tempestad”, declaró el obispo Paglia, refiriéndose a “los obstáculos que el proceso enfrentó desde 1997, cuando la diócesis de San Salvador lo propuso a la Santa Sede”. La realidad pura iba a aflorar un día: nunca Monseñor Romero marxista, pero si fiel siervo de Dios y servidor de los desposeídos. Tuve el privilegio de conocer su nombre en mi niñez, entre Ciudad Barrios y Villa El Rosario, mi pueblo natal. Después, en San Miguel 1947-1948 y, finalmente, en San Salvador, desde mi condición de periodista hasta ser uno de los testigos de la causa para su beatificación.

Por eso, doy fe de que su voz, humanamente santificada, se volvía trueno sagrado al denunciar los abusos del poder político y económico, que tenía postrados de hinojos a sus hermanos campesinos y obreros. Como voz hiriente sin espada, su denuncia incomodaba y enfurecía el ego de los poderosos. Pero también, en sentido opuesto, profundizaba con amor el tono metafórico de su voz hacia los humildes, al enunciar y describir cada una de las parábolas de su Divino Maestro.

Era su dualidad pastoral: la fuerte denuncia contra los poderosos y el tierno enunciado a los pobres; en ambos casos, para ayudar a entender mejor la palabra de Dios. Así, su timbrada y metafórica voz, enunciadora del Evangelio y denunciadora de las injusticias, resultaba fraterna al oído de los humildes, mientras incomodaba e inquietaba a los poderosos, que, desesperados, decidieron que la única manera de que aquella voz no siguiera atormentando sus oídos -como atormentó la voz de Juan El Bautista a Herodes Antipas- era asesinándolo. Y lo hicieron, lo mataron. Fue el aciago día 24 de marzo de 1980…

UNA MUERTE ANUNCIADA
Desde antes del asesinato había signos que anticipaban tragedia. Monseñor Romero presentía su muerte. En una entrevista que concedió tres semanas antes del crimen, precisamente durante los días más difíciles de amenaza y represión, como una premonición evangélica, Monseñor Romero, como para dejar constancia del inminente peligro que corría, había dicho unas palabras proféticas:
– Un obispo morirá, pero la Iglesia de Dios, que es el pueblo, no perecerá jamás…
En una homilía, días después también habría dicho:
– Que mi sangre sea semilla de liberación.
Y en otra:
– Si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño…

Esta frase yo la incorporé en un poema, que publiqué en ocasión del 25 aniversario del asesinato de Monseñor, en marzo de 2005:

CRONICA A LA LUZ DE
UN ANIVERSARIO MARTIRIAL
(Fragmento)
II
Predicador de las bienaventuranzas
y de la buena nueva ámense los unos a los otros
te diste entero Oscar Arnulfo; sin reservas,
sin condiciones, con ofrenda total de tu martirio.
Como Jesús demandaste respeto a la casa del Padre,
casa del campesino y del obrero. Echaste a latigazos
a los mercaderes del oprobio y la injusticia.
Y resonó desafiante por los aires tu sentencia:
– En el nombre de Dios, pues, y en nombre
de este sufrido pueblo, cuyos lamentos
suben hasta el cielo cada vez más tumultuosos,
les suplico, les ruego, les ordeno ¡Cese la represión!…
Así sellaste tu suerte. Tu anticipada muerte.
Para que se cumplieran las insagradas escrituras del tirano:
“Haga patria, mate a un sacerdote”. Igual que el Maestro
irías a la muerte. Y una muerte de fusil para alentarnos.
Tu voz profética se alzó sobre las sombras:
– Si me matan resucitaré en mi pueblo.
Y lo hicieron: te mataron.
Y lo hiciste: resucitaste en medio de nosotros…

ANTECEDENTES
El 11 de marzo de 1977, durante el período presidencial de Arturo Armando Molina, la Guardia Nacional asesinó al padre Rutilio Grande en la zona de Aguilares y El Paisnal, al norte de San Salvador. El padre Rutilio encabezaba un grupo de sacerdotes y laicos, quienes mediante un intenso trabajo pastoral acompañaban a los campesinos en su organización y reclamos de mejores salarios y mejores condiciones de vida. Varias organizaciones campesinas, como la Federación Cristiana de Campesinos Salvadoreños (FECCAS) y la Unión de Trabajadores del Campo (UTC) y numerosas Comunidades Eclesiales de Base (CEB), surgidas y creciendo a nivel de América Latina con el acompañamiento de la Iglesia Católica, mediante un trabajo eficiente y sostenido creaban nuevos estados de conciencia, especialmente en el ámbito rural, en su lucha por la reivindicación campesina.

La muerte del padre Grande hirió hondamente al nuevo Arzobispo, como lo herirían en su oportunidad otros crímenes del ejército salvadoreño contra varios sacerdotes, religiosas y catequistas, fieles como él a la verdad y al Evangelio. Monseñor Romero exigió justicia, sin que fuera oído. El 1 de junio de ese año asumiría la presidencia de la República el general Carlos Humberto Romero, producto de evidente fraude cohonestado por su antecesor Molina. Monseñor Romero se negó a participar en los actos de toma de posesión presidencial del general Romero.

– Mientras no haya avances y buena disposición del gobierno para investigar el asesinato del padre Grande y demás crímenes, yo no acompañaré al Ejecutivo en este y otros actos-, proclamó con sentido profético el Arzobispo Romero.

Y no lo acompañó. Ese sería el inicio de un conflicto entre el Gobierno y Monseñor Romero. Aparte de dos o tres obispos, consecuentes con los ideales y la acción pastoral de Monseñor Romero, el resto de la jerarquía no sólo le contrariaba sino que lo adversaba, como muestra franca de connivencia con el gran capital oligárquico y su excluyente modelo socio económico y de injusticias, contra la población más humilde. Algunos de los llamados grandes medios de comunicación hacían el juego al gran capital, igual que ahora. El poderoso bloque económico, político y comunicacional, condenaba al Arzobispo y a su pueblo.

A partir de entonces, Monseñor Romero increparía al régimen de turno, por las constantes violaciones a los derechos humanos de muchos salvadoreños y reclamaría por los sacerdotes, catequistas y ciudadanos honrados, que habían sido asesinados. Monseñor venía enfrentando estas acciones con palabra fuerte y reclamando justicia, aún a costa de los enormes riesgos que implicaba su denuncia. Era su compromiso cristiano de ser la voz de los sin voz; es decir, vocero de los desposeídos que clamaban justicia ante las arbitrariedades y abusos institucionales…

Para 1980, desatada la guerra interna, la mayor preocupación de los Estados Unidos, en su política hacia El Salvador, estaba relacionada con la constante violación a los derechos humanos, que planteaba expectativas sombrías por la inconformidad popular, dentro de la cual era relevante el papel de denuncia evangélica de los activistas religiosos, que acompañaban al pueblo en sus demandas.

En ese marco, el 24 de marzo de 1980 se da el incalificable asesinato del Arzobispo Romero, cuya muerte generó luto general e incontables protestas a nivel nacional e internacional, con demandas posteriores por la impunidad del crimen. Un día antes, el 23 de marzo, durante una misa en la Basílica del Sagrado Corazón, en el centro de San Salvador, precisamente cuando la cantidad de asesinados y desaparecidos por el ejército salvadoreño ascendía a millares y parecía incontenible, Monseñor Romero, con su anuncio del Evangelio y su denuncia de las injusticias, con grito profético había clamado desde el púlpito:

– En nombre de Dios, pues, y en nombre de este sufrido pueblo cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: ¡Cese la represión…!

Al día siguiente, mientras Monseñor Romero oficiaba una misa en en la capilla del Hospital Divina Providencia, una bala explosiva procedente de un fusil calibre 22, equipado con mira telescópica y disparada por un tirador experto, le ocasionó la muerte. Yo estuve en el sitio del crimen, minutos después del disparo mortal. Cuando Monseñor Romero, aún con vida, era trasladado a la Policlínica Salvadoreña, falleció. El bloque anti patria y anti pueblo, en su voracidad de poder y explotación represiva, había dado duro golpe al corazón del pueblo salvadoreño…

Pero hoy, coincidentemente con la Semana Santa, la noticia que el Papa Francisco ha mandado a este sufrido pueblo, es de resurrección… la resurrección de Monseñor Romero en medio de su pueblo, como él mismo lo había premonizado… (RAO)