Archive for the Personajes importantes Category

En el mes y día del Padre.

Posted in Literatura, Personajes importantes, Personal on junio 6, 2015 by Renán Alcides Orellana

 Soneto a la memoria de mi padre,
Moisés Orellana (1910-1956, Villa El Rosario, Morazán).

RETRATO DE MI PADRE 
Renán Alcides Orellana

¿Que cómo era? Hombre como todos
los de bien. Era mi padre un ser
cabal. Distaba de los acomodos.
Blandía el hacha contra la incuria y el poder.

Papel y pluma. Apuntad lo que fue
su alta visión: “Vale más ser que tener.
El ser que es tiene de más”. Por su fe
decantaba la sabiduría del saber.

Y aunque de pocos versos el soneto
aquí su biografía en texto escueto:
bella, fuerte, perfecta, inigualable.

Para dejar sin duda al descubierto
al hombre redivivo, antes que muerto.
Este retrato lo vuelve inolvidable.

¡Beatificación/Canonización!

Posted in Como decíamos ayer..., Historia, Personajes importantes on mayo 25, 2015 by Renán Alcides Orellana

En el marco de un desbordamiento humano, se dio el estallido espiritual: ¡la beatificación/canonización de Monseñor Romero! Fue el pasado 23 de mayo. Una indescriptible multitud (sin distingos de raza, credo, idioma…) venida de todos los rumbos del planeta, se hizo una con la gozosa población salvadoreña, para celebrar, unificadas, el singular acontecimiento. Y -coincidencia feliz- el acto se realizó en la Plaza del Divino Salvador del Mundo, patrono de El Salvador.

Independientemente de los pormenores de la -extraordinaria-celebración en sí, lo que importa es profundizar en el legado de singular dimensión, expresado en el acto: Vida (Ejemplar), Pasión (Sacerdocio), Muerte (Asesinato) y Beatificación (Santificación) del Obispo Mártir, una trayectoria humana/sacerdotal inspirada en su vocación de enunciar el Evangelio, denunciar las injusticias y de hacer vida su opción preferencial por los pobres. Desde luego, estas características, propias de un verdadero misionero, no podían ser aplaudidas por el sistema oligárquico-represivo y excluyente, que durante décadas ha padecido El Salvador.

Por el contrario, incomodó tanto al sistema la demanda de justicia y de respeto a los derechos humanos de Monseñor Romero, que se ordenó su muerte. Y un día, el 24 de marzo de 1980, manos asesinas al servicio del poder político-económico, perpetraron el horrendo crimen del Arzobispo Romero. Testimonios verbales, documentos, la auto aceptación y acusaciones directas de algunos implicados y, especialmente, los señalamientos de la Comisión de la Verdad, mencionan como autor intelectual al mayor del ejército Roberto d’Aubuisson y como coordinador de los autores materiales al capitán Álvaro Saravia. Hubo, además, encubridores y cómplices. Era urgente acabar con el “intruso” a sus acciones antipopulares y de explotación, y lo mataron. Y ese día, instigadores/patrocinadores, los autores intelectuales y materiales, los encubridores y los seguidores por conveniencia, celebraron con champan la gran hazaña “haga patria, mate un cura”… terminaban -según ellos- las peroratas del cura comunista, a quien su pueblo llamaba -acertadamente- “la voz de los sin voz”…

Pero no. Si bien entonces parecía nuevo triunfo de la palabra del poder sobre el poder de la palabra, como se había estilado durante los regímenes militares, en el caso de Monseñor Romero el tiempo ha dicho no. Lejos de la torpeza que le endilgaba el calificativo de comunista, la palabra de Monseñor Romero es hoy -a la luz del Evangelio- más profética que nunca: impulsa hacia la liberación de las clases más desposeídas y a promover la justicia, mediante el respeto a la dignidad e inteligencia de los salvadoreños…

monsenor_romero

Sin embargo, 35 años después del horrendo asesinato, y cada vez más cerca el día de su Santificación, la figura de Monseñor Romero sigue siendo víctima de rechazo y hasta de denuestos -aunque en grado mínimo- de quienes, mediante el poder ideológico-económico, quieren seguir ejercitando el estado de cosas contra el pueblo, que Monseñor Romero tanto denunciaba y que fue la razón que lo llevó a la muerte. Y con ellos, están también sus seguidores, por conveniencia económica o compromiso político partidario, aun cuando sean personas de baja condición social y, para más, autonombrados católicos…

Aparte de la feligresía católica, y también de la población nacional y mundial no católica pero amante de la paz y la justicia, que asistió gozosa al acto de beatificación, las oposiciones descalificando la vida y obra de Monseñor Romero, futuro Santo salvadoreño, sin duda seguirán. Y es su total derecho a disentir. Sólo que a la verdadera feligresía católica y al resto de ciudadanos, les será difícil entender la coherencia cristiano-católica de aquellos, si al visitar el tempo dan la espalda, con no disimulada ira, al nuevo Santo de América… (RAO)

¡23 de Mayo!

Posted in Como decíamos ayer..., Personajes importantes on mayo 19, 2015 by Renán Alcides Orellana

¡Va llegando la hora! Dicho mejor, ¡ha llegado la hora! Sábado 23 de mayo de 2015, tiempo irreversible para que -al fin- se realice el acto de beatificación/canonización de Monseñor Oscar Arnulfo Romero, vilmente asesinado el 24 de marzo de 1980. Un acto de distinción para El Salvador que -todavía contra el odio de algunos- hace justicia a la personalidad cristiana de un hombre de oración y de fe, fundamentalmente expresadas en su lucha por la justicia y su opción preferencial por los pobres.

Nunca nadie dudó de la identidad de los autores, intelectuales y materiales, de tan abominable asesinato (premeditación, alevosía y fuerza física superior), después de que la Comisión de la Verdad diera a conocer sus nombres, que -junto a otros valiosos testimonios verbales y escritos- fueron divulgados, a nivel internacional: Marino Samayoa Acosta, el francotirador, siguiendo órdenes del capitán Álvaro Saravia, quien a su vez cumplía órdenes del mayor del ejército Roberto d’Aubuisson. Desde luego, aunque anónimamente, también existieron los encubridores y aquellos que -por cuestiones ideológicas o por obedecer lineamentos político-partidistas- cohonestaron el horrendo crimen, a pesar de sus propalados “principios” religiosos.

Ahora, a pocas horas para la beatificación/canonización de Monseñor Romero, fácilmente se perciben emociones encontradas en la sociedad salvadoreña: por un lado, la inmensa mayoría celebrando, con total regocijo, el acontecimiento que hace honor a quien fue martirizado por enunciar el Evangelio y denunciar las injusticias; y por el otro lado, la minoría -sobre todo una parte autonombrada católica- que siempre expresó rechazo y odio visceral al mensaje de Monseñor Romero, odio que ha de ser peor ahora, cuando se vuelve irreversible su elevación a los altares. Cabe imaginar la coherencia cristiana ¿? de este sector ante la imagen del nuevo Santo, a la hora de su visita al templo…

Quienes conocimos, aunque quizás en mínima parte, la personalidad de Monseñor Romero -yo le conocí en San Miguel (1947), cuando él coordinaba la catequesis para niños en Catedral y luego, años después, el 31 de mayo de 1994, fui uno de los testigos ante el Tribunal que instruía “la causa de su canonización del Siervo de Dios, Monseñor Oscar Arnulfo Romero”- podemos dar fe de una trayectoria honesta -con coherencia cristiana- como persona y como sacerdote, virtudes que sus enemigos gratuitos le negaron, por pasionismo ideológico. Desde su ordenación en Roma como sacerdote, hasta su labor pastoral como Arzobispo, fueron evidentes su vocación sacerdotal, su entrega pastoral y su afán de servir a los más necesitados.

Contra las voces y actitudes en contra de la beatificación -voces de suyo respetables, por su derecho a disentir- se espera que la celebración sea un acto de sabor popular; esto es, participativo y del pueblo, como lo hubiera deseado el Arzobispo Romero. Porque ahora, todo mundo que antes lo satanizó -políticos, algunos medios de comunicación, grandes empresarios, militares, laicos…- intentan falsamente ponderar las virtudes de Monseñor, hasta promover la marginación, espiritual y artística, de quienes, verdaderamente, fueron sus testigos y acompañantes, aún en las horas de mayor sacrificio y riesgo de muerte.

En realidad, la próxima beatificación/canonización de Monseñor Romero, debe ser un acto nacional de todos los salvadoreños; y universal de todas las personas amantes de la paz y la justicia. Será San Oscar, San Oscar Arnulfo… o San Romero de América, como su pueblo ya lo había santificado desde mucho antes, como siguiendo la nominación que le diera el obispo-poeta, don Pedro Casaldáliga. Como sea, importará la elevación a los altares de un hombre/nombre, auténticamente salvadoreño, llevado al martirio por el “odio a la Fe” y que ahora, resucitado en medio de su pueblo, seguirá siendo guía y voz de los sin voz… ¡Así sea! (RAO).

Álvaro Menén Desleal y su motivación a emigrar.

Posted in Historia, Literatura, Los que se fueron..., Personajes importantes on abril 20, 2015 by Renán Alcides Orellana

El año, quizá 1972. Varios miembros de la Asociación de Escritores Salvadoreños (AES), estábamos reunidos para celebrar y dar la bienvenida a Álvaro Menén Desleal a su regreso al país, después de una de sus prolongadas ausencias.

La reunión era en casa del poeta Rafael Mendoza, en el Barrio La Vega si mal no recuerdo, mirando hacia el sur de San Salvador. Ahí estábamos Rafael Góchez Sosa, Tirso Canales, Ricardo Castrorrivas, Alejandro Masís, Francisco Rivera, Julio Iraheta Santos, Salvador Juárez, Carlos Balaguer, Salomón Rivera y, desde luego, Rafael Mendoza, Álvaro y yo.

Todo era envidiable camaradería y, en medio de un prudente bullicio poético-musical, Menen Desleal era la figura central, no sólo por ser el invitado/homenajeado, sino porque nos compartía la experiencia enriquecedora de sus viajes, su desenvolvimiento y participación en otras culturas y su alternancia con escritores de otras latitudes. Pero, sobre todo, Álvaro hacía énfasis en su reiterativo llamado a “intentar salir temporalmente del país, cada uno de nosotros”, como única vía para la superación intelectual:
– Es de imperiosa necesidad salir a otros países a enriquecer y hacer crecer nuestra experiencia, y retornar con ella al país…- lo ratificaba Álvaro, con mucho énfasis.

Álvaro_Menen_Desleal

A partir de ahí, la motivación a emigrar sería la reiterada constante, con la que Álvaro trataba de estimular nuestro trabajo futuro. Así lo ratificaría en una entrevista “para analizar la realidad literaria de El Salvador y su proceso a partir de 1930”, aparecida en la Revista Caracol, del Departamento de Divulgación Cultural de la Universidad de El Salvador, en agosto de 1974. Con seriedad y franqueza, Álvaro contaba parte de su experiencia:

… Luego hay cierta coyuntura que nos salva. La emigración. Voluntaria o involuntariamente, nos vamos de El Salvador, por el exilio o porque de alguna forma nos sentimos presos en nuestro país, de tal forma que debemos irnos, a los quince años, a los dieciséis. Eso contribuye a la salvación de la generación aparecida en 1950, gracias a la vinculación que tiene con el movimiento del exterior, su interés por la temática y por la técnica cultivada en el exterior. Por eso trato de llamarle generación internacional.

Así, me voy a México, se van también Mauricio de la Selva, Mercedes Durand, Ricardo Bogrand, Armando López Muñoz. Nos vamos a México, trabajamos allá. Vemos una serie de cosas que es imposible ver en un medio como el salvadoreño. López Vallecillos y Chávez Velasco se van a Europa. Dalton a Chile y Europa. Esto nos ha librado a todos del medio, y es en este grupo que emigra donde están los mejores valores, porque, haciendo una selección, la nómina inicial se puede reducir a la mitad de ese grupo de 1950. Si nos ponemos un poco más estrictos, menos de la tercera parte, con Waldo Chávez, López Vallecillos, Mauricio de la Selva, Roque Dalton, Roberto Armijo y yo, somos los mejores. Más estrictamente, quizá sólo yo y Dalton tengamos valor. Ya lo veremos…

Acertadas o no, las afirmaciones y los señalamientos puntuales de Álvaro fueron su opinión personal, que muchos respetaron. Pero, independientemente de sus cuestionamientos, lo que conviene rescatar, para reflexión urgente, es su interés por motivar la necesaria emigración de los poetas, para salvar la poesía. Motivación extensiva, desde luego, a los representantes de todas las ramas del arte. Y las épocas de preguerra, guerra y pos guerra confirman que la excitativa de Álvaro, en cuanto a la necesidad de salir, voluntaria o involuntariamente, del país, tenía sentido entonces, como lo tiene ahora…

Cuando en 1962 Álvaro obtuvo el segundo lugar “Premio República de El Salvador”, en el VIII Certamen Nacional de Cultura, por la obra Cuentos breves y maravillosos, algunos señalamientos posteriores respecto a que había cometido plagio, no hicieron más que levantar su ánimo y una especie de autosuficiencia literaria, dado el golpe publicitario que pareció elevar antes que disminuir su personalidad. Sobre esto del plagio, el escritor Luis Gallegos Valdés hizo alguna referencia en su oportunidad, y describió, en parte, la obra premiada de Álvaro y sus incidencias posteriores en el ámbito cultural. Gallegos Valdés iba directo al grano: “El autor fue ducho en jugar un poco al enfant terrible, provocando alrededor de su obra, desconfianzas y dudas. Un crítico literario acusó de plagio a Álvaro, por haber tomado, casi literalmente, un cuento de un autor chino: Lieh-tse. Otros críticos hablaron de recreación…”

Tiempo después de aquel suceso, Álvaro y yo coincidimos un día en un centro comercial de vehículos, sobre la calle Rubén Darío, cerca del parque Bolívar. Álvaro estaba allí seguramente como cliente; yo, como visitante ocasional de un amigo. Conociendo Álvaro que mi labor periodística me imponía, por lo menos, una alusión mínima al tema de la acusación de plagio en contra suya, antes de que mediara el saludo me anticipó sonriendo.

— De literatura hoy no hablemos.
— Dime sólo tres palabras.
— Bien, sólo tres… ¿sobre qué?
— Sobre tus Cuentos breves y maravillosos.
— Recreación, recreación, recreación…

Así era Álvaro. Hombre de mucho talento. Vivió convencido de que aquí no podrá existir jamás el espacio azul que necesitan el arte y la cultura, mientras se nos obligue a la mayoría de salvadoreños a seguir soportando a funcionarios insensibles, cuyo mayor mérito es hacer gala de deshonestidad e incultura…
Aquella noche en casa de Rafael, los presentes sentimos el llamado a la reflexión y a la urgencia, planteada por Álvaro; la necesidad de emigrar por un tiempo para salvarnos, para salvar a la poesía, mediante el contacto y la vivencia con otras culturas.

— Sólo emigrar nos salva…- había reiterado.

Hoy, Álvaro es otro de los grandes que se ha ido. Otro de los grandes maestros y compañeros de afanes. Son y serán los grandes ausentes privilegiados para recordarles, por su vocación intelectual y su coherencia humana, que contrastan de manera diametralmente opuesta con el oscurantismo, la incapacidad y la deshonestidad de una parte de la clase política actual. Se fue en los días postreros del siglo XX; o, dicho de otro modo, como él lo hubiera expresado mejor, con humor e ironía, partir antes para no tener nada que ver con este siglo XXI.

MINI BIOBIBLIOGRAFIA
Conocí a Álvaro Menén Desleal antes de que se volviera “desleal”. Era entonces Álvaro Menéndez Leal. Lo conocí, pero distante, ejerciendo el periodismo junto a Roque Dalton y Otto René Castillo, en un teleperiódico que él mismo dirigía. Yo para entonces, apenas con los deseos de iniciar y entrarle de lleno al periodismo y escribir literatura. Leía lo suyo. Primero, alguna vez polemizando. Después, en su columna periodística “Los cinco sentidos”. Y más tarde, cuando sin reservas pregonó sobre si mismo: “un genio anda suelto”. Y en reuniones y entrevistas. Recuerdo su capacidad sorprendente para definir de inmediato cualquier situación coloquial. Su franqueza. Álvaro era así, franco, sincero hasta la ofensa y, por lo mismo, receptor de más de alguna antipatía y epítetos poco nobles, que a él -lo dijo más de una vez- le tenían sin cuidado.

Álvaro Menéndez Leal (Menén Desleal) nació en Santa Ana, el 13 de marzo de 1931 y murió en San Salvador el 7 de abril de 2000. Parte de su abundante obra son: “Luz Negra” (Teatro, San Salvador 1967); “Una cuerda de nylon y oro” (Cuento, San Salvador 1969); y “La Ilustre Familia Androide” (Cuento, Buenos Aires 1972), entre muchos otros. (RAO)

Roque Dalton: crimen sin castigo.

Posted in Historia, Literatura, Los que se fueron..., Periodismo, Personajes importantes, Personal on abril 12, 2015 by Renán Alcides Orellana

Con este título publiqué, en mi libro “Allá al pie de la montaña” (San Salvador, 2002), un capítulo sobre la vida, obra y muerte de Roque Dalton. Título que sigue vigente. Y su realidad únicamente desaparecerá cuando el crimen, más allá de esclarecido, logre salir de la impunidad. Según informaciones de la época, Roque Dalton murió asesinado en San Salvador, el 10 de mayo de 1975, a los 40 años de edad. Había nacido en la misma ciudad, el 14 de mayo de 1935.

Un día después de la muerte del poeta, el 11 de mayo, la noticia nos golpeó fuertemente a varios compañeros de oficio, reunidos para analizar y profundizar sobre la realidad socio política imperante y las posibles consecuencias de intranquilidad social, producto de la represión, persecución, cárcel y destierro que desataba el gobierno de turno, contra profesionales, estudiantes, obreros y campesinos de pensamiento opositor. Roque Dalton era uno de los más perseguidos. Y, precisamente por eso, dentro de la temática abordábamos el pensamiento y la obra de Dalton, de quien, quizás todos, ignorábamos que, desde mucho antes y para entonces, ya estaba residiendo clandestinamente en el país. Lejos estábamos de imaginar que un día antes, el 10 de mayo, fuerzas oscuras habían truncado la vida del poeta, amigo y compañero de afanes literarios.

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Ese día, la noticia nos llegó escueta, sorprendente e increíble, pero ambigua, sin mayores detalles. En medio de aquella incertidumbre, para suavizar el impacto, y para generar conformidad, se me ocurrió expresar al grupo que era preciso esperar confirmación, pues mientras no hubiera alguien que afirmara haber visto el cadáver, y el lugar donde quedó Roque, no debíamos darlo por muerto… ¡y hasta ahora!…
Pero la noticia se reconfirmaba con los días: Roque Dalton había sido asesinado acusado de traición y otras falsedades, “ajusticiamiento” ejecutado por sus mismos compañeros de organización, los para entonces dirigentes del grupo guerrillero Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP). Si bien estos señalamientos sobre los ejecutores han sido secreto a voces, lo cierto es que el crimen sigue rodeado del misterio que causan la indiferencia, los enredos jurídico-políticos o la falta de evidencias claras. Es igual.

Recordaba mi última charla con Roque. Fue por 1964, en las gradas del entonces edificio en construcción de la Biblioteca de la Universidad de El Salvador. Yo buscaba información para mi columna cultural “Voz universitaria”, que mantenía en el periódico Tribuna Libre. Roque, a pesar de que para entonces era presa de un andar muy sigiloso, no perdía la visión y el compromiso de impulsar la labor literaria, como una contribución al desarrollo cultural del país. Me dijo:

Es necesario intentar un trabajo más amplio y sostenido sobre la poesía. No están de más los recitales que se vienen realizando, pero se precisa de algo más. Andá donde Tirso (Canales), ahí en las barracas de Humanidades. Platicá con él; tiene algunas ideas sobre la necesidad de que los escritores nos vayamos agrupando, para impulsar nuestro quehacer. Platiquen y me contás….

No pude contárselo. La misión que le imponían su vocación y convicción poético-revolucionarias, habría de llevarlo más lejos de lo que todos imaginábamos. Hasta el desenlace fatal que nos fue comunicado aquel día de mayo, en 1975…

Roque Dalton García -como ha quedado dicho- nació en San Salvador, en 1935 y murió en mayo de 1975. En Panorama de la Literatura Salvadoreña, el escritor Luis Gallegos Valdés, en una amplia nota, apunta que Roque: “hizo sus estudios de bachillerato en el Externado San José, con los padres de la Compañía de Jesús. Va a Santiago de Chile a realizar estudios de Derecho. Vuelve bastante politizado y se incorpora al grupo literario conocido como Generación Comprometida, escribiendo artículos, cuentos y poemas…”.

Roque

En orden cronológico, la siguiente es parte de la producción literaria de Dalton, desde la publicación de Dos puños por la tierra, en coautoría con Otto René Castillo, poeta guatemalteco exiliado en El Salvador, para continuar su obra individual con Geografía de mi voz, Poemas personales, Vengo desde la URSS amaneciendo, Mía junto a los pájaros, San Salvador, 1958; La ventana en el rostro, México, 1961; El mar, La Habana, 1962; El turno del ofendido, La Habana, 1963; Los testimonios, La Habana, 1964; Poemas, Antología, San Salvador, 1968; Taberna y otros lugares, La Habana, 1969; Las historias prohibidas de Pulgarcito, México, 1973… hasta la publicación de Pobrecito poeta que era yo, San José, Costa Rica, 1976; es decir, un año después de la muerte del poeta; aparte de una abundante obra dispersa que, con giros universales, se ha esparcido por el mundo.

En ese contexto podría enmarcarse la vida literaria de Roque Dalton, con característica especial, no sólo por su vasta producción, a pesar a su corta edad, sino por los avances cualitativos y cuantitativos de una concepción altamente poética, cada vez más identificada con su responsabilidad frente al mundo. Un proceso admirable y creciente, truncado es cierto, pero con suficiente trayectoria literaria para ubicarse entre los grandes del continente. Parte de esa trayectoria la define el propio Dalton en una entrevista (“Una hora con Roque Dalton”, 1974) con Mario Benedetti, poeta y escritor uruguayo fallecido recientemente.

… Al igual que un gran número de poetas latinoamericanos de mi edad, partí del mundo nerudiano, o sea de un tipo de poesía que se dedicaba a cantar, a hacer loa, a construir el himno, con respecto a las cosas, el hombre, las sociedades. Era la poesía-canto. Si en alguna medida logré salvarme de esa actitud, fue debido a la insistencia en lo nacional. El problema nacional en El Salvador es tan complejo que me obligó a plantearme los términos de su expresión poética con cierto grado de complejidad, a partir por ejemplo de su mitología. Y luego, cierta visión del problema político, para lo cual no era suficiente la expresión admirativa o condenatoria, sino que precisaba de un análisis más profundo. Esto me obligó a ir cargando mi poesía de anécdotas, de personajes cada vez más individualizados. De ahí provienen ciertos aspectos narrativos de mi poesía, aunque llegado a determinada altura, tampoco resultaron suficientes y debieron ser sustituidos por una suerte de racionalización de los acontecimientos. Viene entonces mi poesía más ideológica, más cargada de ideas…

De aquella concepción poética que Roque Dalton expresara a Benedetti, arrancan sin duda los testimonios de toda una producción literaria, conocida dentro y fuera del país, aunque quizá más lo segundo que lo primero, dado el carácter de universalidad que se advierte en toda su obra, aun cuando nunca perdió, al contrario sostuvo y defendió, las raíces que lo identificaran con su patria. Por todo lo anterior, la figura de Roque Dalton, antes proscrita y vilipendiada “por su tendencia socialista”, ahora a la inversa ya ha sido recogida por la historia literaria de El Salvador; y ha llegado para quedarse y continuar en ella, por esa condición indiscutible de poeta auténtico y universal.

EPÍLOGO FELIZ
¡Como giran el tiempo y la vida! Mayo próximo será mes de renombre este año. Dos personalidades salvadoreñas, sin duda las más universales, y las más proscritas y perseguidas antes por el oscurantismo, hoy serán reivindicadas y enaltecidas, muy a pesar de sus verdugos: Monseñor Romero, que será beatificado el 23, previo a su canonización, en su ruta incontenible a los altares como San Romero de América; y Roque Dalton, en el mes de su nacimiento-muerte, como poeta perseguido y vilipendiado por las fuerza oligárquicas y, paradójicamente, asesinado por sus mismos compañeros. Ahora su nombre se esculpe y se eternizará en los anales literarios de América Latina. (RAO).

Hora de comenzar.

Posted in Como decíamos ayer..., Gobierno, Personajes importantes on marzo 31, 2015 by Renán Alcides Orellana

Independientemente de los resultados de las elecciones para alcaldes y diputados, del pasado 1 de marzo, que -dicho sea de paso- dejaron tremendo escozor en la población, el aire fresco del anuncio de la beatificación de Monseñor Romero, programada para el 23 de mayo, ha generado expectativas de paz y esperanza, no sólo en la feligresía católica sino en el pueblo salvadoreño en general.

Han sido -son- ratos amargos, y hasta desventurados los que, en todo sentido, ha venido padeciendo El Salvador, especialmente con la pérdida por muerte violenta de tantos de sus buenos hijos; y la cuasi pérdida de los que, en busca de seguridad y bienestar, emigran hacia el norte u otros países del continente y de más allá, sin más equipaje que su inevitable tristeza. Cuasi pérdida, porque si emigran con las de ley o no, a triunfar o a fracasar, se da el riesgo de perderlos por los peligros del camino o por la decisión de quedare a residir allá. Esta es la historia de miles de salvadoreños, a lo mejor ya convertidos en ciudadanos de otro país.

Sin duda, los amargos efectos de la violencia y la emigración forzada seguirán, agregados a los de extrema pobreza, alto costo de la vida y otras circunstancias, que hacen más difícil la existencia a los salvadoreños. Pero, las buenas señales nunca llegan tarde, llegan justo a tiempo. La beatificación de Monseñor Romero es una de ellas y quizás de las más relevantes. No sólo son aire refrescante espiritual para efectos individuales, sino que, de manera colectiva, promueven la unidad entre hermanos salvadoreños, y del mundo, en un momento en que las convulsiones políticas y económicas afectan la conciencia popular.

Está visto que la beatificación de Monseñor Romero no sólo ha despertado gozo, por estar en línea con la justicia, sino también intentos positivos de armonía comunitaria, porque la mayoría de salvadoreños de todas las ideologías y credos -católicos o no- en adelante intentarán caminar de la mano, hacia un estado más fraterno y de coexistencia pacífica. Con excepción -claro está- de quienes, con todo su derecho a disentir y hasta a odiar, siempre negaron a Monseñor Romero y tuvieron -tienen- contra él marcados sentimientos de rechazo.

Siempre habrá oposición política e inconvenientes sociales de todo tipo, en el ser y quehacer de los pueblos y gobiernos; son parte de los Estados con intentos de democracia. Los necesarios pesos y contrapesos que, en el caso de El Salvador y a partir de hoy, se espera que funcionen a base de entendimiento, voluntad política y claro interés por la vida nacional. Si bien, algunas situaciones han dejado -y mantienen- un sabor amargo para la población decente: juicios penales con favoritismo; proceso electoral cuestionado y, como consecuencia, la lógica duda sobre la conveniencia o no de algunos de los funcionarios electos; sinnúmero de violaciones al Código Electoral y otras leyes… es comprensible el aprecio, credibilidad, respeto y devoción que, propios y extraños, profesan al nuevo beato/santo Oscar Arnulfo Romero.

De ahí que, independientemente de las conductas y los sucesos negativos, la ciudadanía espera un nuevo panorama hacia un nuevo futuro, confiando en que la capacidad y voluntad política no la defrauden, en las próximas elecciones de segundo grado para: Fiscal General, Procurador, Magistrados de la CSJ, Concejales de la Judicatura… de cuyo honesto y eficiente desempeño dependerán, en gran parte, la estabilidad y el ansiado desarrollo del país. ¡Así sea! (RAO).

Monseñor Romero: voz y metáforas santificadas.

Posted in Historia, Los que se fueron..., Personajes importantes on marzo 23, 2015 by Renán Alcides Orellana

La noticia no llegó ni antes ni después, llegó justo a tiempo. El obispo Vicenzo Paglia, enviado papal, y postulante de la causa de beatificación de Monseñor Romero, la trajo emocionado, el pasado 11 de marzo. Por su medio, el Papa Francisco ratificaba la beatificación/santificación que, como San Romero de América, el pueblo salvadoreño ha otorgado a su pastor Oscar Arnulfo Romero, desde ya hace varios años. Están excluidos, sin embargo, los autores intelectuales y materiales de su muerte, los encubridores y los correligionarios que -aun llamándose católicos- cohonestaron con el vil asesinato, por obediencia partidaria.

Con la llegada del obispo Paglia, ha quedado confirmado el boicot contra la beatificación, sin duda orquestado entre autoridades eclesiales de Roma y fuerzas oscuras y oscurantistas de El Salvador. “La causa de Romero parecía una barca en medio de una terrible tempestad”, declaró el obispo Paglia, refiriéndose a “los obstáculos que el proceso enfrentó desde 1997, cuando la diócesis de San Salvador lo propuso a la Santa Sede”. La realidad pura iba a aflorar un día: nunca Monseñor Romero marxista, pero si fiel siervo de Dios y servidor de los desposeídos. Tuve el privilegio de conocer su nombre en mi niñez, entre Ciudad Barrios y Villa El Rosario, mi pueblo natal. Después, en San Miguel 1947-1948 y, finalmente, en San Salvador, desde mi condición de periodista hasta ser uno de los testigos de la causa para su beatificación.

Por eso, doy fe de que su voz, humanamente santificada, se volvía trueno sagrado al denunciar los abusos del poder político y económico, que tenía postrados de hinojos a sus hermanos campesinos y obreros. Como voz hiriente sin espada, su denuncia incomodaba y enfurecía el ego de los poderosos. Pero también, en sentido opuesto, profundizaba con amor el tono metafórico de su voz hacia los humildes, al enunciar y describir cada una de las parábolas de su Divino Maestro.

Era su dualidad pastoral: la fuerte denuncia contra los poderosos y el tierno enunciado a los pobres; en ambos casos, para ayudar a entender mejor la palabra de Dios. Así, su timbrada y metafórica voz, enunciadora del Evangelio y denunciadora de las injusticias, resultaba fraterna al oído de los humildes, mientras incomodaba e inquietaba a los poderosos, que, desesperados, decidieron que la única manera de que aquella voz no siguiera atormentando sus oídos -como atormentó la voz de Juan El Bautista a Herodes Antipas- era asesinándolo. Y lo hicieron, lo mataron. Fue el aciago día 24 de marzo de 1980…

UNA MUERTE ANUNCIADA
Desde antes del asesinato había signos que anticipaban tragedia. Monseñor Romero presentía su muerte. En una entrevista que concedió tres semanas antes del crimen, precisamente durante los días más difíciles de amenaza y represión, como una premonición evangélica, Monseñor Romero, como para dejar constancia del inminente peligro que corría, había dicho unas palabras proféticas:
– Un obispo morirá, pero la Iglesia de Dios, que es el pueblo, no perecerá jamás…
En una homilía, días después también habría dicho:
– Que mi sangre sea semilla de liberación.
Y en otra:
– Si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño…

Esta frase yo la incorporé en un poema, que publiqué en ocasión del 25 aniversario del asesinato de Monseñor, en marzo de 2005:

CRONICA A LA LUZ DE
UN ANIVERSARIO MARTIRIAL
(Fragmento)
II
Predicador de las bienaventuranzas
y de la buena nueva ámense los unos a los otros
te diste entero Oscar Arnulfo; sin reservas,
sin condiciones, con ofrenda total de tu martirio.
Como Jesús demandaste respeto a la casa del Padre,
casa del campesino y del obrero. Echaste a latigazos
a los mercaderes del oprobio y la injusticia.
Y resonó desafiante por los aires tu sentencia:
– En el nombre de Dios, pues, y en nombre
de este sufrido pueblo, cuyos lamentos
suben hasta el cielo cada vez más tumultuosos,
les suplico, les ruego, les ordeno ¡Cese la represión!…
Así sellaste tu suerte. Tu anticipada muerte.
Para que se cumplieran las insagradas escrituras del tirano:
“Haga patria, mate a un sacerdote”. Igual que el Maestro
irías a la muerte. Y una muerte de fusil para alentarnos.
Tu voz profética se alzó sobre las sombras:
– Si me matan resucitaré en mi pueblo.
Y lo hicieron: te mataron.
Y lo hiciste: resucitaste en medio de nosotros…

ANTECEDENTES
El 11 de marzo de 1977, durante el período presidencial de Arturo Armando Molina, la Guardia Nacional asesinó al padre Rutilio Grande en la zona de Aguilares y El Paisnal, al norte de San Salvador. El padre Rutilio encabezaba un grupo de sacerdotes y laicos, quienes mediante un intenso trabajo pastoral acompañaban a los campesinos en su organización y reclamos de mejores salarios y mejores condiciones de vida. Varias organizaciones campesinas, como la Federación Cristiana de Campesinos Salvadoreños (FECCAS) y la Unión de Trabajadores del Campo (UTC) y numerosas Comunidades Eclesiales de Base (CEB), surgidas y creciendo a nivel de América Latina con el acompañamiento de la Iglesia Católica, mediante un trabajo eficiente y sostenido creaban nuevos estados de conciencia, especialmente en el ámbito rural, en su lucha por la reivindicación campesina.

La muerte del padre Grande hirió hondamente al nuevo Arzobispo, como lo herirían en su oportunidad otros crímenes del ejército salvadoreño contra varios sacerdotes, religiosas y catequistas, fieles como él a la verdad y al Evangelio. Monseñor Romero exigió justicia, sin que fuera oído. El 1 de junio de ese año asumiría la presidencia de la República el general Carlos Humberto Romero, producto de evidente fraude cohonestado por su antecesor Molina. Monseñor Romero se negó a participar en los actos de toma de posesión presidencial del general Romero.

– Mientras no haya avances y buena disposición del gobierno para investigar el asesinato del padre Grande y demás crímenes, yo no acompañaré al Ejecutivo en este y otros actos-, proclamó con sentido profético el Arzobispo Romero.

Y no lo acompañó. Ese sería el inicio de un conflicto entre el Gobierno y Monseñor Romero. Aparte de dos o tres obispos, consecuentes con los ideales y la acción pastoral de Monseñor Romero, el resto de la jerarquía no sólo le contrariaba sino que lo adversaba, como muestra franca de connivencia con el gran capital oligárquico y su excluyente modelo socio económico y de injusticias, contra la población más humilde. Algunos de los llamados grandes medios de comunicación hacían el juego al gran capital, igual que ahora. El poderoso bloque económico, político y comunicacional, condenaba al Arzobispo y a su pueblo.

A partir de entonces, Monseñor Romero increparía al régimen de turno, por las constantes violaciones a los derechos humanos de muchos salvadoreños y reclamaría por los sacerdotes, catequistas y ciudadanos honrados, que habían sido asesinados. Monseñor venía enfrentando estas acciones con palabra fuerte y reclamando justicia, aún a costa de los enormes riesgos que implicaba su denuncia. Era su compromiso cristiano de ser la voz de los sin voz; es decir, vocero de los desposeídos que clamaban justicia ante las arbitrariedades y abusos institucionales…

Para 1980, desatada la guerra interna, la mayor preocupación de los Estados Unidos, en su política hacia El Salvador, estaba relacionada con la constante violación a los derechos humanos, que planteaba expectativas sombrías por la inconformidad popular, dentro de la cual era relevante el papel de denuncia evangélica de los activistas religiosos, que acompañaban al pueblo en sus demandas.

En ese marco, el 24 de marzo de 1980 se da el incalificable asesinato del Arzobispo Romero, cuya muerte generó luto general e incontables protestas a nivel nacional e internacional, con demandas posteriores por la impunidad del crimen. Un día antes, el 23 de marzo, durante una misa en la Basílica del Sagrado Corazón, en el centro de San Salvador, precisamente cuando la cantidad de asesinados y desaparecidos por el ejército salvadoreño ascendía a millares y parecía incontenible, Monseñor Romero, con su anuncio del Evangelio y su denuncia de las injusticias, con grito profético había clamado desde el púlpito:

– En nombre de Dios, pues, y en nombre de este sufrido pueblo cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: ¡Cese la represión…!

Al día siguiente, mientras Monseñor Romero oficiaba una misa en en la capilla del Hospital Divina Providencia, una bala explosiva procedente de un fusil calibre 22, equipado con mira telescópica y disparada por un tirador experto, le ocasionó la muerte. Yo estuve en el sitio del crimen, minutos después del disparo mortal. Cuando Monseñor Romero, aún con vida, era trasladado a la Policlínica Salvadoreña, falleció. El bloque anti patria y anti pueblo, en su voracidad de poder y explotación represiva, había dado duro golpe al corazón del pueblo salvadoreño…

Pero hoy, coincidentemente con la Semana Santa, la noticia que el Papa Francisco ha mandado a este sufrido pueblo, es de resurrección… la resurrección de Monseñor Romero en medio de su pueblo, como él mismo lo había premonizado… (RAO)