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Cristóbal Humberto Ibarra: entre la cátedra y la poesía

Posted in Los que se fueron... on junio 10, 2015 by Renán Alcides Orellana

Cristóbal Humberto Ibarra nació en Zacatecoluca, La Paz, el 9 de mayo  de 1920 y falleció en San Salvador, en febrero de 1988, Poeta, escritor, periodista y diplomático, fue fiel representativo de la generación de poetas y escritores que, a principio de los años 40, combatieron con valentía literaria la dictadura de Maximiliano Hernández Martínez.

Todavía un adolescente, Ibarra se unió a la generación de intelectuales que, por su vocación e identidad, integraron el movimiento literario denominado GRUPOSEIS, “en el cual -según sus biógrafos- militaban los poetas más revolucionarios de la época” (Ibarra, Oswaldo Escobar Velado, Matilde Elena López…). Aquel movimiento promovía una literatura de vanguardia que, en gran medida, inició la poesía de protesta, precisamente cuando eran más sentidos los reclamos contra la dictadura de Hernández Martínez.

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La decidida participación de los escritores tenía su explicación en su espíritu rebelde, su posición anti oligárquica y su identificación con las demandas populares, pues -como afirma Heleno Saña- “el intelectual moderno ha sido por lo general un hombre de izquierda o, por lo menos, un hombre progresista y crítico, unido por ello instintivamente al pueblo…la Edad Moderna ha sido una creación de los intelectuales, pues fueron ellos los que forjaron las ideas y los sistemas de los que todavía nos nutrimos…”.

Sin embargo, con la entronización de los gobiernos opresores y represores, aquella decidida participación de los intelectuales, se ha visto suplantada y hasta perseguida, pues -según el mismo Saña- “desde hace tiempo, los intelectuales han sido sustituidos como minoría rectora por los locutores de televisión, los expertos en marketing y los tecnócratas que manejan los aparatos políticos, administrativos y económicos del mundo”. Además, concluye Saña, “… la cultura está en manos de burócratas y funcionarios, cuyo único mérito es el de tener en un bolsillo el carnet de un partido político adecuado”. Ibarra siempre estuvo consciente de ello, y en más de una ocasión me expresaba su temor de que, más temprano que tarde, esa realidad volvería menos sensible a la sociedad en general. Así ocurrió, y así ocurre…

      Desde aquella época de protesta contra el martinato, arranca toda una producción literaria de Ibarra, conocida dentro y fuera del país. Y de entre sus principales obras, destacan: “Gritos” (Poesía, Guatemala 1944); “Rilke, claves de la creación” (La Plata, Argentina 1954); “Tembladerales” (Premio Centroamericano de Novela, Certamen Nacional de Cultura, El Salvador 1956); “Francisco Gavidia y Rubén Darío, semilla y floración del Modernismo”, Premio Centroamericano de Ensayo, El Salvador 1957; “El Cuajarón” (Cuento, Premio en los Juegos Florales de San Salvador, 1958); “Plagio superior” (Cuento, Santiago de Chile, 1964); “Cuentos breves para un mundo en crisis” (Premio Juegos Florales Centroamericanos, Quezaltenango, Guatemala, 1968); “Elegía a Oswaldo Escobar Velado” (Poesía, Premio Olimpiada Cultural Centroamericano, El Salvador 1969); “Cuentos de Sima y Cima” (San Salvador, 1977) y otras…

      Un cometario reciente sobre una de sus obras, expone: “… Tembladerales (1957) de Cristóbal Humberto Ibarra (1920-1988), es una novela olvidada sobre los eventos de 1932 en El Salvador: A diferencia de otros relatos históricos, la atención de Ibarra no se centra en el Occidente del país donde ocurre el levantamiento y la represión militar. La novela describe la vida diaria de una hacienda en La Herradura, en el Departamento de La Paz. La propiedad se convierte en modelo de concordia entre los colonos indígenas, el mayordomo estadounidense que los dirige, el dueño de la hacienda y las autoridades municipales y militares de la zona. Al desarrollar un mínimum vital para los trabajadores, El Sauce se vuelve el paradigma de una nación salvadoreña en búsqueda de un modelo ideal de reconciliación. Por suponer que un conflicto social se resuelve por un acuerdo de paz —una colaboración o un compromiso— la novela de Ibarra merece el olvido de la historia. La historia se halla siempre bajo tachadura…” (Contra Cultura, Diario digital, mayo 2015).

   Después de ejercer la diplomacia, regresó  El Salvador y  a mediados de los años 60, se da nuestro encuentro. Cristóbal Humberto Ibarra había asumido la dirección de la Escuela de Periodismo, de la Universidad de El Salvador. En 1967 yo había vuelto a la Escuela, después de haber cursado casi media carrera de Jurisprudencia y Ciencias Sociales. Mi aspiración siempre había sido graduarme en Periodismo. Y ahí estaba ahora, precisamente cuando Ibarra retomaba el ejercicio periodístico, que antes había ejercido, nacional e internacionalmente, con reconocimientos a su labor, entre los que destacan el “Emblema de Oro del Periodismo Argentino”, que le fue otorgado por sus méritos como diplomático cultural de El Salvador en Argentina.

     Como estudiante de Periodismo, tuve la suerte de compartir sus enseñanzas y, como escritor en ciernes, conocí parte de su experiencia literaria. Obtuve de sus manos varios de sus libros, entre ellos “Plagio Superior”, “Tembladerales” y otros. A partir de ahí, ya retirados ambos de la Escuela de Periodismo, el duro oficio nos mantuvo en contactos frecuentes, en el marco de una especial amistad. Cierto es también, que sostuvimos algunas discrepancias cordiales y cuasi polémicas de altura, pero entendibles porque significaban el criterio de cada uno, en un intento de promover una formación académica más acorde con las necesidades de la realidad circundante. Situaciones iguales se dieron a veces en temas de literatura, con idénticas intenciones y resultados.

     Después, entre encuentros y desencuentros, la relación amistad/profesión  se mantuvo invariable, hasta el día de su fallecimiento. Ibarra, víctima de cruel enfermedad supo sobrellevarla con la valentía y el estoicismo de un  verdadero humanista, para volver más doliente su viaje final. Muy sentida fue la muerte de Cristóbal Humberto Ibarra, aquel malhadado día de 1988, como ha sido la de tantos otros intelectuales salvadoreños, que se adelantaron en el viaje sin regreso; pero también, bienaventurados en el recuerdo, porque “ellos fueron los que forjaron las ideas y los sistemas de los que todavía nos nutrimos…”

Quede lo anterior y mucho más, como síntesis  de la trayectoria intelectual de Cristóbal Humberto Ibarra, quien por mérito propio y por merecimiento, forma parte de la historia cultural de El Salvador. (RAO).

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Luis Mejía Vides y su nostálgica tierra del limar.

Posted in Los que se fueron... on junio 1, 2015 by Renán Alcides Orellana

Luis Mejía Vides, el inefable amigo Chito Mejía Vides, fue poeta, escritor, promotor cultural y periodista; pero, para mí, fundamentalmente, un verdadero poeta.

Le conocí personalmente a mediados de los años sesenta. Compartíamos momentos literarios y de especial amistad, que se unían al esfuerzo común de aprender a administrar nuestra bohemia, no a quedarnos sin ella por ser parte vital de nuestras interioridades -de nuestros duendes creadores-, pero sí a separarla de la real embriaguez del “divo néctar de los dioses paganos”. Queríamos apartarnos del vino real que embriaga, del vino “de a de veras”. Y ahí estábamos. Él, todo un señor, en el sentido exacto de la palabra; yo, un joven de incipiente ingreso al periodismo y con mucha inquietud por la poesía.

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Por aquellos días de 1965, con sabiduría y gesto casi paternal, “don Luis” departía fraternalmente con nosotros, un grupo de jóvenes con inquietudes afines hacia el periodismo y la poesía y nos alentaba, con su voz y ejemplo, a continuar avanzando sobre la senda azul de la poesía y, sobre todo, en el empeño de “vivir sin beber”. Pepe Castro, Alejandro Masís, Rolando Elías y yo, éramos todo oídos.

– Hay para ustedes todo un mundo por delante, con esa vocación y ese sentimiento por las bellas artes, por la cultura y la justicia, ustedes se han salvado… -nos decía con gesto amigable.

Aquellas frases me hacían recordar que en mi pueblo natal, Villa El Rosario, en el norte de Morazán, cuando yo apenas cursaba la escuela primaria, además de los versos de Alfredo Espino y de Claudia Lars, leía a otros autores. Y con el tiempo a nuevos autores, entre ellos a Luis Mejía Vides. De su poema “La tierra del limar”, apreciaba el fragmento final:

… Un día vino el hacha mutilando troncos:
lo vieron estos ojos perplejos de muchacho
en el limar…
Retoñaron los brotes. Volvieron los ramajes verde mar.
Una noche clara de noviembre
refloreció el limar…
Alma mía, esencia del limar,
vuelvan a la vida tus ramos de esperanza:
– ¡Volvamos a la tierra del limar…!

Luis Mejía Vides comenzó muy joven su inquietud por la creación poética con algo de trino, de aroma y de paisaje. Los libros “El buzo sin escafandra” y “La estrella en el abismo”, fueron publicados en 1948 y 1951. Ya en las postrimerías de su vida publicó el poemario “Bálsamo”, de corte intimista. Los tres los obtuve oportunamente de sus manos, con sendas dedicatorias que estimulan el sentimiento. La del primer libro “El buzo sin escafandra”, reza textualmente: “Para el compañero Renán Alcides Orellana, con el aprecio intelectual y el afecto de su amigo, Luis Mejía Vides. San Salvador, 8 de octubre 1965”. El siguiente, es una muestra del libro “El buzo sin escafandra”:

RESPONSO A UN RECUERDO
DE VEINTE AÑOS
Natalia,
lejana mujer perdida en la muerte
como un gajo de algas en mares nocturnos
hoy te recuerdo.
Grave y triste,
en el jardín sangrante de rosas
bajo los naranjos blancos de azahar,
leías y tosías suavemente…
Entre pálidos jazmines
suspiraba la dalia encendida de tu boca.
Brillaban las estrellas heridas de tus ojos
y el libro se rendía en tu falda.
Una tarde de hojas errantes,
te vi sollozar inclinando la frente vencida.
Mis manos fueron a ofrendarte un ramo de jacintos.
¡Nunca olvidaré tu mirada rebelde a la muerte!
Natalia:
Tu dolor soterrado en veinte años
me abrió las puertas de un mundo
atribulado.

Además, Luis Mejía Vides, cuando no publicaba versos, mantenía páginas literarias semanales, como mantuvo, por varios años, la página literaria dominical de La Prensa Gráfica; y también colaboraba con revistas nacionales y regionales. Su vocación múltiple de poeta, escritor y periodista le permitió desempeñar cargos administrativos de dirección, como el del Centro Nacional de Productividad (CENAP), donde le asistió compartiendo tareas el periodista Rosendo Majano, nuestro amigo común. Viajó por Suramérica, donde cultivó amistad con varios intelectuales de renombre mundial. Posiblemente, en uno de esos viajes se dio el contacto con Humberto Díaz Casanueva, poeta, diplomático y educador chileno (1906-1992), quien después sería el autor del prólogo de su libro “El buzo sin escafandra”, con el siguiente juicio crítico que refleja la calidad poética de Mejía Vides:

No quisiera -le dice Díaz Casanueva- escribirle palabras de cortesía, ni presentarme ante usted con fingimientos y loas fáciles. Bien sabe usted, por ser hombre nuevo, que a los jóvenes hay que hablarles duro y exigirles más que consentirles. Creo en cierto ascetismo preparatorio del verso en disciplinas oscuras que pueden llegar al jadeo, en latigazos, ayunos, buceos incansables. Cuando se encuentra a un joven que hace versos “para la gente”, entonces no vale la pena incitarlo a la vocación auténtica que es la poesía. Pero cuando se tropieza con un joven como usted con el instinto poético, la sustancia verdadera, la herida interior, entonces vale la pena discurrir sobre estos ejercicios secretos, este entrenamiento implacable. Con ansiedad esperaré sus versos. Usted me interesa sobremanera, y su caso es singular. Más que otros jóvenes de otros países debe cuidar su línea, su círculo interior. Seguir sin miedo a nada, seguirse a sí mismo. Yo respeto mucho la poesía, es mi religión. Con temor hablo de ella, a veces con espanto. Es un don incomprensible, pero sobre todo es un don que si a uno lo roza se convierte en una responsabilidad…

Luis Mejía Vides vivió sus últimos años en Ayutuxtepeque, ciudad vecina a San Salvador, como linterna de luz olvidada en el tiempo. Olvidada hasta por aquellos que, de alguna manera, sintieron su lumbre. De vez en cuando, un artículo periodístico o un poema se nos manifestaban en algún periódico capitalino o en alguna de las revistas que llegan del extranjero. Si no hubo nuevas ediciones de libros del poeta, no fue porque su veta creadora estuviere agotada. Pese al admirable arribo a sus ochenta y tantos años, los duendes juguetones de la poesía siempre estuvieron ahí, en su deslumbrante e inquietante mundo. Yo lo visitaba de vez en cuando; eran visitas que el poeta Mejía Vides apreciaba mucho, porque, a pesar de su retiro, la amistad cotidiana y el impulso creador estaban siempre con él, para continuar prodigándolos como surtidores sublimes, mientras haya -como él decía- un hálito de vida… (RAO).

Trigueros de León: medio siglo después…

Posted in Literatura, Los que se fueron... on mayo 26, 2015 by Renán Alcides Orellana

Entre las tantas efemérides de este mayo invernal, el miércoles 20 se conmemorará el 50 aniversario del fallecimiento de uno de los reconocidos escritores salvadoreños, de mediados del siglo pasado: Ricardo Trigueros de León.

Mayo, mes pródigo en días especiales: el 1º, Día Internacional de los Trabajadores (no del Trabajo); el 3, Día de la Cruz y de la Libertad de Prensa; el 7, Día del Soldado; el 10, Día de la Madre; el 15 Día de la Enfermera… y el 23, como ofrenda especial al espíritu, la Beatificación/Canonización de Monseñor Romero. Y con ellos, los aniversarios de los poetas Roque Dalton y Ricardo Trigueros de León…

A pesar del tiempo transcurrido, frescas están las palabras que, como sentida elegía, pronunciara Salarrué a la hora del sepelio de Trigueros de León, aquel 20 de mayo de 1965, hace justamente 50 años: “En mayo suelen morir nuestros poetas, cuando se les llama en juventud. Con las cigarras se van, invocando la frescura del agua fecunda…” Y ahora, con el florecer de un nuevo mayo, la voz del poeta parece rediviva, por su obra literaria, recopilada y dispersa.

Ricardo Trigueros de León nació en Ahuachapán, el 13 de noviembre de 1917. Con su vocación temprana por las Letras, cultivó todas las ramas de la Literatura, a las que hizo acompañar los estudios de Derecho, que logró culminar con el doctorado, pocos años antes de su muerte. Además, por sus dotes de indiscutible editor literario, puede considerársele pionero y promotor del desarrollo de la tradición editorial en El Salvador. Apasionado del fomento de los procesos culturales y artísticos, fue fundador de la Casa de la Cultura de San Salvador. Por espacio de 12 años hasta 1960, fue Director del Departamento Editorial del Ministerio de Cultura y, a partir de 1961, Director General de Publicaciones del Ministerio de Educación. Dirigió “Guión Literario”, un folleto (suplemento cultural) vocero de su entidad, que después de su muerte quedó en buenas manos: las de Claudia Lars y Alfonso Orantes.

Trigueros de León estrechó relaciones con intelectuales del continente. Lo confirma la siguiente anécdota, de la cual, tangencialmente, fui parte: La escritora Matilde Elena, mi maestra de Literatura, en su noble afán de enseñar, conducir y apoyar a sus alumnos del 2o. Año de Letras, en la Universidad de El Salvador, en 1961 gestionó la venida del maestro Ermilo Abreu Gómez (1894-1971), novelista y dramaturgo mexicano, para que nos impartiera Lingüística, una herramienta muy valiosa para los estudiosos de la Literatura. El maestro era un hombre sencillo, muy bajo de estatura, pero con solvencia y aplomo especiales en el manejo de las artes literarias. Recuerdo que todas las noches, a las ocho y media, con discreción entraba al aula un personaje de tez blanca, alto, con traje deportivo, generalmente vistiendo pantalón blanco y saco beige. Era el poeta y editor distinguido Ricardo Trigueros de León.

El visitante se sentaba, atento y silencioso, al fondo del salón y ahí esperaba el final de la clase. Luego ambos, evidenciando aprecio especial y admiración mutua, bajaban las escaleras del vetusto edificio de la Facultad de Humanidades, antes Colegio Sagrado Corazón, ubicado entonces casi frente a la Central de Telecomunicaciones en el centro de San Salvador; y se dirigían al parqueo, donde les esperaba el vehículo de Ricardo. Media hora después, mientras yo me dirigía hacia mi casa y pasaba frente a la cafetería La Corona, sobre la Avenida España, veía a la pareja de escritores en amena charla, quien sabe hasta qué horas de la noche. Fue un ritual inolvidable de dos admirados intelectuales que, religiosamente, compartían vivencias, esperanzas y sus buenos deseos para las letras latinoamericanas. Y como el maestro Abreu Gómez, muchos fueron los contactos de Trigueros de León, en el campo editorial-literario.

Y es que el poeta, además de creador, fue editor-divulgador de la obra de muchos intelectuales: “Reunía -dicen sus biógrafos- todas las características imprescindibles en el oficio editorial, conocimiento de las técnicas de imprenta, capacidad de gestión y, quizás la más importante, amor por los libros, por los de otros (que es lo que define medularmente al editor) y por los propios…”

Gran creativo literario, entre sus obras destacan: “Campanario”, 1941; “Nardos y estrellas”, 1945; “Presencia de la rosa”, 1945; “Labrando en madera”, 1947; “Perfil en el aire”, 1955; y “Pueblo”, 1960, entre otras.

Multifacético como era, también ejerció el periodismo, desde redactor cultural en importantes medios impresos y radiales, hasta dirigir la Escuela de Periodismo de la Universidad de El Salvador. Precisamente, Trigueros de León era el director, el año de mi ingreso a la Escuela de Periodismo (1959-1960). Como dirigente gremial, según archivos, fue secretario de actas de la Asociación de Periodistas de El Salvador (APES), mismo cargo que, años después, me tocó desempeñar, durante varios períodos.

Hoy, cuando se cumplen 50 años del fallecimiento de Trigueros de León, justo es reconocer, aunque sea parcialmente con estas líneas, su trayectoria como editor y literato. Y para cerrar este recordatorio, nada más oportuno que ceder el espacio final a las palabras con las que Salarrué lo despidiera, a la hora en que Ricardo iniciara su partida: “Plugiera a Dios que esta fosa fuera un surco y este cuerpo una semilla, para que Cuscatlán pueda tener cosecha de hombres como él: hombres que la levanten y la hagan lucir como él lo hiciera, sin intención, con su trabajo de amor…” (RAO).

Claudia Lars: vida y poesía consagradas.

Posted in Los que se fueron... on mayo 17, 2015 by Renán Alcides Orellana

Siempre he considerado un acierto afirmar que el periodismo, más que retribuir bienes económicos, brinda satisfacciones. Y algo más, muchas veces el periodista, sin siquiera proponérselo, llega a conocer personajes y lugares que, siempre durante su niñez, le parecían un sueño remoto e irrealizable. Esto me ocurrió con Claudia Lars.

Escuché por primera vez su nombre a mis tres años de edad, antes de que aprendiera a leer y a escribir, en mi pueblo natal, Villa El Rosario, al norte de Morazán, a principios de la década de los años cuarenta. A esa edad, mis padres -amantes ambos de la buena lectura- alentaban mi deseo de “repetir de memoria” poemas de Claudia Lars, Alfredo Espino y otros. “Mes de mayo” de Claudia Lars y “El Nido” de Alfredo Espino, eran poemas obligados que yo “recitaba” en las programaciones de actos escolares.

Pasó el tiempo. Siguiendo los impulsos de mi vocación, me radiqué en San Salvador y me dediqué al periodismo. Trabajo intenso, que logré combinar con ejercicios literarios -peñas y recitales- y estudios universitarios. Recuerdo que una tarde, en 1966, siendo yo reportero de La Prensa Gráfica, me tocó la agradable misión de visitar a Claudia Lars, en su casa de la colonia Nicaragua, a petición de ella.

– La oportunidad esperada…, pensé

La oportunidad de conocer a Claudia Lars, cuyo nombre hasta entonces me había sido tan familiar únicamente a nivel de libros y por otras publicaciones. Para mi sorpresa, Claudia me pareció un ser humano común y corriente, sin perder el encantador misterio de orfebre de las cosas bellas, contrario al personaje de elevados signos que, por su condición de poeta, yo había imaginado. Era la presencia de la poeta humanizada que ahora, sin perder la hidalguía de su intelecto, velaba por los seres que le rodeaban y, junto a ellos, demandaba solución a un problema colectivo en la colonia donde habitaba. Y el periódico, por mi medio, atendía su petición de elevar una denuncia ambiental, que yo atendía gustoso. ¡Y cómo no, si por la denuncia me había sido posible conocer a la admirada poeta!

Claudia Lars (Carmen Brannon) nació en Armenia, Sonsonate, el 20 de diciembre de1899, y murió en San Salvador, el 22 de julio de 1974. Autora de una vasta producción literaria, destacan como sus principales obras: “Estrellas en el pozo”, “Donde llegan los pasos”, “Sobre el ángel y el hombre”, “Escuela de pájaros”, “Del fino amanecer”, “Poesía última”, libro publicado póstumamente, y muchas otras…

Pasaba el tiempo. Como redactor de Diario Latino, en mayo de aquel año la entrevisté en su oficina de la Dirección de Publicaciones del Ministerio de Educación, en el pasaje Contreras de San Salvador. Me interesaba que Claudia Lars opinara sobre el futuro director de Bellas Artes que se buscaba entonces, y que propusiera nombres. Yo anticipaba su respuesta, seguro como estaba de su experiencia y su capacidad intelectual para una nominación acertada. Y no me equivoqué.

-“Me alegraría inmensamente que Salarrué regresara a Bellas Artes -me respondió sin vacilaciones. Su renombre como escritor y pintor, conocido y admirado en todo el continente, se necesita en esa institución. Además, sus conocimientos sobre arte y literatura son de incalculable valor para el país…”

La entrevista se volvió amplia conversación, sobre diferentes temas del quehacer cultural. Para mi agrado, el tiempo parecía detenido. Llegada la hora de retirarme, le pedí posar para una fotografía, complemento de la entrevista. No olvido lo embarazoso de la situación que se dio, al solicitarle que posara.

– Ahora, estimada Claudia, le agradecería una fotografía… -comencé a decirle…
-¡Ay! no, no. mi hijito -interrumpió con rapidez. A mi edad, ya no. Ya no estoy para esos menesteres. El tiempo ha dejado sus huellas. Publícala así, sin foto. Prefiero que mis amigos y admiradores me recuerden en las fotos de mis mejores años…
— Bien, Claudia. Gracias por su tiempo y sus declaraciones.

En 1967, la Asamblea Legislativa otorgó a Claudia, Salarrué y Vicente Rosales y Rosales un reconocimiento en metálico, por su valioso aporte a la cultura nacional. Hubo opiniones sobre si convenía un solo aporte económico a cada uno o decretar pensión vitalicia. Por alguna razón, se acordó otorgar el reconocimiento único, en metálico. Así, desde mi cargo de Director de Información de la Asamblea Legislativa, fui testigo de aquella entrega y participé de la satisfacción de los tres poetas homenajeados. No se que pensaron ellos, pero a mí me pareció exigua la cifra: 15 mil colones a cada uno. Pero, algo era algo.

En 1968, a su paso por San Salvador, conocí al poeta hondureño Roberto Sosa, quien dicho sea de paso falleció recientemente en su país. Roberto venía de España, donde había recibido el Premio Adonais 1968, por su libro “Los Pobres”, que con fraterna dedicatoria conservo. Sostuvimos una larga entrevista sobre el quehacer literario en general, y particular del istmo centroamericano. Al lamentar la escasa presencia de valores femeninos en el istmo, se refirió únicamente a Claudia.

— Ustedes se salvan con Claudia Lars, una excelente poeta… -me dijo. Y se refirió al quehacer de Claudia, con bastante conocimiento.

Esa entrevista fue publicada en una revista literaria y en el periódico “El Universitario”, de la Universidad de El Salvador.

El 27 de junio de 1970, a raíz de una serie de interesantes publicaciones de Claudia sobre la cultura de los sefarditas o sefardíes, publiqué el artículo “La tarea divulgativa de Claudia Lars” (La Prensa Gráfica, junio 27/1970), en reconocimiento a la tesonera labor de la escritora, a quien entonces, como desde siempre, llamé “máxima figura literaria femenina salvadoreña de todos los tiempos”. Sobre este casi desconocido tema, conviene decir que los sefarditas o sefardíes son la población judía descendiente de españoles, fue expulsada de España en 1492, y luego de Portugal en 1496. La mayor parte se estableció en los Balcanes, Palestina y en el norte de África. Su lengua es el castellano del siglo XV, que llaman ladino.

Por todo eso, hablar de Claudia Lars es quedarse corto en el decir, considerando la talla de su personalidad. Una personalidad consagrada totalmente al quehacer literario nacional, como ejemplar institución en el contexto cultural de El Salvador…

El periodismo es de satisfacciones y no de bienes económicos. Particularmente a mí, aparte de muchas realizaciones por el servicio a la sociedad, me permitió conocer a Claudia Lars, para iniciar una respetuosa amistad, aunque breve, muy apreciada. Era el sueño de un niño de Villa El Rosario, Morazán, convertido en realidad. Por eso, el día de su partida, me uní a las innumerables manifestaciones de pesar y asumí la promesa de hacer un recordatorio personal siempre que, como hoy, me sea posible, para alentar por siempre la presencia rediviva de su espíritu; un espíritu consagrado en vida a la poesía, y que, por lo mismo, no ha de apagarse nunca. (RAO).

Pedro Geoffroy Rivas: vida, pasión y muerte del antihombre.

Posted in Los que se fueron... on mayo 4, 2015 by Renán Alcides Orellana

Una mañana cualquiera de invierno en 1964, todavía con mi timidez provinciana, estaba yo en el despacho del director del periódico “Tribuna Libre”, Pedro Geoffroy Rivas, en el centro de San Salvador. La figura del reconocido escritor, periodista y poeta, a quien yo veía por primera vez, me pareció seria-amable y atenta, esperando escuchar la razón de mi visita. Sin duda alguna, el director la imaginaba. Pero, con paciencia franciscana -que con el tiempo supe que no era su mejor virtud- la escuchó. Llegaba yo a solicitarle una plaza en la redacción, para iniciarme como periodista.

– Vengo de parte del poeta Roberto Armijo…comencé a decir, tímidamente. De inmediato, me interrumpió, sorprendiéndome su respuesta.
– A la gran puuuu… mire quién lo recomienda… -dijo con tronadora voz.
De pronto, como si notara mi asombro hasta rayando en el temor, cambió el tono de su acento, tornándolo más amigable y expresivo.
– No se preocupe, hombre. Comience a partir de mañana, pero lo que usted haga o no haga aquí de ahora en adelante, será cosa suya y no obra de quien lo recomienda.

Con los días, supe que lo de mal hablado, el tono grave y hacerlo con desenfado eran característica del director y, para mi bien, supe también el motivo de su reacción, ante mi alusión del poeta Armijo. Una divergencia había entre ellos, ocasionada meses antes por una polémica entre ambos poetas -Pedro y Roberto- en la Revista “Gallo Gris”, que entonces dirigía el poeta Oswaldo Escobar Velado.

Sin embargo, en el fondo, tal como lo confirmé después, existía aprecio y respeto mutuo; bien por su añeja amistad, bien por su afinidad y proximidad en el oficio, o por lo que fuere; pero así era. Me quedé en el periódico como reportero. Además, eran redactores Álvaro Sánchez, Mercedes Durand, Gilberto René Granados, Napoleón Corleto, Leticia Flores y el fotógrafo Juan Ramón Avilés. Así, poco a poco fui conociendo la personalidad y la historia particular de Pedro Geoffroy Rivas. Una historia que no terminó, acaso sí empezó, con su muerte el 10 de noviembre 1979…

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Poeta, periodista, historiador, antropólogo, lingüista y abogado, con énfasis por vocación en lo primero, Pedro Geoffroy Rivas nació en Santa Ana, el 16 de septiembre de 1908. Dijo en una ocasión:

Mi primer verso titulado ‘La búsqueda’ lo escribí cuando era un adolescente, en mi tierra natal. Era estudiante. Dicho poema lo leyó Jacinto Castellanos y lo publicó en el “Diario de Santa Ana”, en noviembre de 1927. Más tarde vine a San Salvador para estudiar medicina en la Universidad de El Salvador, pero ya tenía metida muy adentro mi afición por la literatura. Mi mayor satisfacción es haber hecho lo que a mi me ha gustado. Mi vocación literaria…

Y claro que hizo lo que quería, no en el sentido peyorativo, sino en el de elevar sus impulsos de poeta hacia dimensiones profundas, cuyos testimonios están ahí, producto de esa innegable vocación; y más por su estudio, disciplina y empeño, demostrados en el ejercicio creciente de la poesía y la historia, identificándose con una causa que consideraba justa y, además, consecuente con su compromiso de poeta frente a la realidad de su pueblo.

El escritor Luis Gallegos Valdés, en “Panorama de la Literatura Salvadoreña”, dice que Pedro, “rompiendo con su ambiente de señorito cafetalero, partió hacia México a sumarse a las filas del socialismo. El sollozo del romántico truncado que en el fondo era Pedro estalló en un grito de protesta. Es uno de los poetas, por otra parte, de más fuerte acento en Centroamérica. Pasión arrebatadora y verbo candente”. Lo dicho por Gallegos Valdés explica toda una trayectoria que se inicia en ese entonces y que se prolonga por varias décadas, con sus consecuentes riesgos que se concretaron en exilios, prisión, persecuciones y, lógicamente, cuestionamientos y críticas severas a su personalidad. Controversial y discutido, fue hombre de polémica ardiente y contundente, quizá por ser muy fiel y apegado a sus propios ideales.

Con una vasta producción de punzante ironía y cuestionamientos a una sociedad de posiciones falsas y deshumanizadas, la poesía y el ejercicio periodístico de Geoffroy Rivas han sabido “sentir y expresar el dramatismo latente en la vida del pueblo salvadoreño”, sin llegar a caer en “la protesta cartel”. Una gran producción, imposible por lo mismo de ser reseñada en cortos espacios literarios. Como imposible es también una mención de su poesía, sin una muestra de su alto poema “Vida, pasión y muerte del anti-hombre” que, por su fina audacia, en su momento estremeció la conciencia popular y literaria del país. Poema extenso, este es para mí su mejor fragmento:

… Vivíamos sobre una base falsa.
Cabalgando en el vértice de un asqueroso
mundo de mentiras,
trepados en andamios ilusorios,
fabricando castillos en el aire,
inflando vanas pompas de jabón,
desarticulando sueños.
Y mientras
otros amasaban con sangre nuestro pan,
otros tendían con manos dolorosas
nuestro asquerosos lecho engreído
y sudaban para nosotros la leche
que sus hijos no tuvieron nunca.
Ah, mi vida de antes sin mayor objeto
que cantar, cantar, cantar
como cualquier canario de solterona beata.
Ah, mis veinticinco años tirados a la calle.
Veinticinco años podridos que a nadie
le sirvieron de nada
Pobrecito poeta que era yo, burgués y bueno.
Espermatozoide de abogado con clientela,
oruga de terrateniente con grandes cafetales
y millares de esclavos,
embrión de gran señor violador de mengalas
y de morenas siervas campesinas…

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Con el tiempo, Roque Dalton hizo honor a este poema retomando uno de sus versos (”Pobrecito poeta que era yo…”), para el título de su novela collage, muy comentada por el contenido y la novedad de su estilo. Y a propósito, para el recuerdo, una anécdota:

El gobierno de Julio Adalberto Rivera, aunque no fue ajeno del todo a los actos de represión como gobernante, sin duda sí lo fue menos que otros de su partido en posteriores gobiernos. En ese marco del riverato, las persecuciones seguían. Uno de los más perseguidos y capturado varias veces, era el reconocido poeta y líder universitario Roque Dalton. Por aprecio y reconocimiento a su arriesgada lucha, los estudiantes siempre nos manteníamos en alerta y solidarios, cada vez que Dalton era perseguido o estaba detenido en alguna cárcel del país. En junio de 1964, Roque estaba preso por señalamientos políticos contra el régimen. Los periódicos, como siempre y por cualquier razón, evitaban dar esas informaciones. “Tribuna Libre”, no.

– ¿Tiene algo sobre la detención de Roque? -me preguntó el director Geoffroy Rivas, sin duda porque estaba seguro de que yo podía obtener más información, por mi condición de universitario.
– Lo último va en mi columna de esta tarde… -le contesté.
– Bien, bien…

En efecto, en mi columna periodística “Voz Universitaria” del 26 de junio, me refería así al caso Dalton:

La Fiscalía de la Universidad, a cargo del Dr. José María Méndez, por acuerdo del Consejo Superior Universitario en su XXXIII sesión, presentará recurso de exhibición personal a favor del estudiante de Derecho Br. Roque Dalton García, conocido elemento de las letras nacionales, cuya libertad se encuentra restringida. Esperamos que esta intervención legal termine con la persecución al estudiante, poeta y escritor salvadoreño…

Pedro Geoffroy Rivas, aquel intelectual director de “Tribuna Libre”, pronto vería que el periódico llegaba al final, a causa del cierre definitivo. Falta de recursos de los propietarios, presiones políticas o problemas por la línea de denuncia del periódico, no lo sé. Nunca lo supe. Tribuna Libre desapareció. Recuerdo que al final, uno de sus últimos editoriales, fogoso y de denuncia, se titulaba “Ladran porque me sienten”, muestra de la pluma audaz y punzante de Pedro.

Yo continuaría en el medio periodístico; Pedro, en su multifacético accionar intelectual, y ambos en nuestra relación de amistad. Con dedicatoria suya, conservo su libro “Los nietos del jaguar”, poesía de excelente finura estética e histórica. En el diario caminar le vi varias veces, siempre con su carácter fuerte a flor de piel y su eterno vozarrón, pero sincero y afable. Porque, hombre de apariencia fuerte, Pedro Geoffroy Rivas era todo cordialidad. Y, además, “uno de los poetas de más fuerte acento en Centroamérica”. (RAO).

Serafín Quiteño y su corasón con “S”.

Posted in Historia, Literatura, Los que se fueron... on abril 26, 2015 by Renán Alcides Orellana

A principios de la década de los años cincuenta, tuve la primera noticia en serio sobre Serafín Quiteño, cuando hasta mi natal Villa El Rosario, al norte de Morazán, me llegara su libro “Corasón con S”. Digo en serio, o de fondo, porque antes por mis maestros de lenguaje, apenas había tenido referencias del poeta. Y ahora, que un libro así llegara hasta mis manos, lo consideraba un privilegio.

Con los años, a fines de aquella década (1959), emigré a la capital en busca de oportunidades para estudiar y hacer periodismo y, por qué no, para buscar y establecer contacto con los escritores de la época, los anteriores y los jóvenes en boga entonces. Ya en la capital, aquel privilegio sería mayor al estrechar la mano de Serafín Quiteño, para el inicio de una, aunque breve, especial amistad.

El encuentro fue en la redacción de El Diario de Hoy, ubicado entonces frente al desaparecido Cine París, Barrio El Calvario de San Salvador, allá por 1964. Meses antes, yo recién me había iniciado en el periodismo activo, como redactor del vespertino Tribuna Libre, que dirigía el también periodista, escritor y poeta Pedro Geoffroy Rivas, mi maestro en el periodismo práctico. Ahora estaba en El Diario de Hoy, mismo periódico en el que laboraba, como especial columnista, el poeta Quiteño.

Aunque sonriente a la hora en que fuimos presentados por el también periodista y poeta Rolando Elías, Serafín Quiteño me pareció un hombre serio, tanto que, a pesar de la cordialidad del momento, con su mirada sagaz pareció fulminar mi timidez provinciana. Fue sólo mi percepción, pues en adelante siempre estuvo atento y muy afable con sus sugerencias y su amistad. Y aunque estaba claro que la diferencia generacional no sería un obstáculo, en adelante para mí sería don Serafín, muestra de mi aprecio y respeto a su innegable condición de periodista y literato.

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Serafín Quiteño (Fuente)

 

Serafín Quiteño nació en Santa Ana, en 1906; y murió en San Salvador, en 1987. Poeta, escritor y periodista de reciedumbre intelectual, su obra literaria recopilada en libros fue poca, pero dejó abundante obra dispersa, sumada a su trayectoria en el periodismo, género que cultivó durante varias décadas. “De aguda intención irónica -según sus biógrafos- unas veces su lirismo es cosa íntima, muy personal, si bien vuelca a veces los contenidos de sus motivaciones líricas hacia el paisaje salvadoreño…”.

En 1941, Serafín Quiteño había publicado Corasón con S y, posteriormente, publicó Tórrido sueño (1957), libro en coautoría con el poeta nicaragüense Alberto Ordóñez Argüello. Un libro que expresa amor al suelo cuscatleco, a su belleza y a sus tradiciones. Es “su Cuscatlán en colores”. En el campo periodístico, era el autor de “Ventana de colores”, columna que calzaba con el seudónimo de Pedro C. Maravilla. Y aquí es donde, sin lugar a dudas, Quiteño fue verdadero maestro. Periodista por vocación, esta disciplina le apasionaba. ¿Cómo ignorar su aporte como editorialista? Y, ¿cómo el de columnista de singular maestría en el difícil campo del periodismo cuestionador y humano? La columna “Ventana de colores” es el mejor testimonio de erudición profunda y magistral dominio del idioma, para enfocar el ser y acontecer social y cultural de su época, además de su admirable fecundidad y constancia, reflejadas en el mantenimiento de esa columna por más de 15 años ininterrumpidos. Un récord envidiable de continuidad, difícilmente igualado.

Pero, aparte de todo lo anterior, quizá la mejor y más ejemplarizante actitud de Serafín como intelectual lo constituyó, pese a su gran modestia, el sentido de seriedad y respeto por el idioma, seguro, desde su delicada interioridad, de que la pureza de la expresión contribuye al buen comunicar y distingue al buen comunicador. Serafín Quiteño fue eso: un gran comunicador. Un poeta de regia estirpe. El siguiente es fragmento de su poema:

MENSAJE DEL CORASÓN CON “S”
… Por todo eso, alma mía, ¡por todo eso!..
por tu bella costumbre de estar triste,
por tu amor silencioso y por el beso
que me pudiste dar y no me diste…
… desde un ángulo amargo del olvido
en que un negro pavor la sombra acrece,
te envío esta canción como un latido
de mi sencillo corazón con S.

Sea este recordatorio al escritor poeta Serafín Quiteño (Serafín con “S” mayúscula), un intento agradecido de aquel “muchacho del oriente cuscatleco venido al diario”, como se le dio en llamarme una vez, de perpetuar el nombre de este intelectual salvadoreño, ahora, a lo mejor, transitando hacia el olvido, pese a su reciedumbre literaria. Un intelectual que, por derecho propio, con su muerte se sumó al grupo de reconocidos poetas que se han ido, en diferentes fechas de la segunda mitad del siglo pasado e inicios del presente, adelantados en el viaje sin retorno:

Francisco Gavidia, Carlos Bustamante, Alfredo Espino, Claudia Lars, Salarrué, Vicente Rosales y Rosales, Pedro Geoffroy Rivas, Quino Caso, Raúl Contreras, Oswaldo Escobar Velado, José María Méndez, Napoleón Rodríguez Ruiz, Luis Mejía Vides, Ricardo Trigueros de León, Roque Dalton, Ítalo López Vallecillos, Armando López Muñoz, Álvaro Menén Desleal, Roberto Armijo, Ricardo Bogrand, Matilde Elena López, Rafael Góchez Sosa, Ricardo Martell Caminos, Antonio Gamero, Waldo Chávez Velasco, Cristóbal H. Ibarra, Eugenio Martínez Orantes, Eduardo Menjívar, Mercedes Durand, Rolando Elías, Hildebrando Juárez, Jorge Campos, Jorge Cornejo, Ulises Masís, Melitón Barba, Luis Galindo, Uriel Valencia, Heriberto Montano, Jaime Suárez, Ovidio Villafuerte, Alfonso Hernández, Reyes Gilberto Arévalo, Mauricio Vallejo, José María Cuéllar, Lil Milagro Ramírez,… y tantos y tantos otros, de omisión involuntaria… (RAO).

Álvaro Menén Desleal y su motivación a emigrar.

Posted in Historia, Literatura, Los que se fueron..., Personajes importantes on abril 20, 2015 by Renán Alcides Orellana

El año, quizá 1972. Varios miembros de la Asociación de Escritores Salvadoreños (AES), estábamos reunidos para celebrar y dar la bienvenida a Álvaro Menén Desleal a su regreso al país, después de una de sus prolongadas ausencias.

La reunión era en casa del poeta Rafael Mendoza, en el Barrio La Vega si mal no recuerdo, mirando hacia el sur de San Salvador. Ahí estábamos Rafael Góchez Sosa, Tirso Canales, Ricardo Castrorrivas, Alejandro Masís, Francisco Rivera, Julio Iraheta Santos, Salvador Juárez, Carlos Balaguer, Salomón Rivera y, desde luego, Rafael Mendoza, Álvaro y yo.

Todo era envidiable camaradería y, en medio de un prudente bullicio poético-musical, Menen Desleal era la figura central, no sólo por ser el invitado/homenajeado, sino porque nos compartía la experiencia enriquecedora de sus viajes, su desenvolvimiento y participación en otras culturas y su alternancia con escritores de otras latitudes. Pero, sobre todo, Álvaro hacía énfasis en su reiterativo llamado a “intentar salir temporalmente del país, cada uno de nosotros”, como única vía para la superación intelectual:
– Es de imperiosa necesidad salir a otros países a enriquecer y hacer crecer nuestra experiencia, y retornar con ella al país…- lo ratificaba Álvaro, con mucho énfasis.

Álvaro_Menen_Desleal

A partir de ahí, la motivación a emigrar sería la reiterada constante, con la que Álvaro trataba de estimular nuestro trabajo futuro. Así lo ratificaría en una entrevista “para analizar la realidad literaria de El Salvador y su proceso a partir de 1930”, aparecida en la Revista Caracol, del Departamento de Divulgación Cultural de la Universidad de El Salvador, en agosto de 1974. Con seriedad y franqueza, Álvaro contaba parte de su experiencia:

… Luego hay cierta coyuntura que nos salva. La emigración. Voluntaria o involuntariamente, nos vamos de El Salvador, por el exilio o porque de alguna forma nos sentimos presos en nuestro país, de tal forma que debemos irnos, a los quince años, a los dieciséis. Eso contribuye a la salvación de la generación aparecida en 1950, gracias a la vinculación que tiene con el movimiento del exterior, su interés por la temática y por la técnica cultivada en el exterior. Por eso trato de llamarle generación internacional.

Así, me voy a México, se van también Mauricio de la Selva, Mercedes Durand, Ricardo Bogrand, Armando López Muñoz. Nos vamos a México, trabajamos allá. Vemos una serie de cosas que es imposible ver en un medio como el salvadoreño. López Vallecillos y Chávez Velasco se van a Europa. Dalton a Chile y Europa. Esto nos ha librado a todos del medio, y es en este grupo que emigra donde están los mejores valores, porque, haciendo una selección, la nómina inicial se puede reducir a la mitad de ese grupo de 1950. Si nos ponemos un poco más estrictos, menos de la tercera parte, con Waldo Chávez, López Vallecillos, Mauricio de la Selva, Roque Dalton, Roberto Armijo y yo, somos los mejores. Más estrictamente, quizá sólo yo y Dalton tengamos valor. Ya lo veremos…

Acertadas o no, las afirmaciones y los señalamientos puntuales de Álvaro fueron su opinión personal, que muchos respetaron. Pero, independientemente de sus cuestionamientos, lo que conviene rescatar, para reflexión urgente, es su interés por motivar la necesaria emigración de los poetas, para salvar la poesía. Motivación extensiva, desde luego, a los representantes de todas las ramas del arte. Y las épocas de preguerra, guerra y pos guerra confirman que la excitativa de Álvaro, en cuanto a la necesidad de salir, voluntaria o involuntariamente, del país, tenía sentido entonces, como lo tiene ahora…

Cuando en 1962 Álvaro obtuvo el segundo lugar “Premio República de El Salvador”, en el VIII Certamen Nacional de Cultura, por la obra Cuentos breves y maravillosos, algunos señalamientos posteriores respecto a que había cometido plagio, no hicieron más que levantar su ánimo y una especie de autosuficiencia literaria, dado el golpe publicitario que pareció elevar antes que disminuir su personalidad. Sobre esto del plagio, el escritor Luis Gallegos Valdés hizo alguna referencia en su oportunidad, y describió, en parte, la obra premiada de Álvaro y sus incidencias posteriores en el ámbito cultural. Gallegos Valdés iba directo al grano: “El autor fue ducho en jugar un poco al enfant terrible, provocando alrededor de su obra, desconfianzas y dudas. Un crítico literario acusó de plagio a Álvaro, por haber tomado, casi literalmente, un cuento de un autor chino: Lieh-tse. Otros críticos hablaron de recreación…”

Tiempo después de aquel suceso, Álvaro y yo coincidimos un día en un centro comercial de vehículos, sobre la calle Rubén Darío, cerca del parque Bolívar. Álvaro estaba allí seguramente como cliente; yo, como visitante ocasional de un amigo. Conociendo Álvaro que mi labor periodística me imponía, por lo menos, una alusión mínima al tema de la acusación de plagio en contra suya, antes de que mediara el saludo me anticipó sonriendo.

— De literatura hoy no hablemos.
— Dime sólo tres palabras.
— Bien, sólo tres… ¿sobre qué?
— Sobre tus Cuentos breves y maravillosos.
— Recreación, recreación, recreación…

Así era Álvaro. Hombre de mucho talento. Vivió convencido de que aquí no podrá existir jamás el espacio azul que necesitan el arte y la cultura, mientras se nos obligue a la mayoría de salvadoreños a seguir soportando a funcionarios insensibles, cuyo mayor mérito es hacer gala de deshonestidad e incultura…
Aquella noche en casa de Rafael, los presentes sentimos el llamado a la reflexión y a la urgencia, planteada por Álvaro; la necesidad de emigrar por un tiempo para salvarnos, para salvar a la poesía, mediante el contacto y la vivencia con otras culturas.

— Sólo emigrar nos salva…- había reiterado.

Hoy, Álvaro es otro de los grandes que se ha ido. Otro de los grandes maestros y compañeros de afanes. Son y serán los grandes ausentes privilegiados para recordarles, por su vocación intelectual y su coherencia humana, que contrastan de manera diametralmente opuesta con el oscurantismo, la incapacidad y la deshonestidad de una parte de la clase política actual. Se fue en los días postreros del siglo XX; o, dicho de otro modo, como él lo hubiera expresado mejor, con humor e ironía, partir antes para no tener nada que ver con este siglo XXI.

MINI BIOBIBLIOGRAFIA
Conocí a Álvaro Menén Desleal antes de que se volviera “desleal”. Era entonces Álvaro Menéndez Leal. Lo conocí, pero distante, ejerciendo el periodismo junto a Roque Dalton y Otto René Castillo, en un teleperiódico que él mismo dirigía. Yo para entonces, apenas con los deseos de iniciar y entrarle de lleno al periodismo y escribir literatura. Leía lo suyo. Primero, alguna vez polemizando. Después, en su columna periodística “Los cinco sentidos”. Y más tarde, cuando sin reservas pregonó sobre si mismo: “un genio anda suelto”. Y en reuniones y entrevistas. Recuerdo su capacidad sorprendente para definir de inmediato cualquier situación coloquial. Su franqueza. Álvaro era así, franco, sincero hasta la ofensa y, por lo mismo, receptor de más de alguna antipatía y epítetos poco nobles, que a él -lo dijo más de una vez- le tenían sin cuidado.

Álvaro Menéndez Leal (Menén Desleal) nació en Santa Ana, el 13 de marzo de 1931 y murió en San Salvador el 7 de abril de 2000. Parte de su abundante obra son: “Luz Negra” (Teatro, San Salvador 1967); “Una cuerda de nylon y oro” (Cuento, San Salvador 1969); y “La Ilustre Familia Androide” (Cuento, Buenos Aires 1972), entre muchos otros. (RAO)