Orlando Fresedo.

En el mes del 45 Aniversario de su
fallecimiento, marzo 18 de 1965.

Me parece verlo cerquita y de frente, como la primera vez que le vi en el bar El Paraíso en el corazón de La Praviana, zona bohemia y enigmática de San Salvador, a principios de los años sesenta. Orlando Fresedo, el poeta de la irrepetible metáfora, enemigo de los convencionalismos y las poses dogmáticas, esa noche me estrechaba la mano con su acostumbrado acento irónico y burlesco, que después me pareció su mejor carta de presentación, aunque bajo aquel semblante adusto podía adivinarse la sonoridad y limpieza de un sentimiento puro.

Fresedo era uno de los poetas jóvenes de entonces que yo deseaba conocer; desde luego, sin menosprecio de los otros con quienes también entablé especial amistad y compañerismo. Y todo porque en mi lejano pueblo natal, Villa El Rosario, yo había conocido sus poemas y seguido la secuencia de una polémica periodística entre el poeta Fresedo y Matías Romero, para entonces sacerdote y, posteriormente, un seglar dedicado a los estudios filosóficos en la Universidad de El Salvador. Ambos serían después mis especiales amigos. “Yo debo conocer a Fresedo, y lo haré en cuanto llegue a San Salvador”. Con ese pensamiento alentaba mis nacientes alas literarias, mientras allá en mi lejana campiña, y desde las remotas regiones que casi colindan con Honduras, sobre mi rostro los vientos y los aires destilaban su pureza.

Y se llegó el día. Me trasladé a San Salvador y, entre las muchas cosas hermosas que me ocurrieron, estuvo mi encuentro con Orlando Fresedo. Osmín Martínez fue el vínculo inicial de mi amistad con Orlando. Osmín era mi antiguo compañero de estudios secundarios en el Instituto Nacional de San Miguel, con quien, junto a Luis Perdomo, habíamos formado un trío especial de amigos y compañeros inseparables. Luis un día se fue a la Escuela Normal y se hizo maestro, por lo que después nos veíamos de vez en cuando, siempre con el fraterno abrazo. Osmín se había hecho abogado. Ahora, sabía de mi interés y se propuso sorprenderme en cuanto a la manera de llevarme a conocer al poeta.

– ¿Tú quieres conocer a Orlando Fresedo, verdad?-, me preguntó, al tiempo que se respondía a sí mismo y para ambos.

– Iremos a verlo esta noche-, acotó.

Y fuimos. Y le vimos. Yo esperaba que Osmín me condujera a una residencia que imaginaba modesta como la de todo poeta. Por eso me sorprendió que nos detuviéramos frente al bar El Paraíso. Sin objetar seguí a mi amigo, quien hizo alto delante de una mesa donde, como ida y ausente, estaba una persona de apariencia débil. Aunque sentado, aquel hombrecillo me pareció ser de baja estatura, rostro redondo, de ademanes torpes aunque muy expresivos. Su rostro dejaba adivinar los efectos del alcohol.

– Te presento a Orlando Fresedo-, me dijo Osmín, mientras extendía su mano al poeta.

Mi sorpresa era tal que me quedé sin extender la mía. Para mi extracción provinciana, a pesar de las muchas lecturas de obras clásicas y sus autores, aquella no era la figura del poeta que esperaba encontrar. Pero aquella primera impresión de inmediato desapareció, en la medida en que avanzaba la conversación. Como adivinando mi sorpresa, le había oído murmurar:

– Sí, mi nombre es Aníbal Bolaños de nacimiento, hijo de Regino Bolaños, pero para el resto del mundo soy Orlando Fresedo.

Luego, la conversación entre poesía y poesía, entre trago y trago. Mis ansias literarias tiraron por la borda todo prejuicio absurdo, hasta sentirme realmente complacido e identificado con aquel nuevo amigo.

A partir de ahí, como alma gemela a la del poeta, cada encuentro mío con Orlando eran seguros tragos de licor o cerveza, que yo estaba obligado a invitar.

– Ahí viene mi buchadita-, decía extendiéndome su mano cada vez que me lo encontraba frente a la cervecería Gambrinus, cuando yo salía de la redacción del periódico y me encaminaba sobre la Segunda Avenida, a la hora del almuerzo.

Un día cualquiera, Fresedo se apareció en la redacción de El Diario de Hoy, entonces ubicado frente al Cine París, solicitando una máquina de escribir

– Sólo un minuto para copiar esto-, decía mientras extraía de sus bolsillos un papel estrujado y sucio.

Era un soneto. Algunos periodistas desde el momento de su llegada, porque lo conocían bien o porque no lo conocían bien, le reprochaban por su aspecto, hasta con insultos por “vago y sucio”, como si la poesía no fuera cosa limpia; sobre todo, la poesía inmensa como era la de Orlando Fresedo.

Me arriesgué a correr la misma suerte y ofrecí mi máquina Remington a Orlando, quien la usó con rapidez; y de pronto, con aire de reconocimiento, me la entregó.

– Voy a subir para dárselo al viejo- me dijo.

El “viejo” no era otro que Napoleón Viera Altamirano, el director del periódico que, sin duda conocía la calidad del poeta y su obra literaria. Es bueno aclarar que, independientemente del corte ideológico de su ejercicio periodístico, Viera Altamirano era un poeta de mucha calidad, que firmaba con el nombre de Enrique Rey Solares.

Mientras Orlando subía a la oficina del director, uno de los periodistas me recriminó y sentenció por mi actitud:

– Ojalá que no vuelvas a prestársela, porque se mal acostumbra-, me dijo serio.

En mis adentros, una risa burlona junto a un deseo piadoso. Siempre me he apiadado de las actitudes de quienes pecan por ignorancia, pero más me han ofendido los pecadores por malicia. Minutos después, el poeta, con sorna y una especie de burla contra quienes le habían negado su máquina, enarbolaba un billete de cinco colones que el director le había dado en calidad de compra por un excelente soneto que, el fin de semana siguiente, le daba esplendor y brillo a la página literaria del periódico. Compra barata de un extraordinario producto; pero, a esa realidad, sin aceptarla, el escritor ha tenido que conformarse.

Poeta de real estirpe por sus únicas y esplendorosas figuras literarias adornando cada soneto, Fresedo recibió distinciones y muchos reconocimientos antológicos por su excelente obra. Incluso distinciones que alguna vez le fueron conminadas a la devolución por inmerecidas, cuestión que al poeta parecía importarle un comino. Su obra casi toda dispersa en periódicos y revistas, reunida por amigos después de su muerte, fue eternizada en su libro Bahía Sonora.

Una noche de marzo de 1965 corrió la noticia: Orlando Fresedo había fallecido en un lugar apartado de San Salvador, víctima del excesivo alcohol e irrespeto a sí mismo. Auto inmolación del cuerpo y del espíritu de un poeta. Una especie de suicidio lento, más poéticamente doloroso que los demás suicidios. Su extraña manera de andar, de vestir y de cantar su canto, con total desenfado y burla frente a la vida, se marcharon aquella tarde de marzo. El diminuto Orlando huyó de la tristeza escribiría yo días después en Diario Latino, como para volver inolvidable la pequeña gran figura del hermano poeta, único por su espíritu irreverente y por el caudal de metáforas que, refulgentes, se adivinaban en su rostro redondo y en sus ojos saltones.

*

(Del libro LO QUE PASA CUANDO ELTIEMPO PASA, San Salvador, 2009.
Librerías  UCA, La Casita, La Ceiba, Clásicos Roxsil, Almacenes Nahanché).

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Una respuesta to “Orlando Fresedo.”

  1. Rolando Costa Says:

    Conmovedor y hermanador lo de Orlando Fresedo. Merece el cariño del tiempo. Saludos Renan Alcides.

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