Reencuentros: Alfonso Kijadurías, Rolando Costa y sus “Helechos”

Después de muchos años sin recordar cuántos, el pasado 21 de noviembre pude saludar a Alfonso Kijadurías. Como si hubiera sido ayer, las manos extendidas y el abrazo. Ocurrió durante la presentación del libro “Mientras viva esta Orquídea” (Clásicos Roxsil, 2009), de su paisano quezaltepecano José Rutilio Quezada. Luego, por imperativo fraterno, mi felicitación por haber obtenido el Premio Nacional de Cultura 2009, Rama Poesía, de la Secretaría de Cultura. Después, sobre su estadía, su regreso a Canadá y preguntas “¿Cómo te va en Quezalte? ¿Escribes…?”. “Bien, muy bien…”, para descender ambos al tema de la violencia y del peligro rondándonos a todos. Su invitación a Quezaltepeque. Y al final, la despedida con el abrazo y el “a ver cuando nos vemos…” de ambos.

Pero faltaba. Por la tarde de ese mismo día, nuevo reencuentro con Alfonso. Sólo que a la distancia. Un artículo suyo aparecía en el suplemento cultural Tres Mil de Diario Co Latino: “Helechos de Rolando Costa”, referido a una segunda edición ampliada de esta obra de Rolando, después de casi 40 años de la primera que, por cierto, constituyó la aparición y lanzamiento de un verdadero poeta salvadoreño, en 1971. Un poeta sin poses ni arrogancia y, lo mejor, sin auto elogios ni ditirambos que, por el abuso en vez del uso, terminan marginando hasta al mejor poeta y, con él, a su obra. Rolando es todo lo contrario, admirablemente discreto, quizás huidizo hasta de sí mismo.

Por eso y más, el artículo de Kijadurías me motivó. También con Rolando mis distancias habían sido como de siempre, sólo por oídas desde su primer “Helechos”. Sin embargo, hace unos pocos años los tres, con Refugio Duarte, integramos el Jurado Calificador de Novela Corta patrocinado por la casa de la Cultura Centro, de San Salvador. Demás está decir que ahí ratifiqué la calidad literaria de Rolando Costa y, sobre todo, su humildad de grande. Claro, porque el hombre entre más grande más humilde debe ser. Razón suficiente para que Alfonso lo describa así: “Poeta solitario, y solidario, quizás el más solitario de los poetas salvadoreños, pero al mismo tiempo coherente con los dictados de su conciencia, Rolando Costa permaneció como siempre alejado de grupos, corporaciones y círculos de intelectuales que profesan –en su mayoría- la doctrina según la cual solo existe una verdad a la que deberíamos consagrar toda nuestra vida para alcanzarla y un único cuerpo de expertos calificados para descubrirla o interpretarla; ese método puede alcanzar miles de formas, el stalinismo es una de ellas…”

Independientemente del contenido del nuevo “Helechos y otros poemas” de Rolando Costa, y de los conceptos y apreciaciones de Kijadurías sobre el poeta y su obra, por ahora dejaré la posibilidad de un comentario mayor y de fondo para otra oportunidad. Lo que no puedo dejar de hacer, aquí y ahora, es congratularme por mis reencuentros, aunque sea así de la manera descrita, con dos poetas auténticos y, sobre todo, humildes en su grandeza, ajenos a las frecuentes poses de dómine o de consagrados de la poesía, que desligitiman y desnaturalizan todo lo grande y apreciable del compromiso ético y estético del escritor.

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