San Romero y los que lo negaron.

Aun cuando ya se esperaba, la noticia de que el 23 de mayo próximo será la beatificación de Monseñor Oscar Arnulfo Romero, fue de regocijo y agradable impacto espiritual para los verdaderos católicos; y emocional para quienes, no siéndolo, siempre lo han tenido como su guía y como el auténtico defensor de los pobres y explotados del país y del mundo. Por eso, a los empobrecedores y explotadores -aun cuando se confiesen católicos- la noticia les incomodará y quizás hasta les haga roncha en su conciencia.

Monseñor Vincenzo Paglia, postulador de la causa de beatificación de Monseñor Romero, Presidente del Pontificio Consejo para la Familia, Obispo Emérito de la Diócesis de Terni-Norni-Amelia y enviado especial del Papa Francisco, trajo la noticia el pasado 11 de marzo, como ratificando la santificación que, desde hace ya algún tiempo, el pueblo -su pueblo- le ha otorgado a su Pastor. Al Pastor, voz de los sin voz, asesinado vil y cobardemente el 24 de marzo de 1980, por escuadrones de la muerte, servidores incondicionales del poder político y oligarca de entonces.

Las expresiones de Monseñor Paglia han sido elocuentes al referirse a Monseñor Romero: “Entre más estudiábamos, parecía más evidente que Romero no estaba inspirado en la ideología marxista, sino sólo en el Evangelio”… “Romero tenía que ser beatificado bajo el pontificado del primer Papa latinoamericano. Hoy me puedo explicar en profundidad el porqué de tantos retrasos. Dios esperaba al Papa Francisco. Dios ha escrito esta página con las líneas torcidas de sus opositores”…“Tengo una emoción muy grande, porque ahora tenemos un beato en el cielo que nos mira a todos…” (LPG,11-III-2015),

Ahora, a esperar el 23 de mayo. Y a esperar también una magna concentración de salvadoreños y a numerosas delegaciones, venidas de todos los rumbos del planeta, haciendo coro al unísono para exaltar el nombre y la figura del futuro Santo salvadoreño. Será un solo gozo, pero no para aquellos que un día no sólo lo negaron, sino que fueron autores intelectuales y materiales de su muerte o encubridores, incluyendo los numerosos correligionarios que, sin querer queriendo, por obediencia partidaria, con el silencio celebraron el cobarde crimen… Intentaron callar una voz/denuncia, que ahora es voz santificada en los altares…

Muchos antecedentes de riesgo mortal tuvo el martirio del Pastor. Uno grave fue su denuncia y solidaridad con el sufrimiento de los feligreses de Aguilares-El Paisnal, a raíz de la muerte del P. Rutilio Grande (1977). Y por el asesinato de muchos otros sacerdotes. Monseñor Romero reclamó al régimen de turno, por los crímenes y por la constante violación de los derechos humanos a muchos salvadoreños, víctimas de represión, destierro, secuestro, prisión y asesinato. Era su compromiso cristiano de ser la voz de los sin voz, ante las arbitrariedades y abusos institucionales.

Para 1980, se desató la guerra interna en El Salvador, dentro de la cual fue relevante el papel de denuncia evangélica de los activistas religiosos, que acompañaban al pueblo en sus demandas. El 23 de marzo, un día antes de su muerte, durante una misa en la Basílica del Sagrado Corazón, en el centro de San Salvador, Monseñor Romero, con grito profético denunció las injusticias y demandó el cese a la represión. Pero, no cesó la represión; al contrario, aumentó. Y como respuesta vil, el ejército de la oligarquía asesinó a Monseñor Romero. Un crimen que, por lo visto, seguirá en la impunidad, aunque todo el mundo sabe quienes fueron -son- los asesinos… (RAO).

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