LA NAVIDAD ES PARA TODOS

Archivo de mis andares

(Cuento navideño, años 60)

LA NAVIDAD ES PARA TODOS

Renán Alcides Orellana

Cuando salió de la sucursal de correos y echó a andar hacia el poniente sobre la Avenida Independencia, no reparó en la luna que a sus espaldas emergía voluminosa detrás de los tejados. Mercado Ex cuartel… Teatro Nacional… Plazuela 14 de Julio… Calle Arce…  Al llegar al parque  Hula Hula volvió la vista y la luna se le mostró en toda su dimensión sobre los edificios. La hermosa luna llena se deslizaba entre las nubes color gris azulado. Con sus mejillas gordas y chapudas, la luna le hizo recordar el rostro del abuelo. Sí, igualita, era exactamente igual al rostro bonachón del abuelo Alejandro cuando sonreía.

“Vos sabés que las buenas acciones tienen su recompensa. Pero, las buenas acciones valen sólo cuando al hacerlas dejamos de pensar en nosotros mismos…”

y el abuelo se atusaba los bigotes de patriarca repartidor de consejos sabios y extraños.

Se olvidó por un instante de la luna y observó el parque Hula Hula como vivero humano, rodeado de champas para venta de pólvora y sortijas de fantasía, que daban mayor esplendor al ambiente. Se agolparon los recuerdos. La casita familiar se le vino a la memoria. Sintió un ligero vuelco en el corazón. Sus cariños y sus ancestros de allá del pueblito le agitaban el pecho. Ah! la Villa El Rosario, en la oriental y agreste orilla cuscatleca, era un racimo de casitas en hilera, como valiosas perlas sin brillo, incrustadas en la planicie allá al pie de la montaña.   En Navidad, como tirado en desorden a la orilla del cerro, amarillento de luces artificiales desteñidas de candil y lámparas Coleman, el pueblito era una piñata de palabras dulzonas y afectos… 

Lo comparó con este cuadro del parque. Champas, bullicio impenetrable, algarabía sin rumbo, cohetillos, vocerío, “Felices pascuas”… y la luna como el rostro bonachón del abuelo. Pero, no. No era igual. Faltaba algo, mucho, todo. Para él desde hacía tiempo no existían las Navidades.

 “Son para otros, no para los solitarios del mundo”.

 Sintió en los labios algo salobre que caía de sus ojos. De la imagen del abuelo Alejandro pasó a la del otro abuelo Zenón.

“De sus nombres hicieron uno sólo para mí, este que traigo encima: Alejandro Zenón; pero, todos en el pueblo y después aquí en la ciudad me lo abreviaron y así, AZ me dieron en llamar “para que a la gente no le resultara demasiado largo”.

Hundióse más en los recuerdos. Huérfano de padre a temprana edad, con su madre echaron a andar el proyecto familiar, después de que muy joven al buen hombre de su padre le faltaron las fuerzas. Murió una tarde gris de mayo, cuando AZ contaba veinte años.

“Vos sabés que uno tiene que morir un día. Es ley de la vida. Pero, en la medida en que seas justo y honrado, así se mantendrá tu recuerdo entre las gentes. Claro, no se debe ser bueno sólo para que te recuerden. Hay que serlo porque hay que serlo…”

Luego, su viaje hacia la capital en busca de mejor suerte. Unos cuantos centavos, lo último de la familia que había desaparecido con la muerte de su padre y algunas recomendaciones, fueron su equipaje. De eso hacía algunos años. Su colocación como mozo de servicio en la sucursal de correos, su ascenso a cartero y la estimación de sus jefes por su dedicación al trabajo y a los estudios nocturnos, completaron el fugaz recorrido a lo largo de su vida.

Volvió de su abstracción. El parque Hula Hula iba como creciendo en algarabía. Trató de compartir la alegría reinante. No pudo lograrlo. La gente le resultaba extraña. Observó el reloj público de la joyería del portal. La hora estaba cerca. Debía cumplir la misión que al mediodía le encomendara su jefe.

“Hoy es Navidad y hay descanso para algunos. Vos estarás de turno hasta entrada la noche. Cuando terminés tu reparto ordinario llevás esta carta al Hospital Rosales. Es para Raul Díaz, me parece que lo conoces…”

 Claro que lo conocía. Raul era un niño con parálisis en las piernas que hacía dos meses había soportado una operación, con estoicismo y entereza.  Larga era su convalecencia. Desde entonces por azares del destino eran entrañables amigos. Los fines de semana y días libres en el trabajo, AZ iba a visitarlo al hospital.

“Vos sabés que no se debe renegar por aquello que no se puede tener. La mejor manera de honrarse uno mismo es pensando más en ser noble y bueno. Se trata de ser bondadoso y honrado, de darse siempre. Ahí está el ser. Eso sí, hay que se honrado y también  parecerlo…”

¿Cómo ocurrió su encuentro con Raul? Lo recordó detalladamente. Una tarde del pasado abril llegó al Hospital Rosales a entregar una carta.

  • Para el señor Raul Díaz, dijo al portero.
  • Shhh! Raul Díaz no es un adulto, es un niño huérfano en peligro de muerte y ningún donante de sangre se ha presentado, a pesar de los muchos llamados al público. Su tipo es RH Negativo, pero ni comprada. Pobre niño, a saber quien le escribe. Debe ser otro de tantos que lamentan no poder ayudarle. Dejáme la carta, yo se la daré…
  • Señor, yo podría ofrecerme. Soy RH Negativo, bien que lo sé…
  • ¿Te animás? Harás un bien…

Luego, la operación. Raul Díaz no sólo se salvó de una muerte segura sino que dio esperanzas de caminar algún día. Desde entonces Raul y AZ se reciprocaban especial cariño. Según los médicos y las enfermeras, Raul no era ya un huérfano solitario. Esperaba ansiosamente que terminara su convalecencia.

Ahora, AZ estaba listo para verle de nuevo, esta vez por razones de trabajo. Se intranquilizó. ¿Quién escribiría a Raul si no tenía parientes más que a él? ¿Por qué su jefe le había pedido que fuera él, precisamente, quien entregara la carta? ¿Y por qué debía hacerlo a las ocho de la noche, puntualmente, ni más ni menos?

“Es cierto que hoy es Navidad, pero las felicitaciones pueden entregarse a cualquier hora y cualquier día de diciembre…”

Sin embargo, sintió alegría porque no tendría que esperar hasta mañana para abrazar a Raul y desearle Felices Pascuas. Además, era una orden y había que cumplirla. Arriba, la luna parecía cada vez más alta.

“Vos sabés que la virtud de obedecer tiene su precio. Vos sabés que de alguien o de algo dependen nuestros actos. Los seres humanos somos iguales como seres humanos, pero en el diario vivir hay categorías. Es honroso y grande, pues, obedecer los principios y las órdenes…”

Se encaminó a su destino. El Hospital Rosales tiene siempre uno de los más bellos árboles de Navidad en todo San Salvador. Ahí, frente el portón principal, se encontraba AZ. El reloj estaba a punto de dar las ocho campanadas. Le sorprendió el gesto por demás amable del portero que, sin dar o pedir explicaciones, le invitó a pasar adelante.

“Cosa rara, hoy nadie se ha detenido a preguntarme hacia donde voy. Debe ser por la Navidad”.

Continuó avanzando.

 “Vos sabés que en Navidad todo mundo reparte regalos y afectos. No se puede ignorar la Navidad como fiesta universal de todos y cada uno”.

Entró al edificio. Buscó la sala de Raul. Escuchó voces alegres, como olvidadas de la realidad. Sintió compartir esa alegría porque no le pareció de gente extraña.

 “Está iluminada más de la cuenta. Debe ser por lo mismo: es Navidad y nadie duerme…”

Llegó hasta el umbral y de pronto una exclamación de varias gargantas al mismo tiempo. La cama del niño estaba cubierta de flores y regalos. De pie, frente a ella y muy erguido, Raul Díaz lo esperaba con los brazos abiertos y una ancha sonrisa mojada de lágrimas. A su alrededor, médicos, enfermeras, empleados y ¡vaya sorpresa! también estaban su jefe y sus compañeros de trabajo de la sucursal de correos, repitiendo “Feliz Navidad para un hombre noble y honrado”. Abrazos, lágrimas, palabras sin sentido.

El jalón de una fuerza especial hizo volver hacia el techo el rostro humedecido de AZ. En el enorme techo de tejas de vidrio para espantar la oscuridad, estaba ella. La luna, con sus mejillas gordas y chapudas igual que el rostro del abuelo, sonreía complacida.

“Vos sabés que las buenas acciones tienen su recompensa. La Navidad es para todos…”

(En una Navidad, principios década 1960).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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