DOS OCTUBRES HISTÓRICOS

15 DE OCTUBRE  DE 1979: GOLPE DE ESTADO AL PRESIDENTE ROMERO

OCTUBRE  1980: VILLA EL ROSARIO AL BORDE DE UNA MASACRE

Renán Alcides Orellana

OCTUBRE 1979

…  Durante más de doce años, entre 1980 y 1992, el Gobierno de El Salvador y el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) protagonizaron una guerra civil, cuyas motivaciones y antecedentes fueron diversos. Sin embargo, no es aventurado considerar como causas prioritarias para su estallido inicial los crecientes reclamos populares que, por las injusticias, arbitrariedades y autoritarismo oficiales, hicieron crecer un insostenible descontento que venía en aumento, de manera paulatina, a lo largo de todos los regímenes militares anteriores.

Era evidente el desajuste y descontento sociales. Desde muchos años antes, un sesente por ciento de la población exigía tierras cultivables y el no cumplimiento de esa demanda era causal prioritaria y también caldo de cultivo para promover una insurrección popular. El 15 de octubre de 1979 fue derrocado el general Carlos Humberto Romero, que había asumido la presidencia en 1977. Jóvenes oficiales del ejército dieron el golpe de Estado argumentando abusos y arbitrariedades, especialmente referidos al irrespeto a los derechos humanos.

La fama de represor del general Romero le venía desde mucho antes, aumentada en el período presidencial anterior, cuando su principal objetivo habían sido los estudiantes universitarios, las organizaciones civiles y los opositores políticos. El 30 de julio de 1975, siendo Ministro de Defensa, por orden del presidente de entonces, coronel Arturo Armando Molina, ordenó la masacre en la que perecieron muchos estudiantes universitarios y de secundaria, así como miembros de la sociedad civil. El ataque alevoso y con gran abuso de fuerza, pues hasta tanquetas fueron lanzadas contra la manifestación estudiantil, se dio sobre la 25 Avenida Norte de San Salvador, a la altura del Instituto Salvadoreño del Seguro Social y otros centros de una zona hospitalaria. Fue una sangrienta masacre más para la historia.

Los militares y civiles autores del golpe de 1979 lanzaron como oferta del nuevo gobierno una proclama, justificando el derrocamiento del dictador, pero las justificaciones y ofertas de los golpistas no convencieron a la coordinadora rebelde, la cual no sólo deslegitimó el golpe sino que lo rechazó, levantándose en armas en poblaciones de la periferia de San Salvador: Mejicanos, Ayutuxtepeque, Soyapango, San Marcos y en otras ciudades importantes del país. Así, prácticamente, comenzó la guerra. Como aletazo doliente se esparció por todo el territorio, entre ataques y contra ataques del ejército nacional y la guerrilla.

OCTUBRE 1980

La guerra cundió con su secuela de muerte y destrucción, especialmente derivada de fuertes bombardeos del ejército que intentaba aniquilar a las escuadras guerrilleras, hábilmente acantonadas en lugares estratégicos, urbanos y rurales, de El Salvador. Por lo desolado, estrecho y pobre de vegetación del territorio, era evidente algún apoyo de la población a las fuerzas insurgentes. Eso, sin duda, indignaba más al ejército que, sin piedad, atacaba como represalia a la población indefensa.

Por cuestiones de familia y por interés profesional, yo estaba pendiente de los acontecimientos en todas las zonas del país. Y más, sobre los aconteceres en mi pueblo natal. Villa El Rosario fue parte de los escenarios más fuertes de la guerra en la Zona Oriental. Los soldados hicieron matanza de civiles dentro del esquema “tierra arrasada”. Muchas poblaciones fueron destruidas y abandonadas, mientras los habitantes huían sin rumbo. Eran las escapadas en masa, conocidas como “guindas” en el caló popular. Mientras mujeres, ancianos y niños huían por los montes, los comandantes guerrilleros del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) permitieron que se alistaran con ellos muchos jóvenes y adultos, entre mujeres y hombres, de las distintas vecindades. No había alternativa. En aquellas jornadas iniciales de huidas y sufrimientos por la guerra y durante la guerra misma, el pueblo contó con el acompañamiento humano y cristiano de los sacerdotes Miguel Ventura, Rogelio Poncell y Esteban Velásquez, todos ellos compartiendo como verdaderos pastores los sufrimientos de la población. Guía espiritual y presencia humana, aligerando la carga de pesar del pueblo oprimido.

En octubre de 1980, la desobediencia de una orden militar evitó en Villa El Rosario una masacre que, de haberse consumado, hubiera sido de mayores proporciones que la que se daría en El Mozote un año después, en diciembre de 1981. La tarde del 7 de octubre, precisamente en la víspera de las festividades patronales en honor a la Virgen del Rosario, el ejército se tomó la población con escandaloso despliegue de hombres y armamento. La orden era arrasar -el operativo  se denominaba “tierra arrasada”- con toda la población, que no quedara una persona viva.

– Toda la población de Villa El Rosario es base guerrillera, extermínela,- fue la orden venida desde el puesto de mando de Perquín; y quien la recibía era el capitán Francisco Mena Sandoval.

Con los nativos de ahí y tantos refugiados venidos de poblaciones vecinas, las posibles víctimas eran muchas, quizás unas tres mil personas, unas refugiadas en el templo, otras en las casas y el resto en las calles. Todos eran blanco perfecto, si la orden militar se cumplía. Pero, no se cumplió. El desobediente oficial Mena Sandoval y el capitán Marcelo Cruz Cruz, de Sanidad Militar, en una especie de conversión más humana que cristiana, hicieron causa común con la población y evitaron el bombardeo, exponiéndose al riesgo de desertar o de ser sometidos a consejo de guerra hacia una muerte segura. Los militares habían confirmado que no existía presencia de guerrilleros en la población, como la que justificaba la orden de bombardearla. Habían visto que líderes del pueblo, como Tony, Evelin, Otoniel, Ana y Noé junto a muchos otros rosarinos, arriesgando su vida habían resistido a la amenaza mortal, con discusiones y desafío a los invasores armados, aún a costa de sus propia vida. Y no sólo eso, se habían entregado al esfuerzo de conseguir alimentos y distribuirlos entre los miles de refugiados.

– He desobedecido la orden de bombardear a la población -dijo al final Mena Sandoval a la joven Evelin Romero, quien siempre lo había enfrentado.

– Mena Sandoval optó por el proyecto de vida -diría Evelin algún tiempo después, recordando las incidencias de aquella casi segura masacre…

(Fragmentos de mi libro LO QUE PASA CUANDO EL TIEMPO PASA, San Salvador 2009, págs. 315-316).

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