ASÍ ERES TÚ, VILLA EL ROSARIO

Un recuerdo nostálgico!

Renán Alcides Orellana

… Quien conoce la comunidad Segundo Montes, al norte de Morazán, ha de recordar que en cuanto se pasa su último caserío, en ruta hacia Perquín, hay un desvío hacia la izquierda, que se bifurca unos metros adelante: hacia la derecha, a un kilómetro y medio, está Jocoaitique; y, hacia la izquierda, a nueve kilómetros, Villa El Rosario. Pueblo de rostro amable como tantos en el país, de pureza ancestral, de exaltado corazón y orgullo indígena. Punto de convergencia fraterna de sus vecinos: Torola, Jocoaitique, San Fernando, Perquín, Gualococti, San Simón y San Isidro. Pueblos de su entorno de siempre, por demás maravilloso. Rumor de paisajes agrestes. Correntadas de luna serpenteando en las aguas de los ríos Torola, Sapo y Araute. Olor a brisa nostálgica, desprendida de los pinares fronterizos en leve contacto con el cielo.

Villa El Rosario, plenitud de recuerdos. Comunidad de simbolismos perennes de nuestros ancestros. Heredero del signo autóctono, batallador y libre, que le legaron sus antepasados. Raza Lenca, pura y aguerrida, desafiando al tiempo y a los conquistadores de entonces. Su historia nos viene por tradición o por documentos que el tiempo ha apolillado y porque, de boca en boca, las generaciones se han ido acostumbrando a marcar un rastro, una huella, para rescatar y mantener viva su memoria histórica. Con el nombre de El Rosario, el pueblito fue fundado a principios del Siglo XIX,  por la reducción de la región de Araute, nombre vernacular que significa “Valle de las cuatro casas”. Fue un asentamiento donde numerosos ladinos convivieron bajo el mandato de las Leyes de Indias y Ordenanzas, siendo constituido en pueblo; y desde 1883, goza de la jerarquía municipal de Villa, situada a 32 kilómetros de San Francisco Gotera, cabecera departamental de Morazán; y a 208 kilómetros de la capital, San Salvador. Es una región de pura ascendencia y estirpe Lenca, con algunos núcleos Ulúas, como todas las poblaciones de la Zona Oriental de El Salvador; es decir, desde el río Lempa hasta el río Goascorán.

Villa El Rosario, semillero de leyendas y recuerdos sin tiempo ni distancias. Para sus hijos residiendo aquí o allá, en Gotera, San Miguel, San Salvador o en Houston, Los Ángeles, Nueva York o en cualquier otro lugar de los Estados Unidos, o en Canadá, Australia, Suecia o en el resto del mundo, siempre será depositario fiel de su ombligo. Será también enorme arcón de recuerdos de aquella gente buena, la gente que se fue, la que entregó su cariño entrañable y sincero allá por los años sesenta, cincuenta y cuarenta, hasta donde yo recuerdo. Nunca será una Villa El Rosario distinta a pesar de las ausencias. Entre más distante más presente estará en cada uno de sus hijos, lejanos y trashumantes. Yo me incluyo. Y por ese arraigo pueblerino, su recuerdo siempre será caricia encendida en mi equipaje de peregrino irredento…

(De mi libro LO QUE PASA CUANDO EL TEMPO PASA, Págs. 16-17, San Salvador, 2009)

 

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