1977: ASESINATO DEL PADRE RUTILIO GRANDE

 

Fragmento del Capítulo

SAN ROMERO DE AMÉRICA,

de mi libro autobiográfico

LO QUE PASA CUANDO

EL TIEMPO PASA, San Salvador, 2009:

… El 11 de marzo de 1977, durante el período presidencial de Arturo Armando Molina, la Guardia Nacional asesinó al padre Rutilio Grande en la zona de Aguilares y El Paisnal, al norte de San Salvador. El padre Rutilio encabezaba un grupo de sacerdotes y laicos, quienes mediante un intenso trabajo pastoral acompañaban a los campesinos en su organización y reclamos de mejores salarios y mejores condiciones de vida. Varias organizaciones  campesinas, como la Federación Cristiana de Campesinos Salvadoreños (FECCAS) y la Unión de Trabajadores del Campo (UTC) y numerosas Comunidades Eclesiales de Base (CEB), surgidas y creciendo a nivel de América Latina con el acompañamiento de la Iglesia Católica, mediante un trabajo eficiente y sostenido, creaban nuevos estados de conciencia, especialmente en el ámbito rural, en su lucha por la reivindicación campesina.

La muerte del padre Grande, especial amigo y confesor de Monseñor Romero, hirió hondamente al nuevo Arzobispo, como lo herirían en su oportunidad otros crímenes del ejército salvadoreño contra varios sacerdotes, fieles como él a la verdad y al Evangelio: Cosme Spessoto, de la orden franciscana y preocupado por la dignificación de los pobres; Alirio Napoleón Macías, Octavio Ortiz, Alfonso Navarro, Rafael Palacios, Ernesto Barrera, todos sacerdotes diocesanos, y otros. Entre 1977 y 1980 fui corresponsal de prensa en El Salvador del Banco Centroamericano de Integración Económica (BCIE), cuya sede está en Tegucigalpa, Honduras. Mi oficina estaba en el octavo piso de la Torre Roble, en Metrocentro. Desde esa altura me era muy fácil distinguir el templo de la parroquia La Resurrección de la Colonia Miramonte. Una tarde de mayo de 1977 me tocó observar a Monseñor Romero presidiendo el sepelio del padre Alfonso Navarro, cuyos restos descansan en el interior de ese templo. No pude, por tan lejos, apreciar el gesto ni la actitud de Monseñor al despedir a uno de sus jóvenes sacerdotes; pero conociéndolo como le conocía, imaginé su queja escondida y su furia divina ante tan abominable asesinato. Igual de doloroso e indignante que los de sus otros hermanos sacerdotes, víctimas de los escuadrones de la muerte, tan en boga en aquella época y después.

Monseñor Romero exigió justicia, sin que fuera oído. El 1 de junio de ese año asumiría la presidencia de la República el general Carlos Humberto Romero, producto de evidente fraude cohonestado por su antecesor, coronel Molina, de quien el general Romero había sido su sanguinario ministro de Defensa. Dos Romeros distintos: Monseñor Romero y el general Romero, polos opuestos que, a partir de entonces, muchas gentes y la historia misma, a tono con expresiones de religiosidad popular, los han simbolizado respectivamente como “la reencarnación del bien y el mal”.

Como Monseñor Romero no viera ninguna diligencia oficial hacia el esclarecimiento de este y tantos otros crímenes, se negó a participar junto al Ejecutivo en los actos de toma de posesión presidencial del otro Romero, rubricando su negativa con una lapidaria frase.

– Mientras no haya avances y buena disposición del gobierno para investigar el asesinato del padre Grande y demás crímenes, yo no acompañaré al Ejecutivo en este y otros actos-, proclamó con sentido profético el Arzobispo Romero.

Y no lo acompañó. Ese sería el despegue de un conflicto entre el Gobierno y Monseñor Romero, no se diría del Gobierno contra la cabeza de la Iglesia, porque aparte de dos o tres obispos consecuentes con los ideales y la acción pastoral de Monseñor Romero, el resto de la jerarquía no sólo le contrariaba sino que lo adversaba, como muestra franca de connivencia con el gran capital oligárquico y sus excluyente modelo socio económico y de injusticias contra la población más humilde.

A partir de entonces, Monseñor Romero increparía al régimen de turno, por las constantes violaciones a los derechos humanos de muchos salvadoreños y salvadoreñas, víctimas de represión, destierro, secuestro, prisión y asesinato. Reclamaría por la más de media docena de sacerdotes y tantos catequistas rurales y ciudadanos honrados, que habían sido asesinados. Monseñor venía enfrentando estas acciones con palabra fuerte y reclamando justicia, aún a costa de los enormes riesgos que implicaba su denuncia. Era su compromiso cristiano de ser la voz de los sin voz; es decir, vocero de los desposeídos que clamaban justicia ante las arbitrariedades y abusos institucionales… (RAO).

 

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