YO VIVÍ EN EL MOZOTE

Renán Alcides Orellana

 

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Rufina Amaya, mujer símbolo de las heroicas madres de Morazán.

Hace 34 años, el 11 de diciembre de 1981, se dio la masacre de El Mozote, perpetrada por el ejército salvadoreño y dirigida por el coronel Domingo Monterrosa,  en el marco de la guerra civil 1980-1992. Todas las masacres  han dolido -duelen- al Soberano pueblo, pero la de El Mozote, y sin menosprecio de las demás, duele tanto porque las víctimas fueron en su totalidad niños, mujeres y ancianos. El plomo criminal no respeta, no hace distingos de personas, porque su finalidad es matar, matar, matar…

Yo conocí durante un año a aquella noble gente de El Mozote y, por tanto, entre las víctimas de la masacre de 1981, muchas de ellas, fueron mis especiales amigos o conocidos. Por eso, hoy revivida la memoria de aquellas inocentes víctimas en un nuevo aniversario, también yo he vuelto a los recuerdos. En  febrero de 1951, a mis 14 años de edad, me convertí en el primer alfabetizador de hombres y mujeres en El Mozote, caserío que -como después lo supo todo el mundo, por la guerra civil de los años 80- está ubicado en el Cantón La Guacamaya, jurisdicción de Meanguera, al norte del departamento de Morazán. En aquel tiempo, por lo escondido entre los cerros lejanos y por la dificultad de llegar si no era sobre lomo de mula, ir al El Mozote desde mi pueblo natal, Villa El Rosario, me resultaba una odisea. Una odisea que, sin embargo, disfruté.

Para entonces, El Mozote era montañas, hermosas montañas, esplendorosas montañas, vírgenes montañas. El Mozote -como lo describí alguna vez- era réplica fiel de un vergel de mariposas. Una calle larga, flanqueada por frondosos bosques de “manzana pedorra”, era el nervio vital del caserío. Crecían los maizales; los cañaverales lanzaban estocadas de miel al firmamento; los magueyales afilaban sus puntas de luz; el agua corría canturreando límpida por las cunetas de barro colorado; las frutas eran gajos de miel por todas partes. Muchas “plantitas monteses” llenaban de colores extraños la serranía. El ganado pastaba tranquilo, como rumiando paciencia, mientras incontables nubes de pajaritos saturaban de alas el paisaje. A pesar de todo, me dolían la distancia y la nostalgia.

Sin embargo, por la bondad de la gente y la exuberancia de una naturaleza virgen, era una convivencia feliz. Mi labor era alfabetizar a jóvenes y adultos, de ambos géneros, muchas veces agobiados por la pobreza y la desesperanza. Gente buena de estirpe Lenca, me ofrecía sin reservas lo poco que tenía, con agradecimiento puro “por las letras y los números que nos enseña”. Aprendí mucho de ellos, de su grandeza, de su generosidad sin límites.  Suficiente razón para entender que el hombre entre más grande, más humilde debe ser.

En El Mozote, la escuelita recién construida y la ermita en construcción podían considerarse punto de partida para una fresca travesía hasta la tienda de don Israel Márquez, hombre noble, muy querido en toda la región, quien, sin duda por eso mismo, fue de los asesinados en la masacre de 1981. Allá íbamos don Pablo Antonio Alfaro, viejo maestro cojutepecano encargado de la enseñanza diurna, y yo. Don Pablo Antonio  por cigarrillos; yo, por galletas y “moscabado”. El moscabado, según se estilaba por aquellos lugares, era una especie de azúcar blanca y pura, muy refinada, que se vendía en cartuchos de papel periódico o de empaque. Un sustituto ante la carencia de dulces. Así era el recorrido nocturno de siempre, vuelto agradable rutina. Iniciada la semana escolar, todo se tornaba ameno, interesante.

Como dato geográfico e histórico: allá abajo, el río Sapo serpenteante con su caudal de luces; enfrente, en lo alto de los cerros, Joateca. Y más allá, el río Torola y muchas alturas imponentes, que de tanto y tanto verlas las sentíamos realmente nuestras. ¡Quién iba a decirme, entonces, que durante la guerra, aquellos sitios tan familiares de El Mozote serían el escenario de una cruel matanza de campesinos, especialmente de mujeres y niños, ejecutada por el ejército salvadoreño! El 11 de diciembre de 1981, los fusiles, vomitando plomo criminal, sacudían los frondosos bosques con impacto certero, despiadado, cruel e inhumano; mientras que los centenares de cuerpos, de adultos y niños, eran despedazados en el aire, como cuando alguien despluma pajarillos inocentes.

La versión sobre la masacre de El Mozote dio la vuelta al mundo y evidenció concreces la crueldad del ejército salvadoreño, vuelto más represor durante el conflicto de El Salvador. Esa y muchísimas masacres más: Sumpul, Copapayo, Tres Calles, La Cayetana, El Calabozo, Villa El Rosario, los sacerdotes Jesuitas, las monjas Maryknoll, los dirigentes del Frente Democrático Revolucionario (FDR), … se registran como delitos de lesa humanidad, sujetos a condena total para los gobernantes, mandos militares, soldados, y los cuerpos de seguridad de entonces, responsables de tantos crímenes.

La masacre de El Mozote fue, además, un crimen contra la inocencia, yaque las víctimas eran en su mayoría niñas y niños, salvajemente asesinados. Y como madre símbolo, Rufina Amaya. Ella fue la madre que, al momento de la captura y encierro de toda la población para masacrarla después, como acto providencial logró escapar de la columna de los condenados a muerte y refugiarse entre arbustos y cercos de piedra. Antes le habían sido arrebatados sus hijos, entre ellos uno aún de pecho o sea lactante. Los gritos de sus hijos y demás niños pidiendo auxilio, fue el estallido desgarrador que Rufina jamás pudo olvidar. Ella es, por todo eso, símbolo del dolor maternal por tanto niña y niño muerto y desaparecido en El Salvador, víctimas de las hordas represivas de los gobiernos de turno.

Yo conocí a Rufina Amaya aquel año de 1951 en El Mozote. Me parece recordarla como niña de primero o segundo grado de las clases diurnas, a cargo del profesor Alfaro. Yo trabajaba al final del día e inicio de la noche. Ella misma me lo confirmó durante el acto conmemorativo del XX Aniversario de la Masacre de El Mozote, en la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas, en diciembre de 2001.

– Sí, bien lo recuerdo –me dijo-, yo era una escuelera cuando usted trabajaba allá.

Por todo eso recordaré a Rufina, como la recordará todo el mundo humanizado y honesto, mientras habrá rechazo eterno para quienes ahora, vivos o muertos, tienen esta mancha sobre sus nombres. Para recordarla mejor, las siguientes son frases lapidarias de Rufina Amaya, que se han quedado suspendidas en el tiempo, como reclamo justo a los responsables de la horrenda masacre:

– “Yo lo que espero es la justicia, que haya justicia -dijo Rufina. Una justicia no es venganza, sino que la justicia debe ser un reconocimiento a las víctimas y también un reconocimiento a los errores que ellos cometieron. Deben pedirle perdón al pueblo, porque la mayoría de la gente ha quedado sin hijos y sinpapás; entonces merecemos el respeto humano y que ellos reconozcan lo que hicieron y también que le pidan perdón al pueblo. Que haya justicia, porque si no hay justicia no hay perdón”.

Toda medalla tiene su reverso. Como contrapartida también, desde las envidiables alturas de El Mozote, quizás todavía pueda verse enfrente una zona escarpada, cerca de Joateca, que el 23 de octubre de 1984, sería el escenario del ataque guerrillero del FMLN que acabaría con la vida del  coronel Domingo Monterrosa, principal dirigente y ejecutor de aquella masacre de 1981, y considerado responsable de las unidades que,  como en el caso de El Mozote, reprimieron a las comunidades campesinas de aquella zona y de todo el país, ahora listas a ser revindicadas por la historia. (RAO).

 

 

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Una respuesta to “YO VIVÍ EN EL MOZOTE”

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