QUINO CASO: POESÍA, POLÍTICA Y EXILIO

 

    Renán Alcides Orellana

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Quino Caso, 1902-1993

  Corría 1966. Después de más de seis años de residir en San Salvador, ya contaba yo con estudios avanzados de Derecho y de Periodismo, un buen trabajo en los periódicos y, lo mejor, muchas amistades entre compañeros de estudio, poetas, escritores y periodistas. Pero, en la búsqueda de nuevas oportunidades literarias y periodísticas, escribía y publicaba en ambos géneros.

San Salvador era un vivero de populosas aventuras. Los regímenes militares estaban en su apogeo. Julio Rivera estaba a punto de terminar su período presidencial (1962-1967). La bohemia de los escritores y poetas, sin ser necesariamente borrachera, era un actitud inofensiva y hasta consoladora, para aceptar la indiferencia, oficial y privada, hacia el arte y la cultura. Misma indiferencia que ha seguido, sin cambio aceptable, durante las anteriores décadas. La vida nocturna de San Salvador, encendía cada noche sus faroles de fuego, música y fantasía bohemia, como escape liberador de las tensiones laborales. Distinto a la realidad violenta de hoy, salvo pequeñas escaramuzas a los puños entre los paseantes, eran raros los hechos de sangre y sus lamentables consecuencias. Nada entorpecía el bullicio enternecedor de aquel San Salvador de noche, y su embriagadora musicalidad.

Por mi parte, desde los inicios y durante los años posteriores, combiné el trabajo periodístico con la creación literaria. Sabía que combinar ambos géneros no era nada nuevo, y que esa doble tarea la realizaban reconocidos poetas y escritores salvadoreños: Serafín Quiteño, Alfonso Morales, Ricardo Bogrand, Waldo Chávez Velasco, Roque Dalton, Ítalo López Vallecillos, Álvaro Menén Desleal. Eugenio Martínez Orantes, Mercedes Durand y Quino Caso, entre otros. A todos les conocía, menos a Quino Caso, de quien algo sabía por algunos de sus poemas, que leí durante mis años escolares. Pero, se dio. Y un día de tantos, le conocí…

– Hay una plaza de reportero en Diario Latino, si a alguno le interesa… -nos dijo una noche, en rueda de amigos, Rodolfo Vásquez, conocido por aprecio como el Indio Vásquez, periodista muy acucioso.

– Aplícale… -intervino, dirigiéndose a mí, Jorge Contreras.

Apliqué y me quedé. Y así fui parte de la planilla de periodistas de Diario Latino. Miguel Pinto hijo, era el propietario y director; Guillermo Machón de Paz, el Jefe de Redacción; el poeta y periodista Quino Caso (Joaquín Castro Canizález), el editorialista; y con ellos, los redactores: Ricardo -el Cherito- Contreras, Rubén Gálvez Ayala, Juan Ramón Ardón y los fotógrafos Salvador Rodríguez Cristales y Abel Miranda.  El editorialista Quino Caso era un reconocido poeta y periodista, quien, a pesar de ser un hombre cansado por los años y por los ajetreo de una agitada vida, mostraba una lucidez de asombro. Como yo conocía algo de la trayectoria del poeta, un día lo abordé en su despacho.

– Don Quino ¿usted ganó los Juegos Florales de Quezaltenango,  Guatemala, en poesía, en 1928?… -me atreví a preguntarle, con inocultable timidez.

– Cierto, joven, así fue… -me contestó con evidente regocijo, como recordando agradables escenas. – Obtuve premio en metálico y la flor natural… -subrayó.

– Sí, yo lo se… -le repliqué,  recobradas que hube la calma y la confianza… -Y su salutación a la Reina de los Juegos Florales, fue una pieza poética muy comentada…

– Ajá…

– Corríjame, si no iniciaba más o menos así: “Señora, vengo de Cuscatlán, la tierra mía…”

– Correcto, muchacho. Te agradezco por el recuerdo…

Y don Quino, que yo así le decía, siempre mostró su aprecio hacia mí y hacia mi trabajo. El detalle anterior, lo acentuó. Le había sorprendido que un muchacho de provincia, le hubiera comentado  aquel triunfo literario, para él inolvidable. Y, a partir de ahí, cada vez que le era posible y el tiempo lo permitía, me llamaba a su oficina y me invitaba a abordar cualquier tema sobre literatura, especialmente sobre poesía. Una gran experiencia, venida de un escritor, poeta y periodista de mucho prestigio y de mucha historia.

Quino Caso (pseudónimo de Joaquín Castro Canizález) nació en Quezaltepeque, La Libertad, el 7 de noviembre de 1902 y murió en San Salvador, el 4 de marzo de 1993, a los 91 años de edad. Poeta y periodista, también escribió con otros pseudónimos, como Artemio de Lepiocbe y Apolodoro, con este suscribió el trabajo “Las Manos”, ganador en poesía en Quezaltenango, Guatemala. Su vida literaria comenzó a los 16 años. Entre 1922 y 1923, escribió crónicas sociales y artículos de diferente temática en “Diario de Occidente”, de Santa Ana, mientras se desempeñaba también como corresponsal del periódico “El Heraldo”, de Sonsonate. En 1924, con los periodistas Arístides Salazar y Francisco Delgado, publicó el semanario “Orientaciones”. También en 1945, fue cofundador del semanario “Nosotros”, órgano divulgativo de la Asociación de Periodistas de El Salvador (APES), de la cual era su presidente. Y muchísima labor más.

Toda una vida dedicada al periodismo y la literatura, con desempeño en diferentes medios impresos y en oficinas públicas del país, también estuvo mezclada con incidencias políticas muy fuertes, que hasta lo obligaron al exilio. Fue militar de rango intermedio, egresado de la entonces Escuela de Cabos y Sargentos -convertida después en la Escuela Militar- y desde ahí contribuyó al derrocamiento de Arturo Araujo, apoyando a Maximiliano Hernández Martínez; pero, posteriores publicaciones críticas, lo obligaron al exilio en varios países.

Corto este breve comentario, para contar la extensa e intensa vida del poeta y periodista Quino Caso. Lo cierro con el siguiente soneto, dedicado a un conocido balneario de su pueblo natal:

LA TOMA

Dormida en mi pupila, silenciosa,

“La Toma” está como la vio aquel día

un niño montaraz que parecía

el vivo complemento de la poza.

Decía el agua su animada glosa

y en el glosar de su canción solía

rimar con la paz su algarabía,

su fuete añil  su alma sonorosa.

Irrumpían los bueyes y rielaba

latigazos el sol. El agua buena

en pedazos de espejo se trocaba.

Uníanse después los rotos vidrios,

y hacia el oscurecer, la noche plena

el nervioso cristal cuajaba en lirios…!

—-

(RAO).

 

 

 

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