EL VECINO

Renán Alcides Orellana

Se llamaba Joe Martin. Por lo menos con ese nombre me lo presentó la casera el día que llegó a hospedarse en la casa de apartamientos del barrio La Vega. Recuerdo que me llamó mucho la atención su semblante pálido-verdoso y, además, me extrañó su gesto de desviar la mirada cuando hablaba con alguien. “Uno de tantos timoratos”, pensé. “Ya se le pasará cuando se familiarice con la gente…”

Le asignaron la habitación No. 13, al final del pasillo. Yo habitaba la No.12 y, por tanto, vivíamos separados solamente por una débil pared de madera. No sé, pero un extraño presentimiento me hacía rechazar aquella obligada vecindad con el nuevo pupilo, pero superé toda indisposición contra él y opté mejor por convertirme en su especial amigo.

Joe Martin no salía de su cuarto y nadie le vio nunca bajar al comedor. Sin embargo, se volvió muy comunicativo conmigo, hasta el grado de establecer una señal de tres golpes en nuestra pared común, cuando hubiera necesidad de decirnos algo. Por supuesto, yo siempre mantenía mi recelo sobre su raro aspecto físico y, más aún, por su origen y procedencia que siempre se empeñaba en ocultar. Demás está decir que la casera y los demás pupilos también recelaban de Joe y, lógicamente, la emprendieron contra mí, debido a mis buenas expresiones sobre su conducta. Nuestro contacto se hizo más frecuente cada día, tanto que nos arreglamos para que la casera nos permitiera compartir la misma habitación. Así, nos instalamos como compañeros de cuarto, en la No. 13.

De pronto, me invadió el deseo de vivir aislado de los demás. Ya no salía del cuarto, ni siquiera para bajar al comedor. Algo peor, mi cuerpo se fue tornando pálido-verdoso y mis ojos enrojecidos y ardientes, como de fuego. Luego, fui experimentando sensaciones crecientes de extraterrestrabilidad, que me hicieron sentirme algo distinto a un ser humano…

Puedo asegurarle, doctor, que eso es todo lo que recuerdo. Pero, aquí, en el Hospital Psiquiátrico, todo mundo continúa rechazándome… sólo Joe Martin no me ha abandonado y se aparece por mi habitación todas las noches, cuando está seguro de que nadie lo ve…

(De mi libro “De casi seres humanos y otros cuentos”, San Salvador, Ediciones 1975 y 2003).

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