HERIBERTO MONTANO Y LA LUNA DE SU CANCIÓN

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Cuando le conocí, Heriberto Montano  recién se había incorporado al taller literario “Francisco Díaz”, a principios de los años setenta. Poeta joven, con ansias de vuelo, se había unido a Rafael Góchez Sosa, Tirso Canales, Julio Iraheta Santos y otros en la integración del taller, que surgía como derivación de lo que había sido el colectivo final de la Asociación de Escritores Salvadoreños (AES), de  cuya directiva formé parte como Secretario de Divulgación.

Heriberto Montano nació en Santa Tecla en diciembre de 1950 y murió en San Salvador, el 23 de agosto de 2007. De origen humilde, con la misma humildad de grande reflejada en su actitud personal y de poeta, realizó sus estudios primarios y secundarios en centros educativos de la misma ciudad. De 1970 a 1975, realiza estudios de Sociología en la Facultad de Ciencias y Humanidades de la Universidad de El Salvador (UES). En 1976 viaja a la Unión Soviética e ingresa a la Universidad “Patricio Lumumba”, obteniendo la licenciatura en Historia, seguida de una maestría en Ciencias Históricas. Destaca como poeta y, como miembro del grupo literario “Ráduga” (Arco Iris), del cual fue fundador, promueve la literatura y publica abundante obra suya, que luego es traducida a varios idiomas.

Después de un tiempo, viaja de nuevo a América y reside en Managua, Nicaragua. En Managua, como periodista y escritor, sigue vinculado al movimiento salvadoreño de liberación, hasta su regreso al país en 1990. Desde su especialidad sobre ciencias históricas, forma parte del personal docente de la Facultad de Jurisprudencia y Ciencias Sociales de la Universidad de El Salvador (UES), labor que se encontraba desempeñando a la hora de su fallecimiento…

Un día, nuestro reencuentro. Conversatorios, peñas y los infaltables cafés literarios… compartimiento de ideales artísticos… realidad política nacional y mundial… procesos literarios de antes y de ahora… en su casa de Montebello. Pese a los años de ausencias y distancias, el poeta Heriberto Montano había vuelto igual en su característica de persona y poeta humilde, ninguna actitud discriminadora o de engreimiento por su experiencia vivida en un gran país. Humildad de poeta, poeta de estirpe y con mucha trayectoria, contrario a  las falsas poses de auto consagrados incipientes que, a veces, pululan por ahí. Montano siempre amable, generosos y solidario. Eso volvía más frecuentes nuestros encuentros. Intercambio de nuestros libros y otras producciones literarias  (de su parte y con fina dedicatoria suya, yo cuento con  “Ritual del olvido profundo”, “Breve canción de vida por el ausente”, “Gato encerrado”, “la luna de mi canción” y “La ciudad y la neblina”…)

Un día, dada por él mismo, la fatal noticia: el diagnóstico de una enfermedad que, con la rapidez del relámpago, iría fulminando su cuerpo y debilitando su espíritu, hacia una anticipada y precipitada muerte, que finalmente llegó. Muerte inoportuna, cortando ansias y aspiraciones poéticas al verdadero poeta que fue Heriberto Montano. Con mi esposa Leticia, frecuentamos las visitas a su casa en Montebello. Algunas en compañía del otro poeta hermano Alejandro Masís y su esposa, Reina Isabel. El implacable deterioro era evidente; eso sí, minaba su cuerpo pero no su espíritu.

En diciembre de 2006, con Masís le visitamos. Recién se había publicado el libro  de Heriberto “La ciudad y la neblina”, del que nos ofreció un ejemplar. De pronto, la tristeza en su rostro: sus manos inactivas, no podían firmarlos como él deseaba. Hizo un gesto y con la mirada señaló los dedos pulgares. Dictó la dedicatoria y llevándole su pulgar entintado lo puso a la par de su nombre, escrito bajo la dedicatoria: “Para Renán Alcides Orellana y su querida esposa Leticia, con el viejo cariño desde los viejos tiempos, esta pasión por la palabra. S.S. Diciembre/2006, (f)  Heriberto Montano”. Sonrió satisfecho. Emocionado instante, más lleno de esplendor solidario y de afecto, que los frecuentes actos protocolarios -convencionales- para distinciones inmerecidas y rodeadas del más fino champán. “Estoy lúcido, pero esto ya no se mueve…”, dijo suavemente. Y la voz del poeta Montano, ya apenas audible, aludía también a su cuerpo, especialmente a sus brazos y piernas ya inmóviles, como sin vida.

En otra ocasión, en una fecha ya casi vecina a la de su muerte, pidió que me mostraran unos textos en la pantalla de su computadora. Eran los últimos poemas, acabaditos de construir, dictándolos desde las insondables interioridades del poeta. “Imprime estas hojas”, pidió a su hija Jazmín, con voz suave. “Son tuyos, llévatelos… pero antes, léemelos…”, me dijo el hermano poeta, en emocionados instantes para ambos. Atendí su petición y leí sus poemas titulados “Azul el mar”, de los cuales, por espacio, solo transcribo el primer terceto:

“Azul el mar llega a la playa de la infancia

Al caracol que guardara nuestras voces

Y a la piedrita que con magia nos guardara…”

Un día de febrero/2007, la esperada pero doliente noticia: el poeta Heriberto Montano había cruzado el umbral de las ausencias, asido -fuertemente- de la mano de su ternura más honda: la poesía. (RAO).

 

 

 

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