Ricardo Martell Caminos y sus “Tres Elegías a mi Padre”

Renán Alcides Orellana

 

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Ricardo Martell Caminos nació en Verapaz, departamento de SanVicente, el 1º de septiembre de 1919. Falleció en San Salvador, el 8 de marzo de 1989. Fino poeta salvadoreño, realizó estudios de Humanidades con los Padres Paulinos, dedicándose posteriormente al magisterio, en centros educativos del país.

Poeta y maestro por vocación, en 1939 comenzó a publicar sustrabajos literarios en los principales periódicos del país. En 1946, obtuvo premio del Ministerio de Educación, por su obra de Teatro “A Falta de pan…”. En 1953, publicó su primer libro “Media Luz”; en 1955, la Dirección General de Bellas Artes le editó, con grabados de Camilo Minero, la “plaquette” titulada “Tres Elegías a mi Padre”, poema que le valió elogiosos comentarios en el país y en el extranjero; en 1967 publica el libro de cuentos “Un número cualquiera” y en 1986 “Ofensiva de Otoño”, libro de poemas que parece haber constituido la última obra del poeta, precisamente tres años antes de su fallecimiento. Con dedicatoria especial del autor, conservo todos los libros mencionados.

Por sus múltiples facetas intelectuales, Ricardo desempeñó cargos administrativos y docentes, como los de Secretario General de Bellas Artes y profesor de Historia del Arte y de Literatura en la misma institución y en otras del país; además, fue director de la Imprenta Nacional, del Diario Oficial y de la Revista Cultura, órgano del entonces Ministerio de Cultura. Si bien, como se ve, Ricardo Martell Caminos no fue creador de abundante obra en libros, pero la proyección y sonoridad de su voz fue muy apreciada, tal como ocurrió con su poema “Tres Elegías a mi Padre”, del cual transcribo un fragmento, testimonio poético de corte intimista:

“TRES ELEGIAS A MI PADRE:

ELEGIA III

Padre! Señor humilde!

Hombre cabal, sin mácula, sencillo.

Hoy se por qué la tierra se te daba

con infinito, conyugal cariño.

Por qué todas las voces de la aurora

te llamaban amigo

y por qué el tiempo

estaba siempre fiel a tus designios.

Fue porque tú jamás pediste al tiempo

un solo instante mínimo

para pensar en algo que no fuera

el hoy y el mañana de tu hijo…”

………………..

Yo conocía a Ricardo desde a mediados de los años sesenta. Me lo había presentado el periodista Danilo Velado, en el entonces local de la Asociación de Periodistas de El Salvador (APES), en los altos del edificio La Dalia, en el centro de San Salvador. Mismos sitio y fecha en que también el compañero Danilo me presentara a otro Ricardo, el poeta y antropólogo salvadoreño Ricardo Bogrand, fallecido recientemente en SanCristóbal las Casas, México, lugar hasta donde  lo llevara el exilio, producto de la despiadada represión de los gobiernos militares y que él, posteriormente, convirtiera en autoexilio voluntario, hasta el final de sus días. En aquel entonces, asumí que la amistad con los dos Ricardos, sería imperecedera… y así fue…

Para finales de la década de los años ochenta, desde hacía algún tiempo yo no había tenido noticias de Ricardo Martel Caminos. De pronto, las tuve y un tanto desalentadoras. Por el poeta Eugenio Martínez Orantes supe la verdad: “Martell Caminos, a sus 68 años de edad, vive su soledad, enfermo e ignorado… reside en Urbanización y Avenida Floresta…”, me dijo Martínez Orantes. Y hacia allá fuimos Leticia y yo. Leticia conocía a la esposa de Ricardo, Martita, desde los años estudiantiles de ambas, en la Escuela Normal de Maestras “España”. Sería un reencuentro formidable, de 4 antiguos amigos.

Pero no, el reencuentro que esperábamos alegre, no fue tal: Ricardo, de veras, estaba muy mal de salud…

Una afección cerebral creciente iba minando su fuerza creativa de poeta, aparte de una también creciente dificultad del habla, que volvía difícil la comunicación. Amable en su expresión, pero con voz incoherente. Él, Ricardo Martell Caminos, antes poeta sin reservas, poseedor de una memoria prodigiosa, ahora inhibido de su contacto con el mundo. Como una especie de regresión a la niñez, su actitud amable dejaba entrever el gesto cordial de siempre, pero lejos de sus antiguos sueños. Sin embargo, contra la ausencia de un ordenamiento lógico de sus ideas y recuerdos, la expresividad del don amable y el brillo de insinuación poética, estaban ahí. Como atender a un niño, así era el gesto de su esposa Martita, convertida en el ángel guardián, cuidando, con entrega y esmero, los últimos días del poeta.

Aquel día, fecha lamentable porque fue la última vez que conversamos, dejamos a  Ricardo junto a Martita,  prometiéndonos volver pronto. No fue posible. Días después, nos llegó la noticia: el alma del poeta Ricardo Martell Caminos había surcado los grandes espacios siderales, dejando aquí el recuerdo de su amistad y la magia de su poesía.

…………………

Cierro con un fragmento del tríptico INVITACIÓN AL PECADO, una muestra de la poesía de Ricardo Martell Caminos, tomada del libro “Ofensiva de Otoño” (Talleres Gráficos UCA, 1986), del cual cito a continuación el SONETO I:

“Florece, sin pensar que con tus rosas

has de dar al minuto un nuevo encanto.

Canta, sin esperar que con tu canto

se clarifique el alma de las cosas.

Teje bajo tus horas silenciosas

tu red de fina luz y negro espanto.

Ensáyate en la risa y en el llanto

y sueña con fantasmas y con diosas…

Qué importa el claroscuro de la senda?

La comba inmensa o la apretada venda?

El puro incienso o el costado abierto?

Todo, todo es fugaz y sin sentido,

y encendido de gloria o adolorido

has de llegar un día al mismo puerto…!”.

(RAO).

 

.

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