Chema Cuéllar: poeta del adiós temprano

 Renán Alcides Orellana

 Hace 35 años murió José María Cuéllar. Chema Cuéllar, el poeta de la temprana -injusta- muerte. Temprana, porque  Chema Cuéllar, a los 38 años de edad, era un poeta con mucho porvenir. Su potencial creador estaba aún intacto, con una proyección definida para encausarlo hacia metas más altas. Chema Cuéllar era, además, humilde maestro de Educación Básica, y buen amigo. Había nacido en Ilobasco, Cabañas, en 1942.

Conocí a José María Cuéllar una tarde de verano, allá por 1966. Sabía de él por algunos poemas suyos, publicados en suplementos literarios. Nada más, hasta ese día. Yo era redactor de La Prensa Gráfica y Chema visitaba el periódico en busca de Dagoberto Orrego Candray -reconocido periodista y especial amigo, recientemente fallecido- quien para entonces era mi vecino de escritorio en la sala de redacción. En ausencia de Orrego Candray, atendí a Chema… y ahí comenzó todo. Después de aquella charla, nuevos encuentros se fueron sucediendo en el compartimiento de nuestro quehacer y, en medio de las desazones del duro oficio, comenzó la amistad.

Por ese nivel de amistad fue que, a principios de diciembre de 1980, con el poeta Rafael Mendoza y el publicista y actor Raúl Monzón, en un parque cerca de la sede presidencial (Palacio de Las Garzas), en Panamá, después del abrazo emocionado por el reencuentro -éramos tres compatriotas exiliados, compartiendo nuestros días sin patria- uno de los primeros recuerdos fue comentar el reciente fallecimiento de Chema Cuéllar (17 de octubre de 1980), víctima de un accidente de tránsito, ocurrido en circunstancias dudosas, en zona periférica de San Salvador. Nunca supe si el accidente se investigó o si, para variar, fue otro más premiado con la impunidad.

Pese a su temprano viaje final, José María Cuéllar fue autor de varios libros, además de publicaciones sueltas y esporádicas.  El siguiente es parte de su itinerario bibliográfico: En 1965, muchacho de 23 años, Chema ganó el primer lugar en los Juegos Florales de Usulután, con su trabajo “Dos Cantos a la Patria Antigua”; en el mismo año 1965, primer lugar en los Juegos Florales de Santa Tecla, con su obra “Bajo un sol de naranja” y primer lugar en los Juegos Florales de San Vicente con “Bajo la flor desnuda de la luna”; en 1968 publicó su primer libro “Poemas”, además de varios poemas en la Revista de la Universidad de El Salvador (UES), bajo el título “Escrito en un muro de Paris; en 1969…

Primer lugar también en los Juegos Florales de Santa Tecla, con el poema “Guerra”; en 1971, Primer Premio Latinoamericano de Poesía de la Revista Imagen, del Instituto Nacional de Cultura y Bellas Artes de Caracas, Venezuela, con el libro “El espejo a lo largo del camino”; en 1972, “Crónicas de Infancia”; en 1973, “Poemas mortales”; en 1974, segundo lugar en el Certamen de la Asociación de Estudiantes de Derecho (AED), Universidad de El Salvador, con el trabajo “Poemas para un diario de viaje”; y en 1975, primer lugar en el Certamen Literario de la Universidad José Simeón Cañas, con su obra “Diario de un delincuente”; y en 1979, “La Cueva”, publicada por la Editorial Universitaria de la UES…

Los trabajos de 1979, pueden considerarse como postreras publicaciones para el público; pero, sin duda, existe abundante obra inédita, producto de su caudal inagotable de creación literaria. No puede dejar de mencionarse otro caudal, también inmenso e inagotable, de Chema Cuéllar: su identificación con las causas del pueblo a través de su expresión literaria y de su conciencia popular, con proyección admirablemente humana, que le hizo asumir riesgos muy peligrosos, como los que lo condujeron a su temprana muerte. (No estoy seguro de si Chema Cuéllar fue miembro fundador o no del grupo literario “Piedra y Siglo” -no lo recuerdo- quizás los compañeros Rafael Mendoza, Julio Iraheta Santos o Luis Melgar Brizuela, miembros aún activos del grupo, puedan confirmar como cierta o no esta mención mía…porque sí recuerdo, y me parece verlos reunidos en los recintos universitarios como si fuera hoy, a los otros fundadores ausentes: Ovidio Villafuerte, Uriel Valencia, Jorge Campos y Jonhatan Alvarado Saracay).

En todo caso doy fe, porque de alguna manera lo compartí, del aprecio y solidaridad mutuas entre los miembros de aquella generación literaria, agrupados o no, de más acá de los años sesenta. Por eso, los compañeros de oficio y generación de Chema Cuéllar, abanderados también del canto y la esperanza, sentimos como nuestra la muerte del poeta; sobre todo, por ese viaje tempranero, que dejó pendiente mucha más obra de Chema y también su valiosa militancia, en el marco de la conciencia popular.

Y para ser consecuentes con lo dicho, en  este comentario/ recordatorio sobre la vida y obra de Chema Cuéllar, transcribo un fragmento de su poema

ELEGÍA:

“Nací en mil novecientos cuarenta y dos

si por alguna razón

mi madre no ha perdido la memoria.

A los cinco años supe que habían muerto

treinta mil campesinos

porque tenían hambre…

Desde entonces me hice la idea

de que en este país

tener hambre es un delito…”

Que este comentario sirva para revivir el recuerdo de José María Cuéllar, poeta, maestro y amigo. Revivirlo como testimonio del  auténtico compromiso que identifica al poeta con su pueblo y, de manera personal/intelectual, con la poesía humanizada, que redime las conciencias nobles de los pueblos libres. Esa poesía, signo de la auténtica relación poeta-pueblo, que José María Cuéllar supo administrar, con responsabilidad ciudadana y patriótica, para que hoy sea, para las actuales y futuras generaciones, testimonio coherente de una verdadera militancia social, política y literaria. (RAO).

 

 

 

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