Hildebrando Juárez: “No somos unigénitos”

Renán Alcides Orellana

 Mi primer encuentro con Hildebrando Juárez fue en 1959, en la entonces Facultad de Humanidades, de la Universidad de El Salvador (UES). Yo recién había arribado a San Salvador, desde mi natal Villa El Rosario, al norte de Morazán. Ambos iniciábamos el Primer Año Común para elegir, a partir del Segundo, la especialidad preferida, entre todas las del área humanística.

Desde mayo de aquel año, los encuentros en la Universidad serían casi cotidianos, mientras cada uno decidía la especialidad. Yo, desde mucho antes, estaba decidido por Periodismo y Letras, y ahí me quedé. Hildebrando se fue a la Facultad de Derecho de la misma UES, pero su participación en los acontecimientos universitarios contra el presidente de la República, José María Lemus, y sucesivas acciones represivas, le hicieron ganar el exilio y partió a Guatemala.

Antes, 3 episodios  decisivos, con participación de la UES-pueblo, habían marcado la ruta hacia la caída de Lemus: 19 de agosto, 2  de septiembre, 15 de septiembre… En el enfrentamiento del 2, el estudiante Mauricio Esquivel Salguero, quien era, además, bibliotecario de la UES, fue abatido por las balas del ejército. Hildebrando Juárez  dijo el discurso elegíaco a Mauricio, en el portón del Cementerio General. Después de eso, se fue al exilio. Lemus fue derrocado el 26 de octubre de 1960, sucediéndole una Junta Revolucionaria de Gobierno, consecuente -en alguna medida- con las demandas y necesidades populares. La Junta, integrada por profesionales progresistas, tuvo vida efímera. Fue derrocada tres meses después, el 25 de enero de 1961…Eso, para historia aparte…

Años después, Hildebrando regresó a El Salvador y nos reencontramos en la sala de redacción de diario El Mundo en 1967, como redactores fundadores. De ahí, cada uno partiría a seguir ejerciendo el Periodismo, bien en medios de comunicación, en docencia, dirigencia gremial o en oficinas burocráticas. Un buen día de mayo, en 1970, Hildebrando me invitó a acompañarlo con funciones de subjefe en el Departamento de Información Agropecuaria, del Ministerio de Agricultura y Ganadería (MAG), que él dirigía. Se trataba de colaborar con el Ministro, Enrique Álvarez Córdova. Y lo hicimos, le colaboramos… Eso también, para historia aparte.

Hicimos Periodismo juntos. Poco tiempo para la Literatura, pero sin descuidarla del todo. Cuando el tiempo lo permitía, como grupo informal, pero activo, nos reuníamos con los poetas Carlos Balaguer y Rolando Elías. Como escritor, Juárez era exigente consigo mismo y esto le permitía solvencia para serlo con los demás. No era muy dado a publicar poemas dispersos, con frecuencia. Trataba con seriedad y dedicación su obra, esperando la mejor oportunidad para editar sus libros. Evitaba -hasta donde le conocí- formar parte de grupos o movimientos literarios y cuando se lo sugerían, con su sonrisa característica, contestaba que lo seguiría pensando. Luego ya a solas, comentábamos: “No, aunque nunca nos mencionen en las antologías…”.  La presión laboral impedía un trabajo literario más intenso.  Y no le faltaban las interrogantes amigables, sobre su silencio poético. Recuerdo que un día le pareció atinada mi idea de responder, como justificación, haciendo eco de las frases del poeta chileno Enrique Lihn: “¿Para qué escribir literatura? ¿para leernos los unos a los otros…?”

Un día de 1973, una  buena noticia procedente de Costa Rica: Hildebrando Juárez había obtenido el primer lugar, género poesía, en el certamen  “Napoleón Quesada”, con su libro “Poemas para recordar que no somos unigénitos”, cuyo análisis y dictamen lo hicieron los jurados: José Coronel Urtecho (Nicaragua) y  Laureano Albán e Issac Felipe Azofeifa (ambos de Costa Rica). Triunfo literario salvadoreño.  Pero, poco después, como reverso de medalla, me confió que un diagnóstico médico le advertía dolencias cardíacas. La mala noticia, con cierto grado de humor y desenfado, la asociaba con la posibilidad de que “nuestro corazón, como el de todos los poetas del mundo”, se cansa de tanto amar, por vocación ineludible. ”Si estamos jodidos del alma, quizás lo estemos también del corazón…”, decía. Yo entendía sus palabras, puesto que conocía su micro poema:

FINAL MAJESTUOSO

Señor: Dame un analgésico para el alma.

Este poema cierra su libro premiado en Costa Rica, aunque desde ese día, consecuente con otra de sus obras inéditas: “El libro de las premoniciones”, Hildebrando quizás intuía que, al final, significaría su realidad más doliente: una falla cardíaca que, a la aún prometedora vida de 44 años, lo llevaría a la tumba en julio de 1984, hace justamente tres décadas y un año. Había nacido en Apopa, San Salvador, en 1939.

Es necesario que se rescate la obra literaria inédita de Hildebrando Juárez. Su hermano Salvador Juárez, también poeta y amigo -ambos hijos meritísimos de Apopa- mantiene vivo el recuerdo de Hildebrando, con publicaciones esporádicas, ya que en un sistema tan hostil y anti literario como el nuestro, que ignora a los verdaderos intelectuales, importa más la figura vacía y, a veces, hasta cuestionada, de algunos políticos tras el dinero fácil, “mientras se mueren de hambre los poetas”, como escribió Vicente Rosales y Rosales, otro recordado poeta salvadoreño. La obra de Hildebrando tiene el misterio especial de su seriedad y un ardiente estado de denuncia, a veces cruda y otras de punzante suavidad, sobre el ser y no ser que nos aterra y sobre el dolor del hombre dolido hasta de sí mismo.

A 31 años de su fallecimiento, estos son pequeños rasgos sobre la vida del poeta Hildebrando Juárez,  mientras recuerdo aquel día en la oficina, junto a la ventana, desde donde Hildebrando, viendo pasar la cotidianidad de la gente, con cierto grado de humor y desenfado, me hablaba de su dolencia cardíaca y su consiguiente incertidumbre. Y por último, lo imagino repitiendo, resignado, el último verso del “Soneto con una salvedad”, de Eduardo Carranza: “salvo mi corazón todo está bien…”. Cierro este comentario, con un breve fragmento de su POEMA PARA RECORDAR QUE NO SOM0S UNIGÉNITOS:

“Por terceras personas me he enterado que el Concilio

en una de las más abominables tardes que padezco

desde que comencé a cercar el mundo con alambre de púas

y sentirme agraciado con la palabra mío, decidió condenar

mi falta de vocación por el espíritu. Dicen que vivo mucho

de la carne, que estoy más lobo que nunca, más cuervo,

más sobre natural que de costumbre. Sobre todo, después

De que las salmodias han dicho QUE YO NO PASARE A LA HISTORIA,

QUE MERECIDO TENGO EL OLVIDO, EL EXILIO

DE LAS ANTOLOGÍAS…”  (RAO).

 

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