Luis Mejía Vides y su nostálgica tierra del limar.

Luis Mejía Vides, el inefable amigo Chito Mejía Vides, fue poeta, escritor, promotor cultural y periodista; pero, para mí, fundamentalmente, un verdadero poeta.

Le conocí personalmente a mediados de los años sesenta. Compartíamos momentos literarios y de especial amistad, que se unían al esfuerzo común de aprender a administrar nuestra bohemia, no a quedarnos sin ella por ser parte vital de nuestras interioridades -de nuestros duendes creadores-, pero sí a separarla de la real embriaguez del “divo néctar de los dioses paganos”. Queríamos apartarnos del vino real que embriaga, del vino “de a de veras”. Y ahí estábamos. Él, todo un señor, en el sentido exacto de la palabra; yo, un joven de incipiente ingreso al periodismo y con mucha inquietud por la poesía.

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Por aquellos días de 1965, con sabiduría y gesto casi paternal, “don Luis” departía fraternalmente con nosotros, un grupo de jóvenes con inquietudes afines hacia el periodismo y la poesía y nos alentaba, con su voz y ejemplo, a continuar avanzando sobre la senda azul de la poesía y, sobre todo, en el empeño de “vivir sin beber”. Pepe Castro, Alejandro Masís, Rolando Elías y yo, éramos todo oídos.

– Hay para ustedes todo un mundo por delante, con esa vocación y ese sentimiento por las bellas artes, por la cultura y la justicia, ustedes se han salvado… -nos decía con gesto amigable.

Aquellas frases me hacían recordar que en mi pueblo natal, Villa El Rosario, en el norte de Morazán, cuando yo apenas cursaba la escuela primaria, además de los versos de Alfredo Espino y de Claudia Lars, leía a otros autores. Y con el tiempo a nuevos autores, entre ellos a Luis Mejía Vides. De su poema “La tierra del limar”, apreciaba el fragmento final:

… Un día vino el hacha mutilando troncos:
lo vieron estos ojos perplejos de muchacho
en el limar…
Retoñaron los brotes. Volvieron los ramajes verde mar.
Una noche clara de noviembre
refloreció el limar…
Alma mía, esencia del limar,
vuelvan a la vida tus ramos de esperanza:
– ¡Volvamos a la tierra del limar…!

Luis Mejía Vides comenzó muy joven su inquietud por la creación poética con algo de trino, de aroma y de paisaje. Los libros “El buzo sin escafandra” y “La estrella en el abismo”, fueron publicados en 1948 y 1951. Ya en las postrimerías de su vida publicó el poemario “Bálsamo”, de corte intimista. Los tres los obtuve oportunamente de sus manos, con sendas dedicatorias que estimulan el sentimiento. La del primer libro “El buzo sin escafandra”, reza textualmente: “Para el compañero Renán Alcides Orellana, con el aprecio intelectual y el afecto de su amigo, Luis Mejía Vides. San Salvador, 8 de octubre 1965”. El siguiente, es una muestra del libro “El buzo sin escafandra”:

RESPONSO A UN RECUERDO
DE VEINTE AÑOS
Natalia,
lejana mujer perdida en la muerte
como un gajo de algas en mares nocturnos
hoy te recuerdo.
Grave y triste,
en el jardín sangrante de rosas
bajo los naranjos blancos de azahar,
leías y tosías suavemente…
Entre pálidos jazmines
suspiraba la dalia encendida de tu boca.
Brillaban las estrellas heridas de tus ojos
y el libro se rendía en tu falda.
Una tarde de hojas errantes,
te vi sollozar inclinando la frente vencida.
Mis manos fueron a ofrendarte un ramo de jacintos.
¡Nunca olvidaré tu mirada rebelde a la muerte!
Natalia:
Tu dolor soterrado en veinte años
me abrió las puertas de un mundo
atribulado.

Además, Luis Mejía Vides, cuando no publicaba versos, mantenía páginas literarias semanales, como mantuvo, por varios años, la página literaria dominical de La Prensa Gráfica; y también colaboraba con revistas nacionales y regionales. Su vocación múltiple de poeta, escritor y periodista le permitió desempeñar cargos administrativos de dirección, como el del Centro Nacional de Productividad (CENAP), donde le asistió compartiendo tareas el periodista Rosendo Majano, nuestro amigo común. Viajó por Suramérica, donde cultivó amistad con varios intelectuales de renombre mundial. Posiblemente, en uno de esos viajes se dio el contacto con Humberto Díaz Casanueva, poeta, diplomático y educador chileno (1906-1992), quien después sería el autor del prólogo de su libro “El buzo sin escafandra”, con el siguiente juicio crítico que refleja la calidad poética de Mejía Vides:

No quisiera -le dice Díaz Casanueva- escribirle palabras de cortesía, ni presentarme ante usted con fingimientos y loas fáciles. Bien sabe usted, por ser hombre nuevo, que a los jóvenes hay que hablarles duro y exigirles más que consentirles. Creo en cierto ascetismo preparatorio del verso en disciplinas oscuras que pueden llegar al jadeo, en latigazos, ayunos, buceos incansables. Cuando se encuentra a un joven que hace versos “para la gente”, entonces no vale la pena incitarlo a la vocación auténtica que es la poesía. Pero cuando se tropieza con un joven como usted con el instinto poético, la sustancia verdadera, la herida interior, entonces vale la pena discurrir sobre estos ejercicios secretos, este entrenamiento implacable. Con ansiedad esperaré sus versos. Usted me interesa sobremanera, y su caso es singular. Más que otros jóvenes de otros países debe cuidar su línea, su círculo interior. Seguir sin miedo a nada, seguirse a sí mismo. Yo respeto mucho la poesía, es mi religión. Con temor hablo de ella, a veces con espanto. Es un don incomprensible, pero sobre todo es un don que si a uno lo roza se convierte en una responsabilidad…

Luis Mejía Vides vivió sus últimos años en Ayutuxtepeque, ciudad vecina a San Salvador, como linterna de luz olvidada en el tiempo. Olvidada hasta por aquellos que, de alguna manera, sintieron su lumbre. De vez en cuando, un artículo periodístico o un poema se nos manifestaban en algún periódico capitalino o en alguna de las revistas que llegan del extranjero. Si no hubo nuevas ediciones de libros del poeta, no fue porque su veta creadora estuviere agotada. Pese al admirable arribo a sus ochenta y tantos años, los duendes juguetones de la poesía siempre estuvieron ahí, en su deslumbrante e inquietante mundo. Yo lo visitaba de vez en cuando; eran visitas que el poeta Mejía Vides apreciaba mucho, porque, a pesar de su retiro, la amistad cotidiana y el impulso creador estaban siempre con él, para continuar prodigándolos como surtidores sublimes, mientras haya -como él decía- un hálito de vida… (RAO).

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