Un Mártir “por la Fe” y otro “por su Fe” en el Humanismo

Cuando crecen el regocijo y los reconocimientos mundiales, ante el anuncio que hiciera el Papa Francisco, el 4 de febrero/15, al declarar “Mártir por la Fe” a Monseñor Oscar Arnulfo Romero, crecen también la Fe y la Esperanza de los católicos honestos, al considerar que, poco a poco, la justicia va llegando a El Salvador y que, por ese rumbo, habrá reconocimiento también para otros de los tantos asesinados por los escuadrones de la muerte, bien “por odio a la Fe” o “por su Fe en el Humanismo” reivindicador de los derechos de los más necesitados.

Varios son los compatriotas que, al igual que Monseñor Romero, fueron capaces de enfrentar al poder político y económico, hasta correr la misma suerte: morir asesinados por mandato oficial. Enrique Álvarez Córdova fue uno de ellos, caso especial porque, siendo un acaudalado agricultor y ganadero, lo dejó todo -hasta aceptar el desprecio familiar y de sus amigos terratenientes- por buscar la equidad social y el mejoramiento integral de los salvadoreños. Igual que Monseñor Romero, iría decidido al sacrificio… los dos fueron asesinados, por escuadrones de la muerte con sello oligárquico, en 1980: Monseñor el 24 de marzo y Enrique el 27 de noviembre, junto a otros líderes populares…

Romero y Álvarez Córdova siempre estuvieron cerca, por un ideal común: luchar por la justicia y la liberación de los oprimidos y explotados. “Es la razón de que hacia el final de su vida Enrique Álvarez y el Arzobispo Oscar Romero se volvieran amigos cercanos. Ellos llegaron a entender que la violencia estructural que los pobres en El Salvador a menudo llaman “nuestro pan diario” se estaba volviendo una vorágine de inevitable revolución…”, escribe Charles Clemens, de Cambridge, Massachusetts, en la Introducción del libro “Enrique Álvarez Córdova: vida de un salvadoreño revolucionario y caballero” (John W. Lamperti, 2009).

A los dos les conocí: a Monseñor Romero, por puente amistoso Ciudad Barrios-Villa El Rosario, entre su familia y la mía; y a Enrique Álvarez Córdova, porque por invitación suya, en 1970, laboré como director de una dependencia durante su ejercicio como ministro de Agricultura y Ganadería. Conocí sus anhelos de equidad y justicia, especialmente en beneficio del sector campesino y muchas anécdotas de su Fe reivindicadora.

A raíz del golpe de Estado de 1979, Álvarez Córdova formó parte del nuevo gabinete de la Junta Revolucionaria de Gobierno, asumiendo la cartera de Agricultura y Ganadería. Pero, de nuevo la frustración; y el 2 de enero de 1980 renunció, junto a otros miembros del gabinete. Se fue a la clandestinidad y siguió la lucha como presidente del Frente Democrático Revolucionario (FDR), hasta que, el 27 de noviembre de 1980, un comando militar lo capturó en el Colegio Externado San José y lo asesinó junto a otros patriotas. Según informaciones, el comando secuestrador actuó por “órdenes de un militar de alta graduación”, de pseudónimo Comandante Aquiles Baires, dirigente de la Brigada Anticomunista Maximiliano Hernández Martínez. El sepelio de Álvarez Córdova fue el 4 de diciembre, en la Catedral Metropolitana de San Salvador.

Ahora, más de tres décadas después, la sangre de Enrique es semilla que contribuye a fortalecer el proceso democrático en El Salvador. Y como escribe Lamberti: es preciso “… preservar la memoria de un buen hombre, que debería incluirse entre los verdaderos héroes de la nación”. Totalmente, de acuerdo…

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