Ítalo y Fresedo: viajeros de febrero y marzo.

A los dos les conocí de cerca. Me congratulaba de ser su amigo. Ítalo López Vallecillos y Orlando Fresedo, dos excelentes poetas de esa estirpe literaria salvadoreña, que dio vida a la poesía en la cintura del siglo pasado. Ahora son importante retazo histórico de la poética nacional. Con el canto adolorido y nostálgico de un cortejo de cigarras, en tiempo cuaresmal de distintos años, fallecieron: Ítalo el 9 de febrero de 1986 y Orlando, el 24 de marzo de 1965. Con ellos -paradójicamente- se fue para quedarse palpitando en Cuscatlán, la savia enternecida de su canto. En estos meses de febrero y marzo, éste es un recuerdo a su voz:

1. Ítalo López Vallecillos

Poeta, escritor, periodista, historiador, editor de prestigio y especial amigo, N. en San Salvador en 1932 y falleció en México, el 9 de febrero de 1986.

Conocí a Ítalo cuando de una promesa juvenil había pasado a ser una realidad intelectual. Hombre sencillo, con humildad de grande, muchas veces le vi entre papeles de creativo literario y de investigador acucioso, serio sin caer en la dureza, sin poses, cumpliendo fielmente su compromiso de poeta consciente y escritor responsable.

A mediados de los años cincuenta, supe de Ítalo por primera vez, por un poema (“Imágenes del otoño”, creo recordar que se titulaba). Me impactó este fragmento:

El otoño es triste como tu sonrisa
Yo no sé por qué el viento se disfraza de niño
mientras lloran en lo alto las estrellas…

Me impactó por su finura poética, su delicadeza. Poesía, para mí, pura, limpia, cristalina, de serio y bello acento, sin rebuscamientos cumplidores de normas para el gozo inaccesible. Precisamente, fue por aquellos años que se nominó Generación Comprometida al grupo de escritores y artistas plásticos de la época, nominación atribuida a Ítalo, y que marca un hito en la historia literaria del país.

En 1964, la Editorial Universitaria, bajo los auspicios de la Facultad de Humanidades de la Universidad de El Salvador (UES), publicó su libro El Periodismo en El Salvador, obra que, según Ramón López Jiménez, “constituye el más completo y mejor documentado bosquejo histórico referente a ese tema, publicado en nuestro país”. Sin duda, pienso, el más completo hasta 1964, porque de entonces a esta fecha ya ha corrido bastante agua bajo los puentes: nuevos sistemas, nueva gente de prensa, moderna maquinaria y, sobre todo, enormes avances tecnológicos; pero esto, en nada quita el mérito histórico-didáctico del libro.

“El libro de Ítalo López Vallecillos -dice López Jiménez- ofrece una rica compilación de datos históricos, publicados en varias épocas, ignorados por historiógrafos, sociólogos y letrados en general”. Lo que no se puede ignorar es su eterna vocación y fidelidad literarias, y sus cualidades y ejecutorias como periodista veraz y acucioso, investigador insaciable y editor reconocido, no sólo en importantes editoriales de El Salvador sino también de Costa Rica.

Además, López Vallecillos destacó por su accionar como político, sano y honesto, integrando la dirigencia de partidos de oposición, de clara tendencia popular y progresista. Y fue precisamente por su militancia política en defensa de los derechos populares, que el gobierno militar de turno, lo lanzó al destierro, al igual que a muchos otros salvadoreños honestos. Consciente de su compromiso, Ítalo López Vallecillos asumió el exilio con aceptación de hombre libre y de poeta consecuente, hasta el día de su fallecimiento, en1986. El resto, es una vida de la que ya se ocupará la historia…!

…………………

2. Orlando Fresedo

Orlando Fresedo nació en San Salvador el 30 de agosto de 1932 y murió en la misma ciudad, el 24 de marzo de 1965. Poeta de metáfora ardiente engarzada en el soneto y poseedor de un extraordinario impulso creador. Enemigo de los convencionalismos y las poses dogmáticas, destilaba un acento aparentemente irónico y burlesco, aunque bajo aquel semblante adusto podía adivinarse la sonoridad y limpieza de un sentimiento puro.

“Mi nombre de nacimiento es Aníbal Bolaños, hijo de Regino Bolaños, pero para el resto del mundo soy Orlando Fresedo…”, me dijo secamente la noche que fuimos presentados en un bar de La Praviana, en San Salvador. Su rostro dejaba adivinar los efectos del alcohol. Luego, nuestra conversación. Y entre decires de poesía y poesía y de cortas libaciones, por su voz poética, un tanto arisca y a ratos entrecortada, crecían la grandeza de su figura pequeña, su baja estatura, su rostro redondo y sus ademanes torpes aunque muy expresivos. Mis ansias literarias tiraron por la borda todo prejuicio absurdo, hasta sentirme realmente complacido e identificado con aquel nuevo amigo.

Poeta de real estirpe. Por sus esplendorosas figuras literarias adornando cada soneto, y por su excelente obra, Fresedo recibió distinciones y muchos reconocimientos. Incluso, distinciones que alguna vez, se comentó, le fueron conminadas a la devolución por inmerecidas, cuestión que al poeta parecía importarle un comino. Su obra casi toda dispersa en periódicos y revistas, reunida por amigos después de su muerte, fue eternizada en su libro Bahía Sonora.

“Orfebre literario -escribí yo alguna vez- pluma en ristre y cultivador de bellas imágenes, Orlando Fresedo supo dejar, aunque de manera dispersa y en numerosos sonetos de extraordinaria factura y hondo sentido humano, la enigmática presencia de su vida deliciosamente desordenada”. Lo dicho, en el siguiente soneto:

EMOCION VESPERAL
Que tarde más serena en su agonía.
Se llena la visión de claroscuro.
Y la luz como fruto remaduro
se cae del ramaje junto al día.

Que tarde más serena! Las colinas
asoman su joroba en despoblado.
El crepúsculo, arquero enmascarado
vacía su carcaj de golondrinas…

Que tarde más serena! Plenamente.
El alma de belleza transparente
salpica su emoción con limoneros…

La noche va subiendo sobre el cerro
Que al mojarse con sombras, como un perro
sacude un pulguerío de luceros.

Una noche de marzo de 1965 corrió la noticia: Orlando Fresedo había fallecido en un lugar apartado de San Salvador, víctima del excesivo alcohol e irrespeto a sí mismo. Auto inmolación del cuerpo y del espíritu de un poeta. Una especie de suicidio lento, más poéticamente doloroso que los demás suicidios. Su extraña manera de andar, de vestir y de cantar su canto, con total desenfado y burla frente a la vida, se marcharon aquella tarde de marzo, para volver inolvidable la pequeña gran figura del hermano poeta, único por su espíritu irreverente y por el caudal de metáforas que, refulgentes, se adivinaban en su rostro redondo y en sus ojos saltones.

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