Grandezas y miserias de nuestra literatura.

La tradición literaria de El Salvador si no única, ha sido -es- fecunda. Su historia, a partir del S. XX, registra significativa cifra de poetas, escritores, periodistas, ensayistas, dramaturgos…, quienes con su obra han hecho trascender nuestra cultura, ahora reconocida casi mundialmente.

Prudente es omitir nombres, por lo exuberante de la nómina y para evitar injustas omisiones. Pero sí, es válido mencionar movimientos o grupos literarios, de los cuales hago memoria a partir de los años 40, lamentando algunas omisiones: Grupo Seis, Grupo Octubre, Círculo Universitario, La Generación Comprometida (de cobertura muy amplia), Los Cinco, Piedra y Siglo, La Masacuata, La Cebolla Púrpura, la Asociación de Escritores Salvadoreños (AES), La Casa de Zacate, Comunidad de Escritores Salvadoreños (CES), Los Cinco Negritos, Vuelta de Hoja, Taller Francisco Díaz, La Quincena… de los cuales, algunos de sus miembros siguen vigentes con sus producciones. Todos, con las mínimas excepciones de siempre, han sido -son- testimonio de creciente madurez y creatividad literarias.

Desde mi niñez/adolescencia he sido asiduo lector. Aparte de la Literatura y los literatos del exterior, me atraía la buena Literatura nacional, de las distintas épocas y géneros. La cuestión era leer, leer con fruición y de manera sostenida. Libros y autores nacionales de calidad eran también favoritos, no sólo para adquirir conocimientos sino también para deleite del espíritu. Una bella manera de existir.

También era importante el Periodismo Literario que, viniendo de hacía muchas décadas, contribuía al desarrollo socio cultural del país. Desde muchos años antes, allá en mi natal Villa El Rosario, Morazán, leía con fruición las paginas literarias de las principales revistas y periódicos: Filosofía, Arte y Letras de El Diario de Hoy; Revista Dominical de La Prensa Gráfica y Sábados de Diario Latino, El Gato en El Mundo de Diario El Mundo, verdaderos espacios de calidad literaria, coordinados por plumas de prestigio, como Luis Mejía Vides, José Enrique Silva, Juan Felipe Toruño, Quino Caso, Serafín Quiteño, Ricardo Trigueros de León, Rolando Elías…

Aquellas páginas, que antes eran surtidores de expresiones artísticas, ahora son apenas espacios sin atractivo y, a veces, pasan totalmente desapercibidas. Sin información de importancia, son acaso remedo de aquellas páginas, con rellenos allá casi al final del periódico, por no dejar de poner algo que parezca cultural. Hay excepciones, pero son mínimas. Antes, aparte de las mencionadas, aunque de vida efímera, también hubo otras páginas, de plumas desinteresadas y de mucho valor, casi siempre sin remuneración para los artistas que las mantenían. Una quijotada, por amor al arte.

A partir de 1960, conocí varias de las revistas y paginas literarias nacionales existentes; y, con el tiempo, también fui colaborador de algunas En los primeros meses de ese año, supe de la existencia corta de la Revista Gallo Gris, dirigida con gran calidad por el poeta Oswaldo Escobar Velado; y después, Vida Universitaria y La Pájara Pinta, espacios literarios de Extensión Universitaria de la UES; la Revista Tastalutz, del Circulo Universitario Oswaldo Escobar Velado, del cual formé parte; la Página Literaria de la Asociación de Escritores Salvadoreños (AES), en Diario El Mundo, de la cual también formé parte; La Iguana en Flor, página mantenida por el poeta Rafael Mendoza; y más acá, el suplemento sabatino Tres Mil de Diario Co Latino, dentro del cual se han mantenido páginas a cargo de escritores o grupos literarios. De todo lo anterior, de reconocida presencia sólo subsisten el suplemento Tres Mil, ahora bajo la responsabilidad de Mauricio Vallejo; y la página literaria Trazos Culturales a cargo del escritor Néstor Martínez. Ambos, parte integrante de Diario Co Latino. Hay sin duda, muchos otros espacios literarios, de no menor importancia, en revistas, separatas o páginas de universidades, organizaciones no gubernamentales (ONGs) de instituciones públicas y privadas. También, han sido -son- significativos algunos programas culturales en Radio y Televisión -valiosos por escasos- mantenidos por escritores y poetas, a veces sin mayor remuneración que la propia satisfacción.

En cuanto a la edición de libros, salvo casos en que se cuenta con la Dirección de Publicaciones e Impresos (DPI) del esquema oficial, al resto les -nos- toca la auto publicación. Mucha entrega y poca -o ninguna- retribución, salvo la satisfacción de contribuir con el proceso bibliográfico del país.

En una entrevista con Marisol Briones, exquisita poeta y especial amiga, en su programa Cultura con vos en YSUCA, el jueves 21 de agosto, comentábamos los sinsabores y las vicisitudes del escritor salvadoreño, en su afán hasta quijotesco de publicar un libro. Hay esfuerzo, sacrificios y desvelos a veces incomprendidos, pero también, a cambio, mucha satisfacción. Esta, sin embargo, es ya como una inevitable tradición: con ligeras excepciones, los libros salvadoreños publicados por las más recientes generaciones, y que aparecen en los rincones menos visibles de algunas librerías, son creatividad, esfuerzo editorial y promoción de sus propios autores.
Sobre esta realidad conversamos con Marisol en su programa, aquella tarde-noche. Y la entrevista giró en torno al texto de una columna periodística mía: El dilema/odisea del escritor nacional (Diario Co Latino, junio 16/2014). “Porque ahí está dicho casi todo”-me dijo Marisol. El texto dice:

“El dicho popular “repicar, oficiar la misa y pasar la balanza”, para significar que alguien realiza todas las actividades (proceso) de un proyecto, parece ser una constante que define la labor del escritor salvadoreño, quien -valgan las mínimas excepciones- para dar a conocer su obra, la crea, se auto publica y se va por el mundo, casa por casa, de amigo en amigo, para poder promoverla y resarcir un poco -nunca toda- la inversión que hizo en la imprenta.

Y si -por esos milagros, en este caso inexistentes- el escritor lograra recuperar el total de lo desembolsado ¿quién le reconocerá la creatividad, el talento, la redacción a veces de años y, lo más grave, el esfuerzo personal para la divulgación y promoción de su libro? Además, del lento movimiento en las librerías. Con mínimas excepciones aquí, una quijotada saldo rojística…

Publicar un libro -toda vez que constituya verdadero aporte cultural- es un trabajo y un trabajo de especial importancia para el país; por tanto, si siendo ese aporte muy significativo, recibir respaldo oficial no es simple necesidad sino innegable derecho. Durante los últimos gobiernos -y casi siempre- una verdad culturalmente triste ha sido ver marginada la Cultura, como una cenicienta. Casos de grandes artistas –en este caso escritores- son fehaciente prueba de la indiferencia y fala del debido reconocimiento a grandes pensadores nuestros…”

Esto último es tan sólo una parte de las grandezas y miserias de los escritores salvadoreños, en su patriótico afán de promover la cultura, auto publicando sus libros y otras creaciones- concluimos el entrevistado y la entrevistadora. (RAO).

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