Fragmento de “Juicio Paralelo”: capítulo 17.

En 1964, ingresé al Periodismo como reportero del diario Tribuna Libre, entonces dirigido por el poeta, escritor y periodista Pedro Geoffroy Rivas, en una época de graves convulsiones políticas y sociales. Han pasado 50 años. De ese medio siglo de trajinar constante emborronando cuartillas, la próxima semana sale a la luz mi nuevo libro Juicio Paralelo (Periodismo: 1964-2014) y pronto estará a disposición en librerías y centros culturales. Este es el segundo de tres fragmentos, un fragmento del Capítulo 17:

17

…El gobierno de Julio Adalberto Rivera, aunque no fue ajeno a los actos de represión como gobernante, sin duda sí lo fue menos que otros de su partido en posteriores gobiernos. Pero siempre, en ese marco del riverato, las persecuciones seguían. Uno de los más perseguidos y capturado varias veces, era el conocido poeta y estudiante universitario Roque Dalton. Por aprecio y reconocimiento a su arriesgada lucha, los estudiantes siempre nos manteníamos en alerta y solidarios cada vez que Dalton era perseguido o estaba detenido en alguna cárcel del país. En junio de 1964, Roque estaba preso por señalamientos políticos contra el régimen. Los periódicos, como siempre y por alguna razón, evitaban dar esas informaciones.

– ¿Tiene algo sobre la detención de Roque? -me preguntó el director del periódico Geoffroy Rivas, sin duda porque estaba seguro de que yo podía obtener más información, por mi condición de universitario.
– Lo último va en mi columna de esta tarde -le contesté.
– Bien, bien…

En efecto, en mi columna periodística Voz Universitaria del 26 de junio, me referí así al caso Dalton:

La Fiscalía de la Universidad, a cargo del Dr. José María Méndez, por acuerdo del Consejo Superior Universitario en su XXXIII sesión, presentará recurso de exhibición personal a favor del estudiante de Derecho Br. Roque Dalton García, conocido elemento de las letras nacionales, cuya libertad se encuentra restringida. Esperamos que esta intervención legal termine con la persecución al estudiante, poeta y escritor salvadoreño.

Revuelo y voces encontradas causó mi noticia. Para unos, qué bien por la denuncia pública que otros medios no hicieron; y para otros, mala intención la mía al informar y poner en alerta a la población, a las organizaciones populares y, sobre todo, al Partido Comunista para que promovieran desórdenes.

-¿Qué haré, jueces? Si callo me llamáis culpable y si hablo me tacháis de mentiroso… -ironizaba yo, repitiendo el famoso dilema del filósofo.

Sin embargo, contaba con el respaldo del director del periódico y eso para mí era el mayor estímulo solidario, aunque Pedro tenía sus detractores.

– No se achique, eso no es nada. Si supiera las cosas que a mí me han pasado y míreme, aquí estoy… -me decía el director.

A pesar de lo grave y hasta peligroso del asunto del lado que se viera, resté importancia a los cuestionamientos. Al fin, yo seguía los mandatos de mi conciencia profesional, en cuanto a imparcialidad y objetividad. Y el director lo sabía. Siempre me dio su comprensión y, a veces, su estimación a mis actitudes; y eso continuó, aún después de aquellos años. Yo apreciaba mucho su calidad de poeta, de valiente y oportuna denuncia.

Siempre recordaré la fuerza ardiente del poema Vida, pasión y muerte del antihombre que, por su fina audacia, en su momento estremeció la conciencia popular y literaria del país. Poema extenso, éste es para mí su mejor fragmento:

Vivíamos sobre una base falsa.
Cabalgando en el vértice de un asqueroso
mundo de mentiras,
trepados en andamios ilusorios,
fabricando castillos en el aire,
inflando vanas pompas de jabón,
desarticulando sueños.
Y mientras
otros amasaban con sangre nuestro pan,
otros tendían con manos dolorosas
nuestro asquerosos lecho engreído
y sudaban para nosotros la leche
que sus hijos no tuvieron nunca.
Ah, mi vida de antes sin mayor objeto
que cantar, cantar, cantar
como cualquier canario de solterona beata.
Ah, mis veinticinco años tirados a la calle.
Veinticinco años podridos que a nadie
le sirvieron de nada
Pobrecito poeta que era yo, burgués y bueno.
Espermatozoide de abogado con clientela,
oruga de terrateniente con grandes cafetales
y millares de esclavos,
embrión de gran señor violador de mengalas
y de morenas siervas campesinas…

Con el tiempo, el poeta Roque Dalton tomó uno de estos versos para titular su novela Pobrecito poeta que era yo, parte de la vasta producción de Roque, muy comentada por el contenido y la novedad de su estilo.

Pedro Geoffrey Rivas, aquel intelectual director de Tribuna Libre, pronto vería que el periódico llegaba al final de su vida útil, a causa del cierre definitivo. Falta de recursos de los propietarios, presiones políticas o problemas por la línea de denuncia del periódico, no lo sé. Nunca lo supe. Tribuna Libre desapareció. Recuerdo que al final, uno de sus últimos editoriales, fogoso y de denuncia, se titulaba Ladran porque me sienten, muestra de la pluma audaz y punzante de Pedro.

Yo continuaría en el medio periodístico; Pedro, en su multifacético accionar intelectual, y ambos en nuestra relación de amistad. Con dedicatoria suya, conservo su libro Los nietos del jaguar, poesía de excelente finura estética e histórica. En el diario caminar le vi varias veces, siempre con su carácter fuerte a flor de piel y su eterno vozarrón, pero sincero y afable. Hombre de apariencia fuerte, Pedro Geoffroy Rivas era todo cordialidad…

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