¡Mi madre, treinta años después!

El 19 de julio de 1983, falleció mi madre Ana Olivia Urbina v. de Orellana. Doce años después, en 1995, publiqué un recordatorio a su memoria, que hoy reproduzco totalmente, precisamente al cumplirse, en este mes de julio, 30 años de su doliente partida. (RAO).

DESDE AQUEL JULIO DIECINUEVE…

No hace falta que llegue el mes de julio para evocar, con amoroso acento, la imagen siempre rediviva de mi madre, Ana Olivia. Su recuerdo se me viene así, de golpe, en cualquier instante; sobre todo, cuando, como hoy, los antivalores maternos contrastan con los testimonios vividos en aquella infancia inolvidable en el hogar provinciano, allá en “el viejo y querido pueblo”: Villa El Rosario, Morazán, en el oriente del país…

Aquel hogar de ensueños y añoranzas del que, como ramajes desprendidos y lanzados al torbellino sin tiempo de la vida, seis hermanos y sus derivaciones de creciente amor, intentamos seguir la línea humanizada que ella y mi padre nos trazaron con el ejemplo; y, en cualquier fecha, sin reservas ni distancias, nos asimos con toda vehemencia a su recuerdo. Nuestra evocación particular se ha vuelto una cada año, desde aquel julio diecinueve 83…

Yo no podría describir las dimensiones de la relación madre-hijo, pero las imagino. Son la expresión pura del sentimiento; amor desinteresado desde la entrega total a partir de la concepción, hasta la disposición inquebrantable de ofrendar la vida misma si, para conservar la de su hijo, las circunstancias se lo demandan.

Ejemplos de esa vocación maternal, como testimonio de verdadero amor hasta el sacrificio, son tantos a través de la historia de la humanidad. Y aquí y ahora, más visibles por el desmembramiento familiar, producto de la guerra y otros antivalores, que ponen más a prueba el valor y el estoicismo de las madres, dueñas de un temple inigualable y de auténtico amor, como de altura divina…

Mi madre fue uno de esos seres predestinados, con vocación e inspiración infinitas hacia el servicio. Más de treinta años ininterrumpidos como maestra de pueblos y cantones humildes y su preocupación constante por cada comunidad, lo confirman. Si lo sabré yo que la ví en ese ir y venir por la vida con un fardo muy pesado a cuestas, de sacrificios, angustias e incomprensiones, compartiendo con los más necesitados “el poco amor del mundo”, con seguimiento leal y valiente, a la línea de humanizado sentimiento que, junto con mi padre, Moisés, estoy seguro se propusieron desde el instante mismo en que unieron sus vidas.

Ella supo asumir con valentía la tarea inconclusa de ambos, ante la ausencia temprana de él -temprana y doliente por su anticipado viaje, cuando aún sus fuertes manos se extendían para repartir cosechas- como una de esas inevitables pruebas de dolor, a las que estamos sometidos los seres humanos. Dolor que, como torbellino de soledad, impuso cambios drásticos a su sensible vida, pero siempre impregnados del amor más puro hacia sus hijos. Así la ví pasar con estoicismo y entereza, ante agravios hasta de algunos, a quienes ella quiso tanto. La vi, sin doblegarse ante las adversidades, como tantas heroicas madres, de las cuales tiene cifra suficiente para ufanarse la humanidad. Impotente, a veces, para ayudarle a aligerar su carga, sólo mi voz (vocación poética que ella apreciaba) le bastaba como canto único “de corazón a corazón”…

Predestinada como era, llevó adelante y cumplió su misión de mujer y madre, hasta quedarse inerte para siempre un día, sonriente como aceptación de una muerte por demás serena, sólo concedida a los seres que, como ella, tienen el privilegio de morir en gracia. Eso resume la grandeza de aquella mujer, mi madre, cuya historia, inigualable por intemporal e ilimitada, está guardada en el cofre más íntimo del álbum familiar, para quedarse ahí, eternamente rediviva…

San Salvador, julio 1 de 1995.

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2 comentarios to “¡Mi madre, treinta años después!”

  1. Gladis. Says:

    En estos tiempos de dizque modernismo, me impresiona encontrar hijos que recuerden a su madre con tan enternecedor lenguaje y evocando los mejores recuerdos de personas que supieron cumplir la maravillosa labor de la madre y que trabajaba fuera del hogar también, eh. ¡Desde el cielo, tu madre Renán, sonríe y te cuida!
    Tus hijos terecordarán también por lo buen padre que eres. Felicidades.

  2. José Domingo Romero Chica Says:

    Doña Olivia v. de Orellana mi MAESTRA de segundo Grado en la Escuela Urbana Mixta “Presbítero José Serapio Ponce de León” de Villa El Rosario, a quien recuerdo con todo mi corazón, porque en mi caso,aprendí mucho con ella, a través del método del redescubrimiento y otras técnicas que sabiamente aplicaba, además, su trato suave y amoroso nos permitía acercarnos con confianza y preguntarle todo aquello que no sabíamos.
    Sin lugar a dudas está gozando de la gloria eterna.
    Loor a tan abnegada Maestra de Maestros.

    MAE.,José Domingo Romero Chica ;

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