El Humanismo: urgencia de nuestro tiempo.

EL HUMANISMO: URGENCIA
DE NUESTRO TIEMPO

Conferencia del escritor salvadoreño Renán Alcides Orellana
Primer Encuentro de Intelectuales de Nuestra América
Universidad Autónoma de Chiriquí (UNACHI),
David, Panamá, 5-9 de septiembre de 2011

……………………………………………

Vengo de Cuscatlán, mi Patria El Salvador, con un fraterno saludo salvadoreño para el pueblo panameño y, de igual manera, para el resto de participantes de países hermanos. Agradezco a la Universidad Autónoma de Chiriquí y a su Rector, doctor Héctor Requena, por la invitación a participar en este Primer Encuentro de Intelectuales de Nuestra América; invitación que significa, además, una nueva oportunidad de visitar a este querido país, al que, desde 1980, he considerado mi patria alterna. Panamá fue el alero hospitalario para cobijar las desazones de mi exilio, promovido por la inestabilidad político social que, aquel año y siguientes, convirtió a mi país en el trágico escenario de un lamentable conflicto bélico.

Expreso también mi complacencia por el acierto de someter a discusión en este Primer Encuentro, el tema general “Desafíos de la Universidad: Humanismo, Ciencia y Sociedad”, porque, dada su importancia, considero un imperativo analizar y conocer su realidad, en beneficio de la sociedad, que actualmente, muy a pesar nuestro, transita un camino de riesgo hacia la pérdida de los valores más preciados: justicia, libertad, fraternidad, solidaridad, honestidad, para sólo citar algunos.

Introducción

Vivimos una controversial paradoja: nuestra civilización es vista como una de las más avanzadas tecnológicamente, pero, a la inversa, es una civilización con potencial y acciones crecientes hacia su autodestrucción. Y lo que es más preocupante, que sea el hombre contra el hombre mismo quien pone en peligro el bienestar de sus congéneres y que, además, contribuya también a la depredación integral del ecosistema.

Sin embargo, como contrapartida, y tomando en cuenta que somos una sociedad que crece en desorden y sin oportunidades, existe preocupación constante por definir e impulsar ideas que contribuyan al mejoramiento integral de los seres humanos y su entorno social. El Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA) cita que para octubre próximo la población mundial llegará a 7 mil millones, por lo que, a partir del pasado 11 de julio, ha lanzado una iniciativa mundial para poner de relieve los retos, oportunidades y acciones que darán forma al futuro de las naciones. Una iniciativa para entender -según el Fondo- lo que significa vivir en un mundo con tantas personas y fomentar la acción sobre temas que nos afectan a todos. Fomentar acciones -digo yo- para que haya entendimiento y que la humanidad sea armonía y no destrucción, seguridad y no inseguridad, hacia un estado de verdadera coexistencia pacífica.

A través de la historia, varios humanistas han cuestionado el accionar del hombre contra el hombre mismo, sin que ello haya significado condena o absolución. Para Thomas Hobbes, pensador inglés, el comportamiento y las relaciones humanas responden al miedo y a un egoísmo básico regido por la ley del interés; y el estado natural es la lucha de todos contra todos, pero los seres humanos se han dado cuenta de que la paz reporta suficientes ventajas como para ceder voluntades a un soberano. De ahí que para Hobbes “el hombre es el lobo del hombre”; es decir, que la esencia de la bondad del hombre, aunque en grado mínimo, todavía persiste, pero amenazada por la maldad creciente del lobo/hombre.

A este propósito, quisiera que se me permitiera expresar que cuando, a principios de la década de los setenta, una espiral de violencia se cernía sobre mi país y el mundo, retomé aquella sentencia de Thomas Hobbes y, parafraseándola, publiqué el cuento breve “Mutación”, que posteriormente fuera incluido en mi libro “De casi seres humanos” (San Salvador, Ediciones 1975 y 2003). El cuento dice:

Hubo tiempo en que el hombre
era el lobo del hombre.
Ahora el hombre es el lobo del lobo.

Hasta aquí la brevedad de mi cuento, y disculpas por abrogarme la facultad de hablar en primera persona y, además, por lo que pudiera parecer un intento de imitación al gran humanista. La diferencia en el tiempo entre aquella frase de Hobbes y mi expresión, está en que Hobbes reconoce que todavía tiene vigencia la figura del hombre; en cambio, en el cuento leído, ha desparecido tal figura y el hombre ya se identifica como “el lobo del lobo”. El hombre contra el hombre mismo.

No es necesario un esfuerzo denodado de memoria para dar cuenta de cómo la historia contemporánea ha probado esta reiterada tendencia y capacidad autodestructiva del ser humano, y la enorme carga de indiferencia que suele acompañarla. La confirman con creces acontecimientos como el aniquilamiento de millones de judíos a manos del Nazismo y el de decenas de miles de japoneses por explosiones atómicas, con el trasfondo desolador de dos guerras mundiales; el riesgo o la extinción de miles de especies animales por destrucción de sus ecosistemas o por su explotación indiscriminada; el consumo insostenible que hacía concluir a una investigación reciente que varios países desarrollados -con Estados Unidos a la cabeza- necesitan varios planetas tierra para mantener su ritmo de funcionamiento actual; la hambruna en varias regiones de África, la miseria y el analfabetismo de millones de personas o la muerte prematura de niños debido a enfermedades prevenibles o curables, problemas todos que podrían ser contenidos y muchas veces erradicados sin tan sólo se dispusiera de una fracción del gasto que conlleva la industria cosmética, el gasto militar o los montos que han sido empleados para salvar bancos y capitales privados en la actual crisis económica; la exacerbación de la mentira y de fundamentalismos de distinto signo que se han empleado como justificación de acciones como el ataque a las torres gemelas, el linchamiento de Irak con la consiguiente eliminación de cientos de miles de civiles y la destrucción de patrimonios culturales invaluables o el reciente atentado terrorista y la masacre de decenas de jóvenes en la isla de Utoya, en Noruega.

Al retomar entonces lo descrito, en cuanto a la vertiginosa pérdida de múltiples valores y la presencia omnipresente del potencial destructor de la humanidad, cabe la pregunta ¿cuál es el futuro del ser humano? Erich Fromm, psicoanalista norteamericano, en su obra póstuma “El humanismo como utopía real”, contestaría: Hablar hoy sobre el tema “El hombre moderno y su futuro” no sólo significa preguntarnos cómo será el futuro del hombre, sino preguntarnos también si es que el hombre va a tener futuro. A la vez, esta pregunta por el futuro no se refiere sólo al hombre moderno y su civilización, en vista de la creciente capacidad destructiva de las armas atómicas; se trata, en concreto, de la vida del hombre en la Tierra….” Es decir, la vida actual de los seres humanos sobre el globo terráqueo y su futuro, cuyo bienestar depende y dependerá de su propio accionar, con sentido más humanizado.

A partir de estas afirmaciones, considero de suma importancia asumir y pronunciarme particularmente hoy sobre el tema del humanismo, un movimiento intelectual filológico, filosófico y cultural, estrechamente vinculado al Renacimiento, que fuera promovido en Europa por un Movimiento de Intelectuales, en el Siglo XVI; es decir, una acción intelectual para abolir el letargo mecanizado y carente de sensibilidad que evidencia la humanidad. Me inclino, pues, por puntualizar mi participación a la luz de una acción centrada en el Humanismo, definido éste como el conjunto de tendencias intelectuales y filosóficas, cuyo objetivo es el desarrollo de las cualidades esenciales de los seres humanos. El humanismo entonces, para abolir la percepción lamentable de una población, continental y mundial, adormecida para beneficio de pequeños sectores. Y más lamentable aún, que existan gobiernos y poderes fácticos, todos contribuyendo a ese adormecimiento del ser humano, incapaz ya de ver la realidad de su propio yo y su circunstancia misma.

Aunque los problemas que aquejan al mundo y en los que el humanismo tiene algo que decir, son diversos y complejos; algunos de ellos constituyen preocupaciones de primer orden para nuestros países del istmo centroamericano, y por ello conviene prestarles especial atención. Quiero centrar mi atención en concreto en la violencia, la exclusión y la migración.

Violencia

Los organismos internacionales repiten en sus informes cifras terribles sobre hechos y circunstancias que frenan el desarrollo; pero, sobre todo, que afectan la salud mental y la estabilidad socio económica de los seres humanos. Y todo, por el alto y creciente grado de deshumanización de la sociedad, en casi todos los países, en todos los niveles. Investigaciones recientes indican que la violencia es una de las principales causas de muerte en la población entre los 15 y los 44 años de edad. Además, que en un día corriente 1424 personas son víctimas por homicidio a nivel mundial; es decir, casi una persona por minuto. Y como dato dramáticamente revelador, cada 40 segundos se suicida una persona. Alrededor de 35 personas mueren cada hora como consecuencia de conflictos armados y se calcula que en el recién pasado Siglo XX, 191 millones de personas perdieron la vida, como consecuencia directa o indirecta de un conflicto; y así mismo, que mucho más de la mitad eran civiles.

También el Informe Mundial sobre la Violencia y la Salud, de la misma OMS, de 2002, afirmaba que en nuestros tiempos la violencia es uno de los principales problemas de la salud pública. Y retomo este dato aparentemente atrasado, porque la afirmación tiene vigencia, hoy más que nunca, en mi país donde las cifras de los últimos años señalan un promedio de 12 homicidios diarios, a veces más. Iguales cifras se dan en los países del norte de Centroamérica; es decir, Guatemala y Honduras, donde quizás tales cifras superen en mucho a las de El Salvador, debido en parte a sus mayores índices de población.

Un reciente informe oficial consigna que la violencia generada por la delincuencia común y el crimen organizado, deja anualmente en Centroamérica catorce mil (14.000) homicidios y costos económicos por aproximadamente 6 millones 506 mil dólares, señalando textualmente, además, que “los países más seguros en Centroamérica son el más rico (Costa Rica) y el más pobre (Nicaragua)”. Y como conclusión lapidaria, una afirmación realmente preocupante: “Centroamérica -dice el informe- se coloca a la cabeza de las subregiones más violentas de América Latina y del Mundo”. De hecho, Centroamérica se asemeja a algunas regiones de África, por contar con la combinación nefasta de altos niveles de violencia y de desigualdad y exclusión.

A propósito, según el Informe sobre el Estado de la Región (PEN, 2008), de la situación de violencia e inseguridad ubicua que padecen los países del triángulo norte centroamericano, se pueden extraer factores comunes generales que configuran una situación prototípica que los asemeja entre sí, al tiempo que los diferencia con respecto al resto de los países de la región. Guatemala, El Salvador y Honduras, se caracterizarían por presentar una alta violencia social y delictiva, una intensa inseguridad ciudadana, frágiles o incipientes Estados de derecho y la tendencia a la aplicación de políticas de Mano Dura.

Dicho de otra manera: especialmente en el norte de la Región se agrede, se muere y se mata con demasiada frecuencia, con brutalidad y a manos de delincuentes pero también de “buenos ciudadanos” (por cierto con el concurso mayoritario de armas de fuego); el miedo al otro campea en la cotidianeidad y enraíza la desconfianza y la desintegración comunitaria; no se cumplen las leyes y las instituciones de seguridad y justicia son débiles con el consiguiente incremento de la impunidad y el fortalecimiento de la violencia misma y del crimen organizado; y, finalmente, que la represión ha sido el camino privilegiado pero fallido para intentar frenar la espiral de violencia, especialmente en el caso de las pandillas juveniles, las que, según cifras del PNUD, aglutinarían a casi 70.000 miembros, especialmente jóvenes.

A nivel del Istmo, son datos desalentadores, pero, por lo mismo, motivadores hacia una estrategia regional, e individual de cada país, para impulsar la formación/educación necesaria en la población. El auge de la violencia, y la elevada percepción de inseguridad que acompaña a la mayoría de la población, afectan la vida cotidiana y la calidad de vida de las personas, e inciden negativamente en el desarrollo humano y en la consolidación de la gobernabilidad de los países de la Región.

El escritor salvadoreño Renán Alcides Orellana (izquierda) diserta en el Primer Encuentro de Intelectuales de Nuestra América. Le acompaña el doctor Heriberto Caballero, Decano de la Facultad de Comunicación Social, de la UNACHI (Foto fmontillah@yahoo.com - Panamá).

Desigualdad y Migración

La exclusión es un extremo de la desigualdad entre los seres humanos, y puede responder a factores y condiciones diversas (división de clases, status de inmigrante, condiciones de raza, etc.). La desigualdad es difícil de superar, a pesar de los esfuerzos de algunos gobernantes, leyes favorables y organizaciones no gubernamentales en inútil esfuerzo por lograr reivindicaciones de los afectados. Según el Informe Regional sobre Desarrollo Humano para América Latina y el Caribe (PNUD, 2010) la desigualdad es una de las principales características que definen la historia de Latinoamérica y el Caribe. Altos niveles de desigualdad que, acompañada de una baja movilidad social, han llevado a la Región a caer en la “trampa de la desigualdad” y en un círculo vicioso difícil de romper. La exclusión es económica, socio cultural y política. La vulnerabilidad en este sentido recae sobre todo en la juventud, y la situación se agrava a medida que se desciende en las condiciones materiales y sociales, sobre todo en la zona rural.

Latinoamérica, en tanto es la región más desigual del mundo, encuentra en Centroamérica una zona muy representativa. La situación de desigualdad en Centroamérica se concreta en una gravísima situación de pobreza y exclusión, que afecta a la mitad de los habitantes de la región (situación que se agrava particularmente en el triángulo norte del istmo). La situación en el Istmo es tal que se produce una concentración del ingreso en el decil superior de la población, de tal manera que si se extrae esta proporción poblacional de mayores ingresos, los niveles de desigualdad prácticamente se asemejan a los de Estados Unidos.

El caso salvadoreño es representativo de esta situación de disparidad extrema: según el PNUD (2010), en 1961, el 20% más pobre de la población obtenía el 5.5% del ingreso nacional, mientras que el 20% más rico acaparaba el 61.4% del mismo; para 2009, medio siglo después, el 20% más pobre obtiene el 4.4% del ingreso nacional y el 20% de la población más rica obtiene el 52.1% del total del ingreso nacional.

Uno de los ámbitos en que se refleja con dramatismo la crisis socioeconómica contemporánea y que explica mucho de la situación de exclusión antes aludida, es el mundo del trabajo. Permítaseme que hable nuevamente de mi país. La manera más precisa de definir la situación actual del empleo en El Salvador, según el PNUD (2008), es la de una verdadera subutilización laboral. Esto es, el predominio de dos formas deficitarias de actividad remunerada, el desempleo y el subempleo, donde éste último consiste en dedicarse a cualquier cosa que permita sobrevivir sin obtener protección social ni ingresos suficientes para la subsistencia familiar. El subempleado es el que “resuelve”, el que se “rebusca”, es el hacelotodo, el vendelotodo, y por consiguiente, el comelotodo del Poema de Amor de Roque Dalton.

El PNUD estima que menos del 20% de la PEA salvadoreña goza de un “empleo decente”, mientras el resto de personas se distribuyen entre quienes no cuentan con empleo y están desempleados (7%), quienes están subempleados (43%), y quienes logran percibir un salario superior al salario mínimo, pero ni el mismo resulta suficiente para cubrir la canasta básica a precios de mercado, ni su situación laboral les permite contar con seguridad social (31%). Significa que al menos la mitad de los salvadoreños acusan subutilización laboral, una tercera parte percibe ingresos insuficientes y solo poco menos de la quinta parte de salvadoreños cuenta con un empleo bien remunerado, con protección social y que garantiza posibilidades de desarrollo personal. En este escenario, la población más joven (18-24 años), que vive en zonas rurales, las mujeres y quienes cuentan con menor nivel de escolaridad son quienes acusan los mayores índices de subempleo.

Como lo he reiterado, estamos frente a un declive socio cultural hacia estratos peligrosos, en la medida en que siga la deshumanización en el accionar del hombre contra el hombre mismo. Sin desconocer otros factores, yo diría que la violencia, la exclusión laboral, en suma la deshumanización responde, en gran medida, al acelerado avance de la tecnología que, paradójicamente, cada día impide pensar, a la vez que deslegitima la sensibilidad y la creatividad de los seres humanos. Es la tecnociencia que, según Jorge Núñez Jover, acentuó su percepción social al inicio del Siglo XXI: El enorme condicionamiento e impacto social de la tecnociencia justifica -dice Núñez Jover- que ella deba ocupar un lugar privilegiado en el debate ético, político, social y cultural de nuestros tiempos. Estamos, entonces, en ese debate.

Debo aclarar, sin embargo, que no se está contra los avances científicos y tecnológicos; se trata eso sí, de saber encontrar el lindero entre los beneficios y las negaciones de esos avances, cuando estas últimas atentan contra la armonía y el bienestar de los seres humanos con el consiguiente detrimento de cualidades humanas esenciales, propias de una postura humanista. La promoción exagerada de productos y servicios hasta fomentar el consumismo compulsivo; el empleo perverso de la tecnología para el control social, la restricción de movimientos o la invasión de la privacidad; la computadora y el teléfono celular, sabido como es que ambos comunican pero distraen, unen pero adormecen, profundizan la brecha generacional y socioeconómica, y hasta pueden llegar a distorsionar la estabilidad relacional y económica de la familia. Y son estas condiciones de inestabilidad e inequidad socioeconómica, propias de estos tiempos y de estas latitudes las que, además de ser causa y efecto de la exclusión, y sumadas a las condiciones epidémicas de violencia y criminalidad, promueven la emigración.

La emigración es en gran medida consecuencia de la exclusión. En el caso de El Salvador, esta exclusión es causa directa y muy significativa de las emigraciones involuntarias, especialmente en lo relativo al aspecto económico. En mi país, y creo que no es mucha la diferencia con otros de Centroamérica, 7 de cada 10 personas, especialmente jóvenes, plantean diariamente su deseo de emigrar hacia el Norte tras el “sueño americano”, que ahora es pesadilla. La violencia, el desempleo, la extrema pobreza son caldo de cultivo para la emigración y, en el caso de los jóvenes, la falta de oportunidades para estudiar y trabajar, contribuye más a la fuga hacia destinos inciertos. En general, el emigrante indocumentado enajena sus escasos haberes para que un traficante de personas, conocido como “coyote”, le ofrezca llevarlo a la tierra prometida. Antes de llegar a su destino, el indocumentado sufre vejámenes y toda clase de atentados personales y morales: estafas, robos, violaciones, prisión y, en el peor de los casos, la muerte.

Cumplida la doliente travesía, el inmigrante indocumentado arriba al destino anhelado: generalmente los Estados Unidos y, de manera subrepticia, comienza a laborar en lo que la primera oportunidad le ofrece. Dos turnos y a veces tres, porque pronto hay que enviar dinero a la familia pobre, para gastos de sobrevivencia y para cancelar la deuda que significó el viaje como emigrante ilegal. Y un dato que sorprende, porque no debía de ser: mientras el inmigrante en los Estados Unidos, entre privaciones y sufrimientos, transforma su esfuerzo en remesas, sus familiares aquí caen muchas veces en el asistencialismo y la llegada mensual del cheque, con apreciables excepciones, estimula desconsideradamente el ocio y el despilfarro; poca visión familiar, nula inversión con las remesas. Y a nivel oficial, esa desconsideración es también evidente en el desinterés de atender a lo ciudadanos en el exterior, aún cuando la economía nacional -caso El Salvador- se estima cubierta en un 70 por ciento por las remesas.

Eso significa que las remesas no sólo contribuyen a intentar la solvencia económica familiar sino que, en conjunto con el resto de compatriotas residiendo en el exterior, ayudan significativamente a la economía nacional. Hemos visto el esfuerzo y el sacrificio de la larga travesía y del inclaudicable anhelo de trabajar en lo que sea, lo antes posible. Y ahora vemos como su aporte es tan valioso, para la economía familiar y nacional. Es gracias a la migración y al envío de remesas que la exclusión social no termina de mostrar su peor cara: según Sojo (2008), con base en datos ofrecidos por el PNUD a mediados del decenio de 2000, si las remesas cesaran, en los hogares de la zona urbana la situación de pobreza se dispararía al pasar de un 5.7% hasta un 37.3% de hogares afectados y la misma situación sería aún más grave, como es de esperarse, en los casos de la zona rural, donde la pobreza escalaría de un 7.6% hasta el 48.5% de los hogares.

En el caso particular de mi país, se estima que 4 mil millones de dólares al año ingresan en calidad de remesas. Los informes más recientes del Banco Central de Reserva de El Salvador indican que las remesas familiares registraron una tasa de crecimiento de 4.3 por ciento anual durante el primer semestre de 2011. Y que durante el mismo período el monto de las remesas ascendió a 1.813.5 millones de dólares. Según reportes de los bancos centrales, el resto de países centroamericanos también ha mostrado tasas de crecimiento positivas en el ingreso de remesas durante 2011. A junio, las remesas hacia Guatemala crecieron a una tasa de 9.5 por ciento anual y con información disponible a mayo, los flujos a Honduras crecieron 11.7 por ciento, Nicaragua 8.8 por ciento y México 4.6 por ciento.

Las anteriores cifras, someramente descritas, podrían parecer hechos positivos, porque contribuyen a que las economías de estos países pobres salgan a flote. Sin embargo, en la otra cara de la moneda, desde el punto de vista humanitario, está lo negativo: la fuga de personas buscando mejores oportunidades de sobrevivencia, con los riesgos que conlleva la condición de emigrante indocumentado; la consecuente desintegración familiar al quedar la familia en su país de origen, sin contar las dificultades migratorias y laborales que significa la permanencia en el nuevo país. Y todo esto originado, en gran parte, por la exclusión y la falta de oportunidades laborales y educativas, además de las sentidas carencias sociales, políticas, económicas y culturales del respectivo país.

Es debido al embate de estos complejos fenómenos, en el que los jóvenes son de los principales afectados, que cobra relevancia y sentido de urgencia el humanismo, en tanto es tendencia intelectual enfocada en el crecimiento del ser humano. En este cometido, el rol de la universidad, con sus posibilidades y limitaciones contemporáneas, en sociedades necesitadas de ideas debe ser considerado.

Universidad y Humanismo

Ante la realidad actual de la sociedad, justo es pensar en la urgencia del humanismo, no para detener los avances técnico-científicos que auguran y construyen progreso en beneficio de la humanidad, sino para mejorar paralelamente la salud mental, la calidad de vida, el bienestar social y la estabilidad laboral del hombre. Invocar el humanismo es actuar en la búsqueda del fomento y la interpretación de los verbos ser y tener; el primero, como existencia ideal; y el segundo, como la expresión del desarrollo material, dos valores heterogéneos que configuran, positiva o negativamente, la condición del ser humano. El ser, que refleja la identidad personal y cultural; y el tener, que es la realidad humana en el marco de un concepto económico o de producción. Dos valores complementarios en la persona, como caras indispensables de una misma moneda.

Impulsar el humanismo bajo esos conceptos y desde un ángulo estrictamente positivo, será ir con todo contra la creciente carencia de valores que, hoy por hoy, es como arma letal y destructiva de las conciencias sanas y puras. Una investigación publicada recientemente por una universidad norteamericana mostró que, en el curso de varios años, los valores mostrados y promovidos por series televisivas familiares con gran audiencia han cambiado de manera importante: de un listado de 16 valores, el valor “fama/ser famoso”, pasó de ocupar el penúltimo lugar entre 1987 y 1997 para alcanzar el primer lugar en 2007; y entre 1997 y 2007, el valor “benevolencia” (entendido como ser generoso y amable con otros) pasó de ser el segundo valor de la lista a ocupar el décimo tercero lugar de la misma. Valores y fenómenos como las ambición de poder, el autoritarismo, el oscurantismo, la manipulación general y mediática, la corrupción, la enajenación, la cosificación de las personas, la pérdida del control de si mismo, y la intolerancia, entre otros, deben ser objeto de preocupación y análisis. En última instancia, lo que se persigue es llevar el humanismo a estratos deseables, que honren la dignidad e inteligencia de los seres humanos, en franca armonía con sus congéneres y el medio ambiente. Si el ambiente fuera más saludable, según un Informe de la Organización Mundial de la Salud (OMS) del 2010, se podrían evitar hasta 13 millones de defunciones cada año.

Cultura y educación unidas son un imperativo urgente en los actuales momentos. El ser humano entre más culto, tiene menos riesgos de ir al fracaso; por tanto, impulsar la cultura y la educación es dar pasos seguros hacia el mejoramiento social y al desarrollo de la personalidad de cada uno. Y esta tarea es propia de las universidades. Afortunadamente, son pocas las que no cumplen su cometido y, sin poder evitarlo, siguen ajenas al compromiso que ofrecieron cumplir. La proliferación de universidades privadas, a nivel continental y centroamericano, muchas de ellas sin llenar las exigencias académicas necesarias, ha sido también signo de debilidad de la enseñanza superior, porque, pese a considerandos y ofertas de servicio a la comunidad, ha sido más evidente una visión mercantilista que una verdadera intención de contribuir al desarrollo cultural y académico.

La historia reciente de mi país en ese campo, a partir de la década de 1980, es elocuente. De manera desordenada y vertiginosa, y a raíz de fuerte demanda estudiantil, por la sola existencia de la estatal Universidad de El Salvador, que en la actualidad tiene una población aproximada de 60 mil estudiantes y, además, por la guerra civil imperante, el número de universidades privadas creció de manera alarmante, sin los indicadores académicos exigidos para su validación. La fundación de universidades privadas alcanzó la increíble cifra de 40 aproximadamente, en una extensión territorial de apenas 19 mil kilómetros cuadrados. Desde luego, por incumplimiento de las exigencias estructurales y académicas, por disposición ministerial han sido cerradas muchas de ellas, reduciendo su número en la actualidad a 20, de las cuales la mayoría aporta profesionales con capacidad y honestidad.

En general, con las apreciables excepciones de siempre, en algunas universidades son evidentes el bajo rendimiento y la nula excelencia académica; el alto costo y difícil acceso a la educación superior, como presagio triste para la juventud que perderá la oportunidad de mostrar su eficiencia y eficacia profesionales, cuando su desempeño laboral no llene las expectativas de los empleadores y de la sociedad. De manera muy puntual, estimo importante considerar y cuestionar la supresión de algunas carreras humanísticas, como Sociología, Filosofía y Letras, que como opio cultural se ha dado en los últimos años.

Estas disciplinas fueron surtidoras del conocimiento integral y, sobre todo, de una conciencia moral acorde con el devenir de los tiempos ¿Qué razones de peso han llevado a esta medida? ¿Acaso son razones de carácter ideológico o académico? ¿O desaparecen por ser consideradas de muy pocas perspectivas de empleo para los graduandos? ¿O acaso por ser poco rentables para las universidades? Sobre esto último, quizás se podría llevar a la reflexión el aspecto económico, puesto que las universidades, públicas o privadas, además de centros de educación superior, son una empresa; por tanto, existe una relación estrecha entre el mundo universitario y el empresarial, en ruta paralela hacia el desarrollo cultural y educativo de la sociedad.

A este respecto, considero oportuno traer a cuento una frase reciente del presidente de Chile, Sebastián Piñera, para fortalecer la idea universidad-empresa. Dijo el presidente Piñera: Requerimos, sin duda, en esta sociedad moderna una mucho mayor interconexión entre el mundo de la educación y el de la empresa, agregando que la educación es un bien de consumo, porque la educación cumple un doble propósito: es un bien de consumo. (Esto)… significa conocer más, entender mejor, tener más cultura, poder aprovechar mejor los instrumentos y las oportunidades de la vida para la realización plena y personal de las personas, pero también la educación tiene un componente de inversión.

Se trata entonces de ligar antes que desunir estos conceptos educación-empresa y, por ambos, recuperar el humanismo, para cuestionar el rumbo que llevamos y qué concepción tenemos de nosotros mismos, de los demás y del mundo. Los gobiernos democráticos necesitan de las universidades y las universidades necesitan de las humanidades para contribuir realmente con la democracia. Siguiendo a Martha Nussbaum, filósofa norteamericana, estamos inmersos, sin duda, en una crisis intelectual y silenciosa en la que las naciones, sedientas de ingresos, desechan aptitudes propias de la formación humanística, propiciando el aparecimiento de generaciones enteras de seres humanos reducidos a “máquinas utilitarias”. Sin duda, en la medida que se corta el presupuesto de las disciplinas humanísticas, se erosionan cualidades esenciales para la vida misma de la democracia, tales como: pensamiento crítico, imaginación y creatividad, independencia de criterio y capacidad de disenso, entre otras. La democracia, además de requerir un cierto respeto por procedimientos de elección, supone respeto e interés hacia los demás.

Ahora las familias, angustiadas por un mundo global y competitivo, orientan a sus hijos hacia carreras que reporten dinero, con la consiguiente frustración compartida de aquel buen maestro preocupado aún por la educación crítica de sus alumnos y la de aquellos estudiantes, cuya vocación y sensibilidad particulares quisieran verse colmadas, siguiendo una formación de corte humanístico. En países como los Estados Unidos, algunas familias pudientes presionan a las universidades para que eduquen a sus hijos con aptitudes que les proporcionen rédito económico. Para Nussbaum, urge un esfuerzo pedagógico que debe arrancar desde la infancia y continuar en los siguientes niveles educativos. Esto es importante y esencial para la educación democrática. Si actualmente la universidad está quedándose corta con la educación humanística y para la democracia, esta educación se evidencia más precaria en la infancia, en las escuelas y colegios. Además, dentro de la concepción humanística, el arte y la literatura son esenciales, para aprender a imaginar la situación de otros seres humanos.

Quizás abone un poco expresar que una herramienta esencial es la pedagogía socrática: la argumentación. La Mayéutica Socrática: enseñar preguntando. Argumentar supone respetar el argumento contrario y buscar convencer por el diálogo antes que por la imposición autoritaria. Quien aprende a argumentar aprende a plantearse objetivos, a auto examinarse y a ser responsable, a resistir la conformidad y la presión de otros, a no obedecer o callar ante el estatus del orador y a mantener el respeto por el otro. Este tipo de educación es más sencilla de implementar de forma efectiva en grupos pequeños, lo cual significa que se ve comprometida cuando las universidades, por buscar ganancias, abarrotan los cupos y salones de clases, con la consiguiente desmoralización del docente, el cansancio ante la recarga de trabajo y el anonimato del estudiante.

Preocupante es cuando el interés económico no se nutre de las humanidades, para fomentar un clima de creatividad innovadora y de administración responsable y cuidadosa de recursos. Es decir que, cuando se opta por una “educación para el crecimiento económico”, se está optando por un concepto precario de educación, que se conforma con miradas superficiales de la historia y más bien hace énfasis en las capacidades técnicas e informáticas. El crecimiento económico por sí solo no garantiza distribución de recursos, ni una vida sana, ni una democracia estable.

Como contrapartida, sin embargo, no se pueden ignorar los paradigmas educativos enfocados en el desarrollo humano, cuyo núcleo es el fomento de las capacidades, incluyendo el bienestar material, físico y psicológico pero también la libertad política, la participación y la educación. En este sentido, el PNUD, desde hace algunos años, viene haciendo énfasis en la necesidad de evolucionar de una democracia política a una democracia de ciudadanía: una democracia que no se limite a necesarios pero mecánicos y rutinarios procedimientos de elecciones sino que, además, haga crecer los márgenes de libertad, bienestar y participación de los individuos. Debemos considerar, pues, la gran importancia de la promoción y la necesidad de acceso a una educación de calidad, especialmente en el cambiante mundo actual, complejo y globalizado.

Estimados amigos: El humanismo es necesidad urgente de nuestro tiempo. Significa entonces que, sin desestimar el valor innegable y prioritario de los sistemas de profesiones tradicionales, los modernos enfoques técnico-científicos deben promover e impulsar, en mayor medida, los estudios humanísticos, en vez de marginarlos y, lo que ha sido peor hasta hoy, ignorarlos. Un ejemplo de ideas y acciones hacia la promoción del humanismo es, sin adulaciones, la realización de este Primer Encuentro de Intelectuales de Nuestra América, promovido y auspiciado por la UNACHI. Urge el humanismo en los ámbitos social, profesional y laboral, donde la figura central y primaria sea la persona antes que la producción, no como, con apreciables excepciones, se estila en la actualidad. Y esta tarea, los intelectuales del mundo y las universidades sabrán asumirla con toda responsabilidad, como verdaderos intérpretes y ejecutores de la cultura.

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