¡Coautoría armónica: admirable! ¡Plagio innoble: detestable!

La literatura salvadoreña siempre ha sido pródiga en riquezas. Riqueza en creatividad, calidad ética y estética, profusión, trascendencia y co-autoría o creatividad compartida, entre otras. De ahí su ubicación significativa en el concierto literario regional y continental. Y dentro de esa riqueza, la creatividad compartida o co autoría, como signo de real identificación y consonancia entre autores, ha sido -es- una muestra de saludable ejercicio en el contexto artístico nacional, con énfasis en la literatura

La creatividad armónicamente unida de Serafín Quiteño (salvadoreño) y Alberto Ordóñez Arguello (nicaragüense) produjo el libro “Tórrido sueño” (Cuscatlán en colores), galardonado en 1955 con el Segundo Premio del Certamen Nacional de Cultura, como muestra de real simbiosis del pensamiento entre dos autores con maestría y elegancia literarias.

Años después, los poetas Roque Dalton (salvadoreño) y Otto René Castillo (guatemalteco exiliado en El Salvador) escribieron al alimón y en perfecta sintonía, la obra “Dos puños por la tierra”, como otra muestra del quehacer realmente compartido y coherente, desde la propia identidad de cada poeta.

Y más recientemente, las sociólogas salvadoreñas María Candelaria Navas, Nancy Orellana y Liza Domínguez, con conocimiento coincidente y coherente sincronía de ideas, publicaron en coautoría el libro “La experiencia organizativa de las mujeres rurales en la transición post-guerra 1992-1999” (Algier’s Impresores, San Salvador, El Salvador, agosto 2000), en el que –según los editores- “… las tres investigadoras responsables (Navas, Orellana y Domínguez) colocaron toda su energía para que esta investigación recogiera el pensar y sentir de muchas mujeres campesinas…”. Un documento valioso, producto de una creatividad compartida o co autoría armónica.

En los tres casos, es admirable por hermosa la co autoría, con limpieza de ideas y transparencia solidaria entre autores.

De cómo cierta co autoría se convierte en plagio

Pero, como contrapartida y negación a la honestidad literaria, ¿qué pensar cuando de dos poetas en distintas fechas, distintos lugares y sin relación personal alguna, el lector se encuentra con poemas exactamente iguales, parcialmente iguales o con uno o más versos iguales? ¿Creatividad compartida? ¿Mera coincidencia? ¿Recreación permitida? No. Nada de eso. Sencillamente, plagio. Plagio grande o pequeño si se quiere, pero plagio. Es decir, robo literario…

De inmediato: golpe al pensamiento; luego, golpe al corazón. Al pensamiento, porque no hay duda de que en esa falsa “creatividad compartida” algo anda mal; y al corazón, porque duele poéticamente -aunque para algunos les sea indiferente el robo, salvo cuando pierden un inmueble “valioso”- duele, digo, darse cuenta de que sigue la práctica innoble de engañar o seguir engañando a los amantes de las bellas artes, con creatividad ajena sustraída de algún archivo oculto u obtenida por interpósita persona. Los archivos periodísticos de las últimas décadas contemplan varios casos de plagio literario, a veces favorecidos con impunidad total o a medias, pero con pérdida de credibilidad total o parcial.

El caso de plagio más reciente (conocido en septiembre 28, 2009)

Comparar los poemas del libro inédito “Confesiones entre tiempo” (1992-1994) de Nancy Orellana, con el libro “Cuarto creciente” (La Cabuda Cartonera, San Salvador, agosto 2009), de Kenny Rodríguez, de inmediato advertirá al lector que está frente a una muestra de falsa “creatividad compartida”, pues son los mismos poemas: de distinto autor, escritos en tiempo y lugares distintos y, lo peor, con idénticas dedicatorias especiales de algunos poemas a personas queridas, pero a distintos destinatarios, nacidos en fechas muy distintas, que cronológicamente pueden dar pistas inequívocas al lector sobre “quien los escribió primero”. Los originales de una (Nancy) y el librito de la otra (Kenny), están disponibles para que la comparación, ante testigos honorables, determine de quien es la autoría.

Primero, Nancy Orellana, después su familia y en ese orden los amigos que la conocen desde siempre y, sobre todo, reconocidos escritores y profesionales, al comparar 3 o 4 poemas (los consideran suficiente muestra), coinciden en que el plagio está claro y que, precisamente, Nancy Orellana es la autora original y auténtica. Claro, hay que demostrarlo… ¡y quizás, oportunamente, las pruebas lo harán por sí mismas, públicamente! Esto último porque, a estas alturas, son fallidos todos los intentos de diálogo y de aceptación y retiro de los poemas plagiados, por parte de Kenny Rodríguez.

Los intentos fallidos de confrontación en privado de la “cosa juzgada” y el reconocimiento debido, con el único afán de que se reconozca la verdad (nunca ansias de protagonismo, de compensación económica y, mucho menos de interés por perjudicar a alguien), parecieran indicar que la demanda de Nancy hasta hoy, únicamente mediante este blog, recados, solicitudes de encuentros pro confrontación, los muchísimos e-mail de ida y vuelta; en fin, todo recurso comunicacional de este tipo, sin llegar todavía a los medios tradicionales de comunicación social (Prensa, Radio y TV), no han sido suficientes, ni la mejor vía. La exigencia de la población crecerá hacia el real conocimiento público, con todo derecho. Y todo, por la verdad y la justicia. Así sea.

En síntesis, en literatura como en otras áreas, la co autoría armónica es admirable, el innoble plagio, repudiable. Pero, a pesar de estos desaciertos atentatorios de lesa cultura, la literatura salvadoreña siempre será pródiga en riquezas, maravillas y bondades. (RAO).

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