Poesía de los días últimos de Heriberto Montano

“Náufrago he caminado mi mediodía y mi sendero…”
Heriberto Montano

“Estoy lúcido…”, dijo suavemente. Y la voz, ya apenas audible, de Heriberto Montano aludía también a su cuerpo con un “pero esto ya no se mueve”, señalando con la mirada en una especie de paneo doloroso sus manos y piernas ya inmóviles, como sin vida. Era quizás la última de aquellas pocas tardes en las que, junto con mi esposa Leticia, fuimos a visitarle. Esta vez la tristeza, agazapada junto al sofá compañero leal de sus dolencias, nos estaba esperando: Heriberto nos recibió con evidente aprecio, pero ya su voz pertenecía más al silencio. Aferrado a la vida con estoicismo y su invencible espíritu de poeta, ahí estaba con su sonrisa melancólica y amablemente triste. Triste, pero al fin sonriente…

Entonces, antes que los recuerdos la poesía presente. La actual. “Y la última”, parecía decirnos con resignación asombrosa el poeta. Su fiel hija Jazmín repetía sus deseos y una adolescente secretaria nos mostraba los poemas últimos, incluso los escritos en ese momento de nuestra llegada. Dictaba y dictaba sin tregua. Dolor físico relegado, mientras su poesía ensayaba vítores a las estrellas y navegaba cantos en las profundidades del mar. ¡Cuánto deseaba yo un regreso en el tiempo, para una vuelta a la voz de Heriberto y la lectura de aquellos maravillosos poemas, acabaditos de salir del horno de las insondables interioridades del poeta! “Imprime estas hojas”, pidió con voz tenue, próxima al silencio. “Son tuyos, llévatelos… pero antes, léemelos…”, me dijo entre susurros el hermano poeta.

Bajo el título “Azul el mar” (A Rodolfo y Carmen), le leo cuatro poemas en tercetos de su cosecha última. Por espacio, apenas transcribo el primer terceto de cada uno:

Uno
Azul el mar llega a la playa de la infancia
Al caracol que guardara nuestras voces
Y a la piedrita que con magia nos hablara…

Dos
Y el niño que fui de pronto me regresa
A jugar con un barco de papel celeste
Y a mojarme en un agua tan distante…

Tres
Y este dedo sobre una flor de arena
Quizás guardó la luz del día
Y el calor salobre del verano…

Cuatro
Porque el tiempo es un azul ovillo
Hecho de luz arrancada a tantos días
En donde se tejen y destejen los asombros…

Los anteriores poemas son parte del libro inédito “Maneras de tocar la luz”, que según el poeta consta de: a) Ocho rituales de un amor y una canción deshabitada; b) Maneras de tocar la luz; c) Maneras de amaestrar la sombra; y d) Azul el mar. El otro libro, listo para publicación, se titula “Transcurso de la sombra”, claro reflejo de la ansiedad del poeta porque todo fuera concluido.

Ahora, los recuerdos. Conocí a Heriberto Montano a principio de la década de los 70s, en el punto de transición de la Asociación de Escritores Salvadoreños (AES)-Taller Literario “Francisco Díaz”. Tiempo antes, varios escritores (Rafael Góchez Sosa, Tirso Canales, Rafael Mendoza, Julio Iraheta Santos, Alejandro Masís, Carlos Balaguer, Salomón Rivera, Renán Alcides Orellana… y otros de omisión involuntaria), habíamos constituido la AES, bajo el alero del Liceo Tecleño de Góchez Sosa, en Santa Tecla. Trabajo compartido, talleres, mantenimiento de páginas literarias… constituían el ser y quehacer de la Asociación. En eso, la ruptura cordial así por así y, otra vez, la dispersión, sólo que, como desprendimiento para continuar el esfuerzo, con Góchez Sosa, Tirso, Mendoza, Julio… se funda el Taller “Francisco Díaz, allá por 1972-73. Se suman Ernesto Mariona y Heriberto Montano… después, la guerra, el exilio y la sentida diáspora, que a muchos de nosotros nos arrastró en su oleaje sin tiempo (mientras a Rafa Mendoza, Norman Douglas y a mí Panamá nos brindaba el aliento cósmico de una Patria alterna, a Montano los aleros de Moscú le endulzaban el alma y le fortalecían el espíritu)… años de ausencias, distancias y nostalgias…

Un día de recientes años, el reencuentro. Las experiencias, los recuerdos, los afanes… identidad de ideales inclaudicable… todo eso y más compartido con Alejandro Masís, en convivios montanianos en su casa de Montebello. Además, intercambios: conmigo están sus obras “Ritual del olvido profundo”, “Breve canción de vida por el ausente”, “Gato encerrado” “La luna de mi canción”, y “La ciudad y la neblina”. Pero, un día, fácil presa de una enfermedad que fulmina con la vertiginosidad del ciclón y la prisa del relámpago, Heriberto cae grave, gravedad hacia la precipitada muerte que todos conocemos. Nuestras visitas que pudieron -debieron- ser más frecuentes, siguieron. Y aquí, algo para no olvidar: en diciembre/2006, ya enfermo, se publicó su libro “La ciudad y la neblina”. Comprado por fe y solidaridad, Heriberto comprendió que Masís y yo urgíamos de su imposible firma. Dictó la dedicatoria, misma para ambos, y llevado su pulgar entintado sobre su nombre, la rubricó con la estampa imperecedra de su huella digital. Emocionado instante, para nosotros más esplendoroso que tanto acto protocolario para distinciones inmerecidas, rociadas del más fino champán: “Para Renán Alcides Orellana y su querida esposa Leticia, con el viejo cariño desde los viejos tiempos, esta pasión por la palabra. S.S. Dic/2006, Heriberto Montano”. No es simple y aprovechado antojo esta cita aquí. Es un imperativo de solidaridad literaria para evidenciar, más aún, la calidad humana y el sentimiento puro del poeta, pese a lo consciente ya de su inevitable despedida. Y así, siempre estoico e íncontenible en su creación, el tiempo fue minando, con implacable asombro, su cuerpo y su sangre, pero no su espíritu.

Y un día, la esperada pero sorpresiva noticia en el periódico: Heriberto Montano había cruzado el umbral de las ausencias, asido de la mano de su ternura más honda: la poesía. Poesía especial de este singular poeta salvadoreño, nacido en 1950 y fallecido en este agosto de implacables inviernos.

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2 comentarios to “Poesía de los días últimos de Heriberto Montano”

  1. Fabricio Estrada Says:

    Sì, lo conocì igual dese su poesìa, tan veraz en su indòmito espejo.

    Desde Honduras, este profundo recuerdo.

  2. El Maestro que enseño a sus dicipulos a caminar este largo trecho que llamamos vida es el inolvidable hombro que me ayudara a vivir como un hombre de bien!!!!

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